A Ordóñez le encantaba oírse hablar. Practicaba durante horas sus discursos frente al espejo, mientras se acomodaba la corbata, se pulía los dientes para lucir una sonrisa radiante y se aplastaba los rulos colorados con una gomina casera elaborada con la clara de un huevo y dos chorritos de aceite de oliva.
Sabía muy bien que cuando hablaba, su voz ejercía un efecto singular en los oyentes. No importaban tanto los contenidos como el tono, eso creía él, y salían de su boca palabras floridas, cálidas, voluptuosas. Era por eso que había contratado a dos guardaespaldas fornidos, sólo para que reprimieran los excesos de sus auditores y no porque le gustaran la violencia, las dictaduras, ni las imposiciones políticas, como argumentaban sus opositores. Él era absolutamente democrático. Y pacifista.
Por su parte, los vecinos del pueblo andaban muy pendientes de su campaña política. No estaban para nada interesados en sus discursos, pero tampoco tenían ganas de andar aguantando los machetazos, los sopapos y los zamarreos de los guardaespaldas cuando la situación se tornaba insostenible.
Y así, cada vez que los changarines aparecían en el centro de la plaza cargando tablones y tarimas, los habitantes del pueblo sabían que había llegado el momento de quedarse recluidos adentro de sus casas.
A medida que el escenario crecía en la plaza, las calles iban quedando desiertas. En la misma medida. Proporcionalmente. Al final, se cerraban todas las persianas y todas las puertas. Los dueños de los negocios prolongaban sus siestas y el padre Francisco empezaba a tocar un rosario interminable de campanadas para contrarrestar, aunque fuera un poco, los efectos procaces de la voz de don Ordóñez.
No era ésa la única acción del cura en contra del político. También lo atacaba en los sermones del domingo, conminando a sus feligreses a desoír las "palabras engoladas y luciféricas" del candidato, taparse los oídos con lo que fuera y no permitir que los embates satánicos de sus discursos tuvieran lugar. La gente del pueblo era muy devota y obedecía estrictamente el mandato divino.
Cada semana, generalmente los miércoles, Ordóñez llegaba a la plaza, solemne como intruso en un velorio y se trepaba a la tarima. Los guardaespaldas observaban el acto cívico detrás de sus anteojos negros y comprobaban que no hubiera nadie faltándole el respeto al candidato. Y siempre llegaban a la conclusión de que, estando la plaza desierta, el trabajo se hacía realmente aburrido.
Rosa y Celeste, las dos hermanas idénticas y solteronas que vivían en frente de la plaza, espiaban desde temprano a través de las cortinas de encaje. Sus dedos delgados y repletos de anillos de fantasía sostenían nerviosos el visillo. Las hermanas pegaban sus narices largas al vidrio. Observaban atentamente cómo don Ordóñez se arreglaba la corbata fucsia, se clavaba los anteojos nacarados en la punta de la nariz, acomodaba sus papeles y, levantando el índice, se llenaba la barriga de aire para comenzar a declamar. En ese preciso instante, las dos cerraban fuertemente los ojos, se arreglaban con dos o tres toquecitos los peinados batidos y, en un acto de contrición monacal se tapaban los oídos y se retiraban, sin hablarse y sin mirarse, a sus respectivos cuartos, en los que permanecían a puertas cerradas hasta que el discurso terminaba.
Aparentemente, al candidato sólo lo escuchaba la loca Mari, que dormía en la pérgola de la plaza. (Los guardaespaldas se tapaban los oídos con bollitos de algodón.) La loca estaba generalmente distraída acomodando sus infinitas capas de polleras, o escribiendo con lápiz rojo, quién sabe qué en su libretita Huemul.
Ordóñez empezaba hablando bajito, prolijo, ordenado. Pero el furor del discurso lo exaltaba y lo enardecía. Sus rulos se terminaban librando de la pegajosa gomina, los botones del saco se desprendían solos y el candidato se veía irremediablemente obligado a elevar la voz. De la pérgola se escapaban entonces los primeros suspiros y resuellos cada vez más altos y prolongados.
Al final, el candidato gritaba con todas sus fuerzas, la Mari jadeaba y los guardaespaldas asentían con la cabeza, avalando la inutilidad del discurso. Hasta que los resuellos eran tan fuertes que Ordóñez giraba la testa hacia la pérgola. Los dos matones al unísono reafirmaban la orden juntando sus dedos índice y pulgar en un okey circunspecto y obediente y se dirigían hacia la Mari para sacudirla un poco mientras ella seguía pidiendo más y más, con los ojos vueltos hacia arriba.
Consolación Ñuñoa era una muchacha delgada, pálida y ojerosa que jamás había tenido ni siquiera por aproximación algo parecido a un novio. Había estudiado en el colegio de la Inmaculada Virgen Santa bajo la estricta observación de las monjas y del ojo divino. A esa educación tan esmerada debía ahora su moral intachable, sus buenas costumbres, su talento en la confección de gobelinos y una extraña sensación de estreñimiento permanente que los médicos no lograban curar ni con los laxantes más poderosos.
Ese miércoles llegó de sorpresa al pueblo, dispuesta a pasar unas divertidas vacaciones junto a sus tías Rosa y Celeste.
Descendió del tren con sus dos valijas y miró a ambos lados del andén. No había nadie. Las campanas sonaban sin parar. Hacía calor, así que decidió refrescarse un poco antes de partir hacia la casa de sus tías. A pesar de que el baño era diminuto, metió ordenada las valijas en él, por temor a que se las robaran. Después, haciendo toda clase de piruetas para acomodar sus pies en las baldosas libres, trató de llegar inútilmente al lavamanos. Cayó sentada en el inodoro y se quedó un instante leyendo los mensajes raspados en la pintura verde de la puerta: "Ana ama a Juan", "Te quiero, Armando", "Felisa y Felipe" (dentro de un corazón atravesado por una flecha).
Recordó de inmediato los cartelitos escritos con pintura dorada en las puertas de los baños de la Inmaculada: "Dios te está mirando". Se santiguó, elevó los ojos al techo y salió del toilette tan rápido como pudo. Las obscenidades siempre la habían puesto nerviosa.
Un día, un compañero de la oficina le había pellizcado el glúteo izquierdo. Consolación había pegado un salto, había controlado que todos los botoncitos de su camisa continuaran bien abrochados y se había retirado corriendo con sus pasos cortos y silenciosos hacia la parroquia más cercana. Debía confesarse: el pellizco le había gustado.
Consolación se retiró del andén arrastrando sus dos valijas. No tenía idea de que en la plaza la iba a esperar una experiencia inédita y caminó con la tranquilidad que le daba saber que en este pueblo chiquito y religioso no le podía pasar nada. Se dirigió lentamente hacia la plaza. Cruzó la calle principal del pueblo, tomó el sendero central de polvo de ladrillo y ahí vio a los dos matones cacheteando a la Mari, que, insólitamente, pedía más y más.
-¡Qué barbaridad! ¡Pobre mujer!- se horrorizó mientras aceleraba un poquito el paso, no fuera cosa que ella ligara también algún manotazo. ¡Y esas campanas que no dejaban de sonar! ¡Ya la estaban aturdiendo! ¿Estarían velando a alguien?
Continuó andando el caminito rojo hasta llegar al centro de la plaza. Una vez que estuvo frente a la tarima y escuchó con claridad la voz del candidato, sintió un cosquilleo extraño debajo de la pollera. Se detuvo un momento, agradablemente sorprendida. Era como si cientos de maripositas estuvieran alborotándole la falda en un sinfin alocado de caricias.
-Ahhh- suspiró, dejó caer una valija y se tapó de inmediato la boca con la mano libre. El rubor marcó enseguida sus mejillas pálidas de aburrimiento, en una saludable mezcla de candor y de vergüenza.
Don Raimundo le sonrió, feliz de tener por fin una oyente tan recatada y continuó desprevenido con su discurso.
-Ahhhhhhh- volvió a gemir Consolación más sorprendida que escandalizada- aaaahhhhh, sí, sí......- La muchacha estaba cada vez más roja y se tapaba la boca con ambas manos, pero las palabras y los jadeos seguían escapándosele fuera de control.- Ssssssiiiiiiiiiií, maaaásssssssss.
El candidato observó por encima de sus anteojitos nacarados y vio que su núbil espectadora se sacudía en descontrolados estertores de satisfacción. Echó un rápido vistazo a su discurso. Sólo le faltaban tres oraciones para terminar y esa muchacha imprudente que no se retiraba. ¿Dónde estaban ahora los matones?
Miró hacia la pérgola y vio un nudo de brazos y de piernas que se sacudían con violencia. Evidentemente, uno de los guardaespaldas había perdido uno o los dos tapones.
Decidió suspender un instante su discurso y observó a su alrededor. No había nadie más. Allí sólo estaba la muchacha, que, extrañada por la repentina interrupción, lo miraba de pronto con ojos ansiosos. "Ma sí" pensó y prosiguió con la disertación, en medio de los gritos desbocados de Consolación, que había largado todas sus pertenencias y, por lo visto, ya no sabía con qué taparse la boca.
Al principio, el suceso pasó desapercibido. Nadie había visto nada de lo ocurrido en la plaza esa tarde y no iba a ser Consolación quien hablara del tema. Y mucho menos, las siempre impecables y decorosas tías solteronas, Rosa y Celeste. Lo cierto es que a los pocos meses, el pueblo entero observó con sorpresa cómo las hermanas comenzaban a apoyar la candidatura de don Ordóñez, con el inesperado apoyo del padre Francisco.
Desde el púlpito, el cura no dejaba de aclarar una y otra vez, que un político electo era un político silencioso y enseguida señalaba hacia el banco sobre el cual Consolación Ñuñoa arrullaba a ese bebito pelirrojo que no dejaba de berrear.