martes, 16 de agosto de 2011

Templanza




Yo sé que si doy un rodeo, cruzo la calle y giro en la esquina, voy a evitar verme con el grupo de señores que se reúne frente a la remisería de la calle San Martín. Todos esos flacos, gordos, jóvenes y viejos que descansan su aburrimiento fumando en la calle, a la espera de algún viajecito que rellene sus bolsillos. En verdad, sé que ya ni me perciben, ni me notan, pero igual prefiero evitarlos. De cualquier forma. Porque soy yo la que los ve y eso alcanza.

Me parece que el hombre considera que no hay peor cosa para una mujer que no ser observada. No sé cómo será con las demás. Pero  creo que se trata de un razonamiento presuntuoso. A mí me importa muy poco que me vean. O en realidad, si voy a ser sincera, debería decir que prefiero eternamente que no me observen. No ser vista es, en mi caso, una aspiración por completo necesaria. Y como en un espejo, esa no mirada debería reflejarse y permitirme a mí el no ver, el andar por el mundo como un ciego, con su bastón blanco tanteando las imperfecciones del sendero.

Camino unos pasos más, mirando hacia abajo, siempre hacia  las piedras desparejas del suelo, las rojas, las grises, las amarillas, aquellas que son acanaladas o las que reúnen cantos rodados. Perpetuamente, los zapatos con las puntas gastadas, las colillas de los cigarrillos, la mugre de los perros.

Me entretengo contando las baldosas. Ya casi me sé de memoria cuántas me faltan para llegar a mi casa. Una serie de baldosones lisos y resbalosos, un pozo embarrado de la compañía telefónica, una vereda con cemento en la que algún gracioso estampó su rúbrica luego de dejar sus pies y sus manos marcados, en una burda parodia holliwoodense, otras cerámicas de un gris azulado con acanaladuras.  Salto sin gracia ni destreza un charco de agua sucia. Al mismo tiempo, otro infortunado acierta a pasar por el mismo pozo. Viene del lado contrario y está apurado. Se lo ve renegar por los desperfectos de la vereda. En el bolsillo de su camisa lleva bordada una M azul. Unas manchitas blancas, como lluvia de baba  recorren la letra de hilo.  Se las va restregando con la uña, obviamente se las quiere quitar, pero se le resisten. El hombre tiene dos preocupaciones y le son demasiado: las máculas del bolsillo y los pozos del suelo.

Y yo que no tengo éxito. Mi pie va a dar en el barro . El hombre también ensaya un salto poco preciso, casi igual al mío pero enfrentado y algo más gracioso. De poco le sirve su despliegue de elegancia pues igual resbala en un único y majestuoso desplazamiento que lo obliga a caer en el exacto  centímetro cuadrado donde ya se encuentra desde antes mi propio pie. Con una sola mirada nos comprendemos y nos disculpamos mutuamente. Retiro mi pie de debajo del suyo y continúo mi camino sacudiéndolo de tanto en tanto, con el disgusto prendido de la suela del zapato. Él se marcha más rápido. No le preocupa el pegote de sus suelas. Todavía está ensañado con las manchas blancas del bolsillo.

Arrastro el calzado sobre el pasto húmedo de rocío para quitarme algo del lodo y apuro un poco el paso. A mi lado cruza un grupo de personas a los gritos.  Ni los miro, me incomodan mis torpezas tanto como las de los otros, pero, insisto,  sobre todo me siento mal fuera de mi casa, en la amplitud de la calle, donde todo es un posible ámbito de sociabilidad y cortesía.

Recorro el único camino que conozco para huir de ese laberinto sinuoso que es la calle. Al salir de mi casa me inunda un vértigo resbaladizo que sólo logro superar cuando encuentro el sendero de regreso.

Por fin llego al 1899 de la calle Borges, lo anuncia grande el cartel de madera tallada que cuelga a la entrada. Ése es mi número. Entro en mi edificio. Sin levantar la vista saludo con un movimiento de la mano al sitio donde sé que está el portero, reunido con un par de vecinos. Trato de pasar desapercibida, de apurar el paso y llamo con insistencia el ascensor. Doy suaves pero repetidos golpecitos en el botón gastado y sucio, tamborileo los dedos sobre la superficie cerámica de la pared, muy despacio, y espero ansiosa el sonido áspero y tranquilizante del mecanismo del elevador. Cuento los segundos y rezo porque en la cabina no haya nadie, que ningún vecino aparezca inesperadamente por el hueco de la escalera, que no haya persona alguna que corra desde la entrada para alcanzar el ascensor.

Y mi pierna  se mueve con impaciencia en una inútil descarga de ansiedad. Y el tiempo parece un remolino que me envuelve y me agobia.  Y me siento una pelusa arrastrada por el aire, por el aliento de cualquiera. Y creo que de un segundo a otro llegará otra mota de polvo y se me adherirá e incluirá mi estructura, transformándome, deformándome. Y siento que este momento ya lo he vivido. Cada vez que salí de mi casa.  Cuando entro finalmente en el ascensor, todavía se dibuja en mis labios esa sonrisa entre formal y desesperada. La borro con cansancio y ahí me veo en el espejo. Un vistazo corto e inevitable. Enseguida bajo los ojos. Me abomino. Ya está. Ya engordé un poco más.



domingo, 14 de agosto de 2011



Al final, al Tata don Hugo lo velaron a cajón cerrado. No era lo que el muerto hubiera querido pero no les quedó más remedio. Entre todos organizaron una colecta y compraron el ataúd más costoso que había en la funeraria del pueblo.

Fueron varios los que trataron de cerrarle, aunque sea esta vez, los ojos al Tata. Pero no hubo caso.

Con delicadeza, apoyando sólo las yemas de los dedos sobre los párpados arrugados, los bajaban suavemente y con mucho respeto, hasta que se quedaran arrimaditos. No duraban mucho cerrados. Como si fueran de elástico, al soltarlos se abrían  con rapidez y quedaban enrollados, mostrando esas bolas blancuzcas surcadas por ríos diminutos y colorados.

Lo máximo que lograron después de mucho intentar, fue dejarle arrimado uno solo de los párpados. La cara blanca se  le torció entonces en una mueca hacia arriba. Al empleado de la empresa funeraria le pareció de muy mal gusto dejarlo de esa manera.  Y, como de cualquier modo el guiño era de por sí un gesto inapropiado para un muerto, prefirieron que quedara como antes.

Todos conocían muy bien al Tata, así con los ojazos tan abiertos escapándosele de la cara. Pero mirarlo ahora y verle esas bolas blancas y venosas, les hacía sentir un miedo puntiagudo e hiriente. Era como si esos ojos les estuvieran saqueando el alma. Eran como jeringas absorbiéndoles los sueños.

Estuvimos de acuerdo en que lo mejor era velarlo a cajón cerrado. Todos recordábamos bien sus cuentos y nadie quería que la historia se repitiera.

Lo apoyamos en la vieja silla de mimbre que usó toda la vida desde que llegó a San Antonio de Areco para oficiar de nochero en el Residencial de doña Elvira.

El patio de la pensión estaba más limpio que nunca. Las baldosas reflejaban el mundo en su añil reluciente. Había un olor desagradable, mezcla de lavandina y flores podridas. El calor salpicaba los techos con su mano de fuego.  Los vecinos iban pasando. Tocaban levemente el cajón, a manera de despedida. Los que habían crecido en San Antonio de Areco no querían ni acercarse al ataúd. Se distraían hablando de la lluvia que no llegaba y recordaban pequeños episodios relacionados con la vida del Tata.

El Tata don Hugo había sido un hombre enorme y cabezón, que usaba barba y bigote más por desidia que por gusto. Dicen los que alguna vez lo vieron caminar, que era medio rengo y que tenía un andar torcido.

El explicaba cada vez, que si arrastraba un poco la pierna y se lo veía chingado, no era, como muchos pensaban, porque le había pasado una carreta sobre el pie, sino porque  había  crecido en Chañar Ladeado, donde el viento soplaba con tanta fuerza, que todo terminaba inclinado.

Hoy en día los chicos ya no se creían las historias del Tata. Los cuentos del viejo les parecían una estupidez.

Al salir de la escuela, pasaban corriendo por la pensión y le gritaban: "Adiós, boludo".  Y don Hugo asomaba su cabezota por la puerta y los saludaba con la mano, sonriente y satisfecho, sin reconocer el epíteto, sino sólo su rima, porque como todos sabían, con los años, el nochero se había vuelto sordo y tenía los oídos tan cerrados como abiertos los ojos. Y así, resonaba en su recuerdo el saludo cordial de los pequeños: "Adiós,  o u o, adiós o u o, adiós, don Hugo...

Tiempo atrás, los niños le habían tenido mucho respeto a este sereno panzón y descuidado que desde su silla dominaba todo el patio.

En ese entonces, nadie podía creer que el Tata don Hugo jamás cerrara los ojos ni para pestañear. Todos pensaban que de noche, cuando no lo veían, se mandaba sus buenas siestas. Así que una vez, los chicos decidieron vigilarlo. Sin hacer ruido se fueron turnando en la guardia. Treparon la tapia del fondo y se escondieron detrás de la corona de novia. Uno tras otro fueron confirmando la hipótesis. Era verdad.  En toda la noche no había arrimado ni una sola vez los párpados.

En esa época, los pibes esperaban ansiosos los domingos. Iban con la familia entera a pasar las tardes al aire libre y al regresar, recibían el mayor premio de la semana. Mientras los adultos se bañaban, se arreglaban para la cena o escuchaban la radio, los chicos tenían permiso de correr hasta la pensión.

Se apuraban muchísimo y trataban de no faltar. A pesar de que siempre era la misma, no había nada como escuchar la historia de don Hugo.

Iban llegando uno a uno, se amontonaban alrededor del nochero y esperaban silenciosos y expectantes. Sólo se escuchaban los grillos.  El gato de la dueña de la pensión era lo único que se movía. Se restregaba, mimoso, contra las piernas quietas del Tata. Cuando era de noche, el viejo alzaba el gato y lo sentaba en su falda. Y entonces solamente se veían dos pares de ojos en la oscuridad, cuatro brillos iluminando ese auditorio nervioso.

Sabían que era el momento de afinar el oído porque el cuento iba a empezar. La voz del Tata salía gruesa y pausada. Era una voz distinta, terrosa y apagada. Era como un dolor que subía del suelo y lo trepaba. Le invadía las tripas y le explotaba en la boca, cuando contaba su historia.

El relato comenzaba con el Tata galopando sobre su mula, la Candelaria. Y entonces los oyentes lo veían más joven, más vital, paseando sobre su animal.

Era una visión absolutamente real: un campo de girasoles, una mula, un hombre disfrutando del viento y de la tibieza del sol. Después de andar algunas leguas, llegaba a un campo sembrado de menta. Nunca antes había visto tanta menta junta. La mirada se le hundía en la frescura  de ese verde interminable y mullido. Todo era verde. Y todos podían sentir entonces esa serenidad, el fresco aroma de la hierba. Hasta la saboreaban sobre la lengua.

El gato ronroneaba bajo las caricias del viejo. Los niños también descansaban en un adormecimiento, bajo el arrullo de sus palabras. Hasta ahí todo era placentero.

Y el Tata continuaba con su relato. De golpe, notaba que la Candelaria se había detenido. Miraba hacia adelante y no veía nada raro, así que empezaba a darle y darle con los tacos en la panza, cosa que siempre era efectiva cuando el caballo se le empacaba. Pero nada. No daba ni un paso más.

A pesar de que le dolía más a él que a ella, le daba un par de fustazos. Tampoco. Se bajaba y la tomaba de las riendas. Después de mucho tironear, la tozuda reiniciaba el camino.

La cosa era muy extraña. No había nadie por ahí. Ni un paisano, ni un pájaro, ni un animal, ni nada. Sólo kilómetros y kilómetros de menta. Y el bicho que andaba nervioso y a cada rato se volvía a empacar.

En el patio de la pensión todo era silencio. Hasta los grillos habían dejado de chillar. Doña Elvira se asomaba para confirmar que todo estuviera en orden. El Tata la saludaba con un grito que sacudía tanto como la historia y se acomodaba en la silla de mimbre. El gato se volvía a enrollar sobre sus rodillas. Los oyentes esperaban ansiosos. Sabían lo que seguía.

Después de curarle varios berrinches al animal, el Tata empezaba a sentirse acompañado. Miraba para el costado y ahicito nomás la veía, al ladito suyo, una dama blanquísima y muy flaca caminando en el aire. Las manos, como alitas, los cabellos claros como nunca los había visto antes y los pies descalzos que no se apoyaban en la tierra.

El Tata le hablaba pero ella no respondía. Lo acompañaba hasta que la plantación de menta se terminaba. Todo el tiempo lo miraba y él la miraba a ella, como enamorado. Tenía unos ojos transparentes y fríos que le lastimaban la piel. Esos ojos  lo traspasaban y le dolían. Era como si lo estuvieran vaciando lentamente. Como si le estuvieran quitando el interior en una tripa finita e interminable.

Nadie sabía  si el Tata le apretaba la cola al gato o si el animal  entendía lo que se estaba diciendo, pero lo cierto es que justo en esa parte, daba un maullido agudo y sonoro y saltaba espantado.

Con las manos en la cara los chicos escuchaban el final. Ese final que era como una confirmación, una certeza.

El Tata sabía que la dama blanca le estaba robando algo. La veía ovillar el largo hilo finito que le salía de adentro. Imperturbable, silenciosamente, hacía engordar el ovillo entre sus dedos delicados. Y el Tata se daba cuenta, pero estaba enredado en el hilo y no podía zafarse. Pronto ya no quedó nada. La dama enganchó la puntita del hilo en el ovillo y se marchó discreta, sin despedirse, llevándose la bola de hilo en las manos. Y el Tata la vio alejarse, la vio llevarse su hilo, la vio desaparecer con su sueño, con su letargo, con su sopor, con sus inacabables ansias de dormir, de descansar la vista, de cerrar los ojos. Y la vida se le transformó desde allí y para siempre en una interminable sucesión de días y de noches, en un devenir de sucesos y palabras, de hechos y de noticias, de nacimientos y de muertes y ya nada tuvo para él un verdadero significado, más que el saber que sólo había una realidad, un solo futuro. Una sola labor tenía sentido en su vida. Y todo estuvo claro para él. No hubo desde entonces otra alternativa.  Si no podía dormir, debía ser nochero.