La madre de los zapatos rojos entra en la
sala de espera. Carga su bolso de Prüne, su Blackberry, su niñito de dos años y
camisa cuadriculada.
Se sienta en la sala de espera y
acomoda a su hijo sobre las piernas. Cuando el niño dice “ah”, le muestra uno y
mil videos en el celular. El chico se revuelve en la falda de su madre y la
mujer se impacienta.
—¿No te gustan estos videos?— le
pregunta y no espera respuesta. Saca de su bolso una tablet para niños, la
enciende y se la coloca al chico en las manos. — Mirá— le dice, como si fuera
necesario.
El niño abre sus ojos y su boca.
Suena el blackberry y la madre,
nerviosa, lanza a su hijo por los aires. Vuelan el chico y la tablet infantil y
se estampan con estruendo contra el piso.
La madre de los zapatos rojos mira los
mensajes de su teléfono, levanta a su hijo lloriqueante y comprueba si la
tablet sigue ofreciendo sus servicios. Todo al mismo tiempo.
—Casi— le dice a la persona que espera
a su lado. Y sigue con su celular y le cambia a su hijo el video de la tablet.