sábado, 24 de marzo de 2007

El tano de la esquina

Son las ocho de la mañana. José saca su silla de mimbre, la ubica en la vereda. Se sienta a caballito y apoya los brazos sobre el respaldo. Se rasca la barba de varios días, saluda a doña Aurelia, que barre las hojas del otoño.

- ¡Cómo pasa el tiempo, ¿vio?! Ya se nos termina el veranito.- Y la nostalgia se le acomoda entre las cejas.

La Mari llega con el mate y el banquito. Le ceba y va sacando galletitas del bolsillo del delantal. La Mari es fiel y servicial. Y sabe llegar con el mate y las galletitas en el momento justo, cuando al José le agarra esa languidez que le cosquillea en el ombligo y lo obliga a sobarse la barriga y acomodarse los breteles de la camiseta blanca, un poco sudada, un poco roñosa.

Y cuando ya no hay más galletitas en el delantal, la Mari agarra la pava y el banquito y dice "a preparar el almuerzo". Y se va arrastrando las chancletas.



Son las tres de la tarde. José saca su silla de mimbre, la ubica en la vereda. Se sienta a caballito y apoya los brazos sobre el respaldo. Se peina con los dedos el resto de los pelos, que desordenó el sopor de la siesta.

La Mari llega con el mate . Le ceba y va sacando bizcochitos del bolsillo del delantal. La Mari sabe. Tiene la casa como un espejo de lo limpia. Y prepara manjares y hasta borda y teje escarpines y chalecos que Dios me libre. José come un bizcocho y chupa de la bombilla.

-Saludemé a la patrona, don. - Reclama a un copetudo trajeado y lustroso.

Y cuando ya no quedan más bizcochitos, la Mari levanta la pava y el banquito y se va diciendo " a planchar". Son las seis. Empieza la novela.



El José mira. El José le cabecea a la vecina, a modo de saludo. El José mastica su palillo de costado.

La Mari llega con el vaso del vermouth y el banquito. Tiende el vaso a su marido y acomoda el plato con la picada sobre el banquito. Orgullosa y prolija se estira el delantal con ambas manos.

- Bué, -dice el José.- Así es la vida.- Y se lleva un cacho de salamín a la boca y le da un sorbo ruidoso al vermouth.- Hoy estamos y mañana no. Una gran verdá.

Entonces, la Mari repara en que ya no hay más queso y se va. Y vuelve al rato nomás, con más trocitos para la picada de su esposo. Y deja el plato y vuelve adentro con un "a preparar la cena" sacrificial y abnegado.



Son las diez de la noche. Las luces de la calle brillan sobre el agüita del cordón. El José se levanta despacio, se estira, se masajea la barriga, se acomoda el pantalón ostentosamente.

- Hora de comer.- dice para nadie. Entra la silla, cierra el portón de metal con mucho ruido y le da dods vueltas de llave a la cerradura.