jueves, 8 de diciembre de 2011

El candidato



A Ordóñez le encantaba oírse hablar. Practicaba durante horas sus discursos frente al espejo, mientras se acomodaba la corbata, se pulía los dientes para lucir una sonrisa radiante y se aplastaba los rulos colorados con una gomina casera elaborada con la clara de un huevo y dos chorritos de aceite de oliva.

Sabía muy bien que cuando hablaba, su voz ejercía un efecto singular en los oyentes. No importaban tanto los contenidos como el tono, eso creía él, y salían de su boca palabras floridas, cálidas, voluptuosas. Era por eso que había contratado a  dos guardaespaldas fornidos, sólo para que reprimieran los excesos de sus auditores y no porque le gustaran  la violencia, las dictaduras, ni las imposiciones políticas, como argumentaban sus opositores. Él era absolutamente democrático. Y pacifista.

Por su parte, los vecinos del pueblo andaban muy pendientes de su campaña política. No estaban para nada interesados en sus discursos, pero tampoco  tenían ganas de andar aguantando  los machetazos, los sopapos y los zamarreos de los guardaespaldas cuando la situación se tornaba insostenible.

Y así, cada vez que los changarines aparecían en el centro de la plaza cargando tablones y tarimas,  los habitantes del pueblo sabían que había llegado el momento de quedarse recluidos adentro de sus casas.

A medida que el escenario crecía en la plaza, las calles iban quedando desiertas. En la misma medida. Proporcionalmente.  Al final, se cerraban todas las persianas y todas  las puertas. Los dueños de los negocios prolongaban sus siestas y el padre Francisco empezaba a tocar un rosario interminable de campanadas para contrarrestar, aunque fuera un poco, los efectos procaces de la voz de don Ordóñez.

No era ésa la única acción del cura en contra del político. También lo atacaba en los sermones del domingo, conminando a sus feligreses a desoír las "palabras engoladas y luciféricas" del candidato, taparse los oídos con lo que fuera y no permitir que los embates satánicos de sus discursos tuvieran lugar. La gente del pueblo era muy devota y obedecía estrictamente el mandato divino.

Cada semana, generalmente los miércoles,  Ordóñez llegaba a la plaza, solemne como intruso en un velorio y se trepaba a la tarima. Los guardaespaldas observaban el acto cívico detrás de sus anteojos negros y comprobaban que no hubiera nadie faltándole el respeto al candidato. Y siempre llegaban a la conclusión de que, estando la plaza desierta, el trabajo se hacía realmente aburrido.

Rosa y Celeste, las dos hermanas idénticas  y solteronas que vivían en frente de la plaza, espiaban desde temprano a través de las cortinas de encaje. Sus dedos delgados y repletos de anillos de fantasía sostenían nerviosos el visillo. Las hermanas pegaban sus narices largas al vidrio. Observaban atentamente cómo don Ordóñez se arreglaba la corbata fucsia, se clavaba los anteojos nacarados en la punta de la nariz, acomodaba sus papeles y, levantando el índice, se llenaba la barriga de aire para comenzar a declamar. En ese preciso instante, las dos cerraban fuertemente los ojos, se arreglaban con dos o tres toquecitos los peinados batidos y, en un acto de contrición monacal se tapaban los oídos y se retiraban, sin hablarse y sin  mirarse, a sus respectivos cuartos, en los que permanecían a puertas cerradas hasta que el discurso terminaba.

Aparentemente, al candidato sólo lo escuchaba la loca Mari, que dormía en la pérgola de la plaza. (Los guardaespaldas se tapaban los oídos con bollitos de algodón.) La loca estaba generalmente distraída acomodando sus infinitas capas de polleras, o escribiendo con lápiz rojo, quién sabe qué en su libretita Huemul.

Ordóñez empezaba hablando bajito, prolijo, ordenado.  Pero el furor del discurso lo exaltaba y lo enardecía. Sus rulos se terminaban librando de la pegajosa gomina, los botones del saco se desprendían solos y el candidato se veía irremediablemente obligado a elevar la voz. De la pérgola se escapaban entonces los primeros suspiros y resuellos cada vez más altos y prolongados.

Al final, el candidato gritaba con todas sus fuerzas, la Mari jadeaba y los guardaespaldas asentían con la cabeza, avalando la inutilidad del discurso. Hasta que los resuellos eran tan fuertes que Ordóñez giraba la testa hacia la pérgola. Los dos matones al unísono reafirmaban la orden juntando sus dedos índice y pulgar en un okey circunspecto y obediente y se dirigían hacia la Mari para sacudirla un poco mientras ella seguía pidiendo más y más, con los ojos vueltos hacia arriba.




Consolación Ñuñoa era una muchacha delgada, pálida y ojerosa que jamás había tenido ni siquiera por aproximación algo parecido a un novio. Había estudiado  en el colegio de la Inmaculada Virgen Santa bajo la estricta observación de las monjas y del ojo divino. A esa educación tan esmerada debía ahora su moral intachable, sus buenas costumbres, su talento en la confección de gobelinos y una extraña sensación de estreñimiento permanente que los médicos no lograban curar ni con los laxantes más poderosos.

Ese miércoles llegó de sorpresa al pueblo, dispuesta a pasar unas divertidas vacaciones junto a sus tías Rosa y Celeste.

Descendió del tren con sus dos valijas y miró a ambos lados del andén. No había nadie. Las campanas sonaban sin parar. Hacía calor, así que decidió refrescarse un poco antes de partir hacia la casa de sus tías. A pesar de que el baño era diminuto, metió ordenada las valijas en él, por temor a que se las robaran. Después, haciendo toda clase de piruetas para acomodar sus pies en las baldosas libres, trató de llegar inútilmente al lavamanos. Cayó sentada en el inodoro y se quedó un instante leyendo los mensajes raspados en la pintura verde de la puerta: "Ana ama a Juan", "Te quiero, Armando", "Felisa y Felipe" (dentro de un corazón atravesado por una flecha).

Recordó de inmediato los cartelitos escritos con pintura dorada en las puertas de los baños de la Inmaculada: "Dios te está mirando". Se santiguó, elevó los ojos al techo y salió del toilette tan rápido como pudo. Las obscenidades siempre la habían puesto nerviosa.

Un día, un compañero de la oficina le había pellizcado el glúteo izquierdo. Consolación había pegado un salto, había controlado que todos los botoncitos de su camisa continuaran bien abrochados y se había retirado corriendo con sus pasos cortos y silenciosos hacia la parroquia más cercana. Debía confesarse:  el pellizco le había gustado.

Consolación se retiró del andén arrastrando sus dos valijas. No tenía idea de que en la plaza la iba a esperar una experiencia inédita y caminó con la tranquilidad que le daba saber que en este pueblo chiquito y religioso no le podía pasar nada. Se dirigió lentamente hacia la plaza. Cruzó la calle principal del pueblo, tomó el sendero central de polvo de ladrillo y ahí  vio a los dos matones cacheteando a la Mari, que, insólitamente, pedía más y más.

-¡Qué barbaridad! ¡Pobre mujer!- se horrorizó mientras aceleraba un poquito el paso, no fuera cosa que ella ligara también algún manotazo. ¡Y esas campanas que no dejaban de sonar! ¡Ya la estaban aturdiendo! ¿Estarían velando a alguien?

Continuó andando el caminito rojo hasta llegar al centro de la plaza. Una vez que  estuvo frente a la tarima y escuchó con claridad la voz del candidato, sintió un cosquilleo extraño debajo de la pollera. Se detuvo un momento, agradablemente sorprendida. Era como si cientos de maripositas estuvieran alborotándole la falda en un sinfin alocado de caricias.

-Ahhh- suspiró, dejó caer una valija y se tapó de inmediato la boca con la mano libre. El rubor marcó enseguida sus mejillas pálidas de aburrimiento, en una saludable mezcla de candor y de vergüenza.

Don Raimundo le sonrió, feliz de tener por fin una oyente tan recatada y continuó desprevenido  con su discurso.

-Ahhhhhhh- volvió a gemir Consolación más sorprendida que escandalizada- aaaahhhhh, sí, sí......- La muchacha estaba cada vez más roja y se tapaba la boca con ambas manos, pero las palabras y los jadeos seguían escapándosele fuera de control.- Ssssssiiiiiiiiiií, maaaásssssssss.

El candidato observó por encima de sus anteojitos nacarados y vio que su núbil espectadora se sacudía en descontrolados estertores de satisfacción. Echó un rápido vistazo a su discurso. Sólo le faltaban tres oraciones para terminar y esa muchacha imprudente que no se retiraba. ¿Dónde estaban ahora los matones?

Miró hacia la pérgola y vio un nudo de brazos y de piernas que se sacudían con violencia. Evidentemente, uno de los guardaespaldas había perdido uno o los dos tapones.

Decidió suspender un instante su discurso y observó a su alrededor. No había nadie más. Allí sólo estaba la muchacha, que, extrañada por la repentina interrupción, lo miraba  de pronto con ojos ansiosos. "Ma sí" pensó y prosiguió con la disertación, en medio de los gritos desbocados de Consolación, que había largado todas sus pertenencias y, por lo visto, ya  no sabía con qué taparse la boca.



Al principio, el suceso pasó desapercibido. Nadie había visto nada de lo ocurrido en la plaza esa tarde y no iba a ser Consolación quien hablara del tema. Y mucho menos, las siempre impecables y decorosas tías solteronas, Rosa y Celeste.  Lo cierto es que a los pocos meses, el pueblo entero observó con sorpresa cómo las hermanas comenzaban a apoyar la candidatura de don Ordóñez, con el inesperado apoyo del padre Francisco.

Desde el púlpito, el cura no dejaba de aclarar una y otra vez, que un político electo era un político silencioso y enseguida señalaba hacia el banco sobre el cual Consolación Ñuñoa arrullaba a ese bebito pelirrojo que no dejaba de berrear.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Ani




Ani es una perra blanca y escuálida, con unas manchitas marrones en las orejas que la hacen ver de lo más simpática.
Corre, salta, ladra, jadea, mueve su cola diminuta y le hace fiestas a Lucía, su dueña, con la que sólo comparte dos cosas: la correa roja y las ganas de hacer y hacer.
- ¡Ani! ¡¡¡Ani!!! ¡¡¡Venga para acá!!! – le ordena enfática Lucía a los tres minutos exactos de haberla soltado en la plaza. Tres minutos alcanzan perfecto para que un perro común y corriente como Ani haga su pis y su caca. Y Ani aprovecha ese tiempo a más no poder. Corre, pilla, salta, ladra, caga, jadea, mueve la cola, olfatea  y le hace unas fiestas interminables  a su dueña, que se agacha con cierta dificultad y atrapa la punta de la correa.
- Ya va siendo hora de volver a casa, Ani. Vamos.- Y Ani, que en verdad quisiera quedarse un rato más, tironea un poco de la cuerda colorada y ladra sus grititos agudos.- No, Ani, ¡no! ¡A casa, dije!
Lucía hoy también está apurada, porque  debe asistir a su clase de Ikebana y después se tiene que ir corriendo hasta el Centro de Artes Aplicadas, en el que está aprendiendo a fabricar unos portamacetas preciosos con tapas de gaseosa. Además, tiene que apurarse a comer algo rapidito. Más tarde no va a tener tiempo. Todos los martes a la noche cursa un seminario acerca de las implicancias socio-culturales de la ingesta de papas fritas en la comunidad wichi. Y ni loca se lo va  a perder.
Cuando llegan a casa,  Lucía saca de la heladera lo que será su almuerzo, su merienda y su cena. Todo junto. Coloca sobre una bandeja  un gran bol de ensalada de tomates, dos hamburguesas dietéticas y un yoghurt firme con sabor a frutilla.
Desde abajo de la mesa, Ani la observa con ojos lánguidos. A un lado le cuelga la correa colorada y la colita apenas se descubre escondida entre las patas.

- No, Ani. A vos ya te di. Comé lo que tenés en tu plato.
La  perra gira su cabeza con tranquilidad y observa las siete piedritas de alimento balanceado: una marrón, dos rojas y cuatro amarillas. Alza su nariz y huele el aroma tentador de la carne del plato de su ama.
- ¡¡¡Ani!!! ¡¡¡Cucha!!! – chilla Lucía y le señala un trapo roñoso que está todo arrugado en un rincón de la cocina. La mujer observa su comida, la sopesa, la huele, la disfruta.
- Leeento. Deeeebo comer leeento. Nada de atracones. Nada de ansiedad. Nada de…, - prueba un bocado. – A esto le falta sabor.
Le agrega sal, aceite, vinagre y una pizquita de orégano a la ensalada. Mezcla concienzudamente. La perra la mira desde su trapo. 
- Dejáte de hinchar. Si ya tenés lo tuyo.- Ani lanza un suspiro y apoya su cabeza sobre las patas de adelante.- No seas comilona, ¿querés?
Lucía vuelca un chorro de mayonesa sobre la ensalada y decora las hamburguesas con sendas sonrisas de ketchup, grandes ojos de mostaza y primorosas narices de salsa golf.
- Ahora sí. – se dice y le da un bocado a la carne. Mastica un instante y hace una mueca de disgusto. – Le falta algo. Le falta algo.- Juguetea con su tenedor, arrastra un tomate y sigue mirando a su perra, que poco a poco se fue acercando y ya está de vuelta debajo de la mesa. – Ani, me tenés podrida.
Se levanta y vuelca siete piedritas más en el plato de la perra.
- Si querés ser una gorda chancha, allá vos. Ahí tenés.
Le echa un vistazo al reloj del comedor. Se le hizo un poco tarde. Corre a la mesa y en dos bocados, acaba todos sus alimentos.
- La pucha digo. Todavía tengo hambre. ¡Qué dieta de mierda!
Pero ya no le queda más tiempo, así que se cuelga la cartera del hombro y sale a las apuradas. 

Llega a la clase de ikebana y se arroja sobre una silla. Las otras alumnas la reciben con grandes muestras de afecto. La profesora coloca sobre la mesa todos los elementos necesarios para desarrollar sus conocimientos: unas ramas secas, dos o tres flores, una vasija muy moderna y un plato con unas cuantas galletitas de agua.
Lucía observa las flores amarillas, las ramas, la vasija. Su vista se posa sobre las galletitas de agua y ya no se pueden retirar de allí.
La profesora habla, arma su ramo y pregunta si alguien tiene una duda. Lucía observa el plato con las galletitas. Las otras alumnas comen sin miramientos, conversan, plantean sus dificultades, siguen con atención los pasos a seguir para obtener un ikebana perfecto.
El arreglo ya está casi listo. Las ramas secas a un lado se complementan armónicamente con las tres flores amarillas colocadas casi en la base de la vasija. Y en el plato quedan sólo tres galletitas. Lucía no les quita los ojos de encima. Está visto que sus compañeras ya comieron suficiente. Nadie le presta atención al plato. Sólo Lucía. Su dieta no habla de galletitas de agua, sin embargo, ella mira de reojo a las demás mujeres y alarga su brazo. Toma una, sólo una. ¿Cuántas calorías tendrá una galletita miserable?
El ikebana luce sobre la mesa. El plato de galletitas está vacío. Las mujeres aplauden encantadas la destreza de la profesora. Lucía se limpia las migas y despide a sus compañeras con besos sonoros.
Corre hasta la calle. Llama un taxi. Tiene los minutos contados y debe llegar a tiempo pues no se quiere perder ninguna explicación acerca de cómo acabar el portamacetas. Entonces recuerda que no trae ninguna tapita de gaseosa. El taxi se detiene delante del primer kiosco.
Lucía pide diez Coca Colas light chiquitas. El empleado camina hacia la heladera. Lucía pasea su mirada por la colorida oferta de golosinas. “No me voy a tentar ahora”, piensa y sigue observando los caramelos Sugus, las gomitas de gelatina, los chocolates, los alfajores. “Igual a mí lo dulce no me gusta tanto”, se dice y sigue mirando. Va a pagar. Coloca el monedero sobre el pequeño mostrador y los ve. ¿Son sándwiches de jamón y queso? ¡Pebetes…! ¡Cuánto tiempo hace que no prueba un  buen pebete!  “¿Cuánto es?”, pregunta. “Diez y siete.” Lucía le extiende un billete de veinte pesos. “¿No tiene justo? ¿O dos pesos?” Lucía no tiene nada de cambio. “¿No quiere llevarse algo más? Una moneda de uno tengo. Llévese un sandwichito, ¿quiere? Salen dos pesos. Así le doy uno  de vuelto y listo.”
Lucía sube otra vez al taxi. En las tres cuadras que quedan hasta el Centro de Artes Aplicadas se traga el sándwich de jamón y queso.
Antes de entrar se limpia las comisuras de los labios y se pone un poco de rouge. A este lugar asisten mujeres muy finas, todas flacas elegantes que siempre van bien arregladas. Pero ella es la única que ya está terminando el macetero. Y lo bien que le está quedando.
Las dos horas del taller se pasan rapidísimo. Lucía sale apurada y baja por el ascensor. Corre una cuadra y toma el treinta y tres. “Ochenta”, pide y camina hacia el fondo del vehículo. Todos los asientos están ocupados. Se detiene delante de un muchacho que seguro va a bajar en la facultad. El chico saca una cajita blanca de su mochila. Cuando la abre, a Lucía la inunda el aroma de la humita.  ¡Mmmm! ¡Empanadas! ¿A quién le importan unas empanadas desabridas? Se da media vuelta y toca el timbre. Va a caminar las últimas cuadras.
El Ateneo cultural queda muy cerca de su casa. Lucía piensa un momento si no le convendría pasar un minuto para arreglarse un poco el pelo y para ir al baño. Pero no puede. Si se demora, va a llegar muy tarde.
Corre los últimos metros porque no quiere que le cierren la puerta en la nariz. En este Ateneo son muy puntuales. Se trata de gente súper respetuosa de los horarios de los demás. ¡Y los wichis vienen de tan lejos! ¿Cómo van a hacerlos esperar?
Llega justo. Detrás suyo echan dos vueltas de llave y un hombre muy atento le cobra la entrada y la ubica en la segunda fila. Sobre el escenario hay una mesa larga cubierta con un mantel blanco. Tres personas esperan para comenzar la charla. Dos hombres y una mujer. Se apagan las luces, chilla la acústica y cesan los murmullos. El hombre del medio golpea el micrófono con el dedo. Carraspea y dice buenas noches. “Antes de comenzar a explicar la diferencia entre la comida tradicional wichi y las papas fritas”,  dice, “queremos que cada uno de Uds. compruebe por sí mismo los efectos de una y otra.” Y la mujer se pone de pie y empieza  a repartir unas bandejitas que contienen por un lado un poco de guiso de quinoa, maíz y porotos, y unas cuatro o cinco papas fritas por el otro.
Lucía acepta la bandejita por no faltarle el respeto a la mujer wichi.  “¿La quinoa engordará?”, se pregunta intrigada. Y prueba un bocadito. Y después uno más.

Cuando llega a su casa, Lucía está agotada pero llena de nuevas sensaciones pues el día fue pletórico de aprendizajes.
Ani hace rato que la está esperando. Mueve su colita y salta sobre su ama. Lucía le dedica unas caricias escuetas y la perra corretea a su alrededor. Va de su plato hasta Lucía y de Lucía al plato.
- ¿Y otra vez? Ani, Ani. Sos una glotona.
La perra sigue moviendo la cola y hace algunas piruetas.
- Bue, - dice la mujer- yo también tengo un poco de hambre. – Abre la heladera.- Y más vale… hoy no comí casi nada. Sólo almorcé.
Saca  un churrasquito de lomo del cajón de la carne y lo pone a cocinar.
Ani se enloquece. Salta y salta delante de la cocina.
- Vení acá, - le grita Lucía  y le lanza otras siete piedritas de alimento balanceado. Después se sirve la carne en un plato y enciende el televisor.  Ya casi no le presta atención al  animal, que terminó su comida en dos segundos y sigue esperando recibir algo más. Se sienta en un banquito, se coloca el plato sobre la falda. Ani se recuesta a sus pies.
- Perra rechoncha.- le murmura y se lleva el primer bocado a la boca. Ani olfatea y refriega su panza por la alfombra. En el televisor suena la voz de una ecónoma, que explica cómo cocinar un peceto a la mostaza en el microondas. Lucía refunfuña. – Perra desagradecida.- escupe con rencor- Yo trato de cuidar tu silueta y vos, nada.- Corta con esmero su churrasco y se lleva otra porción a los labios. Una gota de jugo se resbala lentamente hacia la rodilla de la mujer. Recorre la piel blanca, se desliza por la pierna de Lucía. Ani la ve, la olfatea de lejos. – Si vos supieras lo que es pasar hambre de verdad. Me gustaría verte a vos en mi lugar. Ahí sí que la estarías sufriendo.- Ani se le acerca. Apenas sí menea su colita. Se relame. Sigue con la vista el recorrido de la gota, que huele tan bien. Lloriquea. La partícula de jugo camina por la pierna de su ama y llega hasta su tobillo, dejando una línea rojiza dibujada sutilmente en la piel de Lucía. Ani lo ve todo. Ani lo huele todo. Ani tiene hambre. Ani está harta de que la llamen “perra rechoncha”. Ani está cansada de las piedritas de alimento balanceado. Ani quiere comer un churrasco de carne verdadera, igual que Lucía. - ¿A vos te gustaría estar gorda? ¿Eh? ¿Te gustaría?-  Ani  mueve un poco más su cola. A Ani no le molestaría estar gorda si eso le asegurara algo más para comer. Ani ansía un pedazo del lomo humeante de su dueña. – Agradecida tendrías que estar. Porque al fin y al cabo vos comés. Miráme a mí. Nada. Yo no puedo comer nada.- Ani toma carrera. – Un churrasco miserable. ¿Eso es comida? ¿Eh? - Ani pega un salto, - Contestáme. ¿Eso es comida?- Ani se abalanza sobre su dueña y en un instante le clava los dientes en el tobillo. Justo ahí donde se depositó la gota sanguinolenta de jugo. Porque a Ani nada le gustaría más que ser gorda como su dueña. Ser gorda y poder comerse un churrasquito de lomo igual que ella.