Juro que nadie
podia imaginar que las cosas iban a terminar como acabaron.
Yo iba con retraso. Había salido tarde,
el colectivo tardó una eternidad y se me rompió un taco. Me apuré muchísimo en
las últimas cuadras. Parecía que cuanto más corría, más rápido andaban los
segundos en la carrera del reloj. Llegué con el sudor resbalándome por la
frente, por la nariz, por el cuello. Habíamos quedado en encontrarnos en la
esquina de Forest y Avenida de los Incas. Yo no la había visto nunca
personalmente, así que traté de reconocerla por las fotos que encontré en la
computadora de él. Ahí estaba.
De inmediato nos estrechamos las manos.
En realidad, apenas nos tocamos con los dedos. Estábamos un poco incómodas. Muy
incómodas. Me ubiqué en una silla frente a ella. Levanté las cejas para llamar
a un camarero que andaba por ahí. La mujer estaba coqueteando con un helado de
naranja. Pedí una crema de menta. No sé por qué, si a mí no me gusta la menta.
La observé en silencio. Su piel era de
una tonalidad rojiza. Era imposible
apartar la mirada de sus ojos. No eran ni el color ni la forma lo que llamaba
la atención. Lo sorprendente en esos ojos era el odio. La mujer estaba repleta
de ira. Me aborrecía, no cabía ninguna duda.
Yo no sabía qué decir. Pensaba que este
encuentro era una simple formalidad. No quería estar ahí, eso era seguro. Solo
tenía que esperar a que ella moviera las piezas de su juego y después ya podría
mandarme a mudar. Era cuestión de tiempo, nada más. Unos segundos, varios
minutos. Y listo.
El helado de naranja se derretía
lentamente. Ella jugaba con la cucharita y me miraba con esos ojos. Yo trataba
de pensar que todo esto era un sueño, una pesadilla que no se terminaba nunca.
—¿Qué era lo que me tenías que decir?
—le pregunté impaciente. El silencio colgó un rato larguísimo de esa cuerda
invisible que tenía sujetos nuestros destinos. Ella sonrió apenas y tomó su
cartera y estuvo revolviéndola incansablemente. Primero pensé que no encontraba
alguna cosa. Pero no, el problema era que no terminaba de decidirse. Sus ojos
se clavaban en mis mejillas como alfileres de plata. Y su boca temblaba en una
sonrisa leve.
Yo le hice un gesto al camarero y
busqué mi billetera.
Entonces, la mujer por fin estuvo lista
y, sin sacar la mano de su bolso, me disparó.
La sorpresa me impactó más fuerte que
la bala y mi tiempo se terminó de golpe.
Quedaron sobre la mesa el helado de
naranja y la crema de menta.