jueves, 8 de diciembre de 2011
El candidato
domingo, 4 de diciembre de 2011
Ani
lunes, 28 de noviembre de 2011
martes, 16 de agosto de 2011
Templanza
domingo, 14 de agosto de 2011
domingo, 24 de abril de 2011
III. Humildad
Suena el timbre. Con desgano me acerco a la puerta y espío por la mirilla. Veo un mameluco azul. Es el encargado. Trae la correspondencia. Tiene un par de sobres en cada mano. ¿Pero por qué no la tirará por debajo de la puerta en lugar de venir a charlarme? ¿Por qué se empeñará en conversar conmigo si yo ya le di muestras más que elocuentes de antipatía? Sabe a la perfección que lo estoy observando. Me sonríe mostrándome la pulcritud de sus dientes y se abanica los pelos de la frente con mi carta. Ya la veo. Pero igual me demoro. ¿Qué tengo que hacer? ¿Me desentiendo y espero hasta que se vaya? No. No me queda más remedio. Abro la puerta. El portero me extiende el sobre blanco ornado con rayitas amarillas y rojas. Mientras tomo la carta, el hombre pizpea hacia adentro, hurga entre mis muebles, huele mis esencias, desempolva los objetos de mi casa con la vista, respira mi aire, pisa mi parquet. Yo reconozco la letra de un vistazo y él también.
-De su prima,- agrega con una especie de burla simpática, dando un paso hacia adelante -la que vive en la tierra del Generalísimo. No la eché por debajo para que no se le arruinara. Yo sé que Ud. la estaba esperando.- Se llena los pulmones de mi ambiente y me lo devuelve con un solo resoplido.- Esto me recuerda algo. Es igual que mi tío Hugo. Él siempre estaba impaciente, esperando quién sabe qué y mirando con los ojos bien abiertos a ver si venía el cartero con la bolsa llena. Un fenómeno, el Tata don Hugo, se sabía un montón de historias, pero había una en particular que me encantaba. ¡Si la habré escuchado allá por sus pagos! ¡Qué épocas aquellas! Era una buena historia. Tengo un ratito, ¿no quiere que se la cuente?
Casi con espanto niego moviendo la cabeza, pienso que ya tengo suficientes relatos en mi interior, que no necesito ninguno más. Y con un gracias en verdad desagradable, escueto y seco, vuelvo a elevar la mirada, guardo más que rápido el sobre en un bolsillo de mi pantalón y, empujando al encargado sin ninguna delicadeza, cierro la puerta y le doy dos vueltas a la llave.
Aunque ya no me importa demasiado, sin saber muy bien por qué, vuelvo a mirar por la mirilla. El portero sigue parado delante de mi puerta. Despliega su cara de sorpresa, se inclina hacia adelante y espía por la cerradura. Pero no llega a ver demasiado porque enseguida tapo el hueco con la palma de mi mano. Quién sabe qué pensaría si llegara a ver lo que me sucederá después. ¿Lo entendería? ¿Se apartaría con horror? ¿O le resultaría algo digno de comentar en la mesa del bar Santa Paula, con los notables del edificio? No voy a saberlo y en verdad, no me interesa para nada.
Querida Cristina:
¿Cómo estás, primita? Yo ando un poco desesperada y aburrida, porque ya hace un par de días que estoy sola.
Mi galleguito y su mamá se fueron de viaje y me dejaron a cargo de los pisos y de los dos pichichos odiosos de mi suegra: Darling y Honney.
Y ahora estoy al borde del colapso, primero porque me enfurece que mi cuchicuchi se vaya con su mamita en vez de con su esposa, qué se le va a hacer. Ya conocés a mi suegra. Bastante te conté de ella, ¿no? Y resulta que ahora quería hablar a solas con su hijito. ¿Pero era necesario elegir un crucero de dos meses para charlar? ¿Cuántas cosas le tiene que decir la vieja bruja esa, eh? ¿Cuántos años de secretos tiene escondidos para que la conversación dure tanto tiempo? ¿Es que acaso se trata de una familia tan misteriosa, che?
Sin embargo, eso no es lo peor. Porque, ¡no sabés lo que me pasó! Primero me descuidé un poquito y Darling me meó la moquete azul del living, lo cual ya me puso súper furiosa. Sin pensarlo dos veces, les chanté las correas a los perros y los llevé a la rastra hasta la calle, para que terminaran de hacer lo suyo.
Salimos caminando lo más bien. Aproveché para sacar plata de un cajero, compré unas manzanas, y, a las pocas cuadras, me paré en una vidriera que tenía unas cortinitas de encaje que eran un primor. ¡Te hubieran encantado, con rositas rococó bordadas! Estuve un rato larguísimo mirándolas, sin saber si entrar o si no. Después de mucho me decidí, até los perros en el poste de la luz y me metí en el negocio.
Al final no compré nada, porque era todo carísimo, pero ¡no sabés!. Cuando salí, me faltaban los perros. Y yo me puse como loca. Sabía que si los perdía, mi suegra me mataba y el galleguito se me divorciaba. Aunque no sé cómo un tipo puede divorciarse de una muerta, pero en fin.
Empecé a gritar y a gesticular y a mover todo mi cuerpo como si me hubiera agarrado un ataque de epilepsia. Para qué te voy a mentir: la gente se apartaba, bastante asustada, porque yo parecía una loca histérica, pero tenía motivos fundados para ponerme así, ¿no? ¿Vos me entendés?
Los dueños del negocio salieron a ver qué pasaba y se dieron cuenta de que se les empezaba a amontonar la gente delante del local. Y como todo este asunto era muy confuso, deben de haber pensado que les iba a jugar en contra. Propaganda negativa, ¿viste? Entonces, primero me recomendaron que me tranquilizara, que hiciera cartelitos para pegar en los postes y en las vidrieras. Pero después, viendo que yo no me movía de ahí adelante y que la gente seguía cada vez más amontonada en una apretujada rosquilla de curiosos, me terminaron entregando un paquete con las cortinas de encaje que tanto me habían gustado. "Cortesía de la casa", dijeron y me empujaron amablemente hasta la otra cuadra.
¡No sabés qué lindas quedaron las cortinitas en mi cocina! Ojalá pudieras viajar a visitarme, así las verías con tus propios ojos. ¡Te extraño tanto! En fin, la cuestión es que tomé la recomendación del tendero y confeccioné unos carteles hermosos, con florcitas en los bordes y letra de molde: SE HAN PERDIDO DARLING Y HONNEY. VALOR AFECTIVO. HAY RECOMPENSA. Dibujé los perritos lo mejor que pude, y empapelé la ciudad con la nota. Si hubiera estado mi suegra acá no hubiera tenido necesidad de dibujar, porque ella tiene miles de fotos de los pichichos en su departamento. Sobre la mesa, sobre la cómoda, colgadas en la pared… Tiene más fotos de los perros que de su propio hijo. Y ni que hablar de su nuera. Mía no tiene ni una. Yo creo que si se encontrara con alguna, me recortaría sin pensarlo dos veces para sacarme de su vida.
Pero bueno, te decía que si hubiera estado mi suegra o si ella me hubiera dejado llave la llave de su depto (no me la quiere dar porque dice que es demasiada responsabilidad para mí, ¿viste?), no hubiera tenido que ingeniármelas con el dibujo. Aunque, pensándolo bien, si mi suegra estuviera acá, no se hubieran perdido los perros y no hubieran hecho falta las fotos. ¿¡Qué sé yo!?
Al principio no pasó nada. Nadie los había visto y yo cada vez más nerviosa. Parecía que se habían evaporado literalmente. Pero a la semana sonó el teléfono. Yo rogaba que no fuera mi suegra (siempre me hace ponerle el tubo a los perros para escuchar cómo respiran, mientras ella les habla y les habla. ¡La de boludeces que les dirá a los bichos! ¡Imagináte!). Por suerte no era mi suegra, era una voz de hombre. "¿Sí?", pregunté yo. El tipo hizo un silencio, se quedó escuchando, pero al ratito se animó: "¿Hablo con la casa del Darlín y del Jonéy?"
¡No sabés qué alivio tenerlos otra vez en la casa! Aunque no me creas, estuve feliz de verlos. ¡Si hasta parecían angelitos, todos apachurrados! Los tendrías que haber visto. Estaban muy bonitos. Ahora ya los mataría de vuelta sin piedad, si no fuera por mi suegra y por el cuchicuchi.
Al final, ni bien me devolvieron los perros, tuve que recorrer otra vez toda la ciudad para sacar cada uno de los papelitos que había pegado. ¡No sea cosa que mi suegra se entere de que los perdí!
Bueno, querida, por favor, escribíme para contarme cómo andan tus asuntos. ¿La salud? ¿Todavía estás engordando? No me digas que aún tenés que seguir arrastrando tus preciosos ojos celestes por el suelo. ¡Es inhumano! ¡Así nunca vas a conseguir un marido, che!
Respondéme cuanto antes. No soporto no tener noticias tuyas. Te extraño mucho,
Laura
Dejo la carta abierta sobre la mesa del comedor. Tengo sed y la jarra de cristal tallado me lo recuerda. La observo. Me reflejo en ella, deformada y gruesa como un genio dentro de su botella. Tomo un vaso de la alacena y me sirvo. Pongo un compacto en el estéreo del living, como al pasar espío por la mirilla. Compruebo aliviada que el portero ya se retiró, ya no está ahí. Camino hasta mi habitación, despacio, sintiendo la presión de mis pasos en el suelo. Y me arrojo en la cama. No me detengo a quitarme los zapatos. Sólo me dejo caer sobre la tibieza del colchón. El elástico se queja y chilla y se acomoda. Después de beberme toda el agua, hago rodar el vaso húmedo y frío por la piel de mi abdomen, hacia un lado y hacia el otro, lo paseo por mis pechos, desciendo y rodeo el ombligo, llevo el vidrio a un costado y al otro de mi cuerpo. Contrastan la tibieza de mi espalda con la frialdad que el vaso le regala a mi vientre.
Trato de no pensar en nada. Me abandono a las sensaciones, a los sentidos. Una ronda de arpas, pianos, flautas y trombones se acerca melodiosa, seductora, y me toca despacito. Me va recorriendo de a poco, me acaricia. Ocupa los lugares que ya dejó libre la frescura de mi vaso y se instala. De pronto, percibo mi cuerpo como ajeno, como una inmensa sobra desproporcionada. Me siento un envase descartable, el envoltorio de una golosina, un cuaderno completamente escrito. Mi cuerpo ya no me pertenece. Abro los brazos y las piernas formando una estrella y así me quedo. Muy quieta. Silenciosa. Escuchando nada más.
Entonces, por el vano de la puerta de calle se cuela una sombra oscura, insignificante, miserable. Es como una hilacha negra que trepa desde abajo, por el agujero del ascensor. Se arrastra lenta sobre el parquet, desacomoda las alfombras indígenas. Se estira y se amontona una y otra vez hasta arribar al cuarto.
Al llegar allí, repta un poco más y sube a la cama. Se cuela por las cobijas. Encuentra un mínimo resquicio en el hueco de la almohada. Ahí descansa un instante y cuando está recuperada, cubre suavemente mi cuerpo. Acompaña delicada el abrazo de la melodía. Empieza por el dedo gordo del pie y me va recorriendo de a poco. Las piernas, el vientre, los pechos, los brazos, la cara. Como una caricia provocativa va llegando a cada célula de mi piel, la penetra y la habita.
Cuando me levanto, me siento más pesada, más gorda, mil veces más redonda y rolliza. En el baño me lavo la cara. Evito una vez más mirarme al espejo. No lo soporto porque sé que en la imagen no sólo voy a verme a mí misma, distinta, menos glamorosa de lo que me quisiera recordar. También van a estar allí los otros, los que se me adhieren con sus historias y sus cuentos. Los que quieren ser liberados de una vez por todas y aún no lo logran.
Todo se tiñe de golpe con el índigo de la oscuridad. Me seco con la toalla una y otra vez. Me raspo con las uñas y dejo mi piel enrojecida, como si así pudiera quitarme de encima el peso enorme de saber tantos relatos.
sábado, 23 de abril de 2011
II. Pureza
Contaba mi madre que, cuando quedó embarazada, el médico le hizo muy mal los cálculos y pronosticó el alumbramiento para dos meses antes de la fecha en la que en verdad nací. Por esos tiempos no existían las ecografías ni los monitoreos, ni ninguno de estos métodos sofisticados y modernos que, mágicamente, entregan al paciente y a su doctor, medidas exactas, fechas precisas y datos absolutamente claros, contundentes y definitivos sobre el desarrollo de la gestación.
No quedó otro remedio. Mi familia debía esperar. Y cada cual soportaba la demora a su manera. Las abuelas establecían infinitas competencias tejiendo los más variados escarpines en hilo amarillo. Los zapatitos de tamaños más diversos- manufacturados en punto arroz, punto atrás, Santa Clara y crochet -, uno más bonito que el otro, ya llenaban cinco canastos primorosamente forrados en papel de seda. Mamá los perfumaba cada tarde con apenas dos gotas de colonia de bebé. Y gracias a esa acción sencilla, casi ceremoniosa y cargada de amor, se tranquilizaba un poco. Quién sabe. Se imaginaría los piecitos de su bebé con tanto calzado amontonado. ¿Vendrían los pies de su niño con
todos los dedos bien puestos? Las mamás siempre les cuentan los dedos a sus hijos cuando nacen. Diez en las manos y diez en los pies. Y después de comprobar que las cantidades estén correctas, se quedan satisfechas. ¿Por qué será?
A su vez, las tías compraban a diario la batita de linón que auguraría el parto. Llegaban con su regalo por las tardes, ansiosas por ser ellas las que anunciaran a los demás parientes el momento exacto del alumbramiento.
Los hombres, mi papá, los tíos y los abuelos, se reunían en la vereda de mi casa para fumar esos abanos apestosos que incomodaban a las mujeres hasta las náuseas. No hablaban de mi futuro nacimiento ni de las posibles contracciones de mi mamá. Ellos sólo conversaban sobre los resultados del campeonato de fútbol. Nada más que eso, porque los temas políticos los enemistaban. Y ellos lo sabían muy bien.
Así, mi madre vio crecer a la par el ajuar de su bebé y el tamaño de su vientre, que llegó a tener medidas descomunales. Al final, la suya terminó siendo una panza inmensa, redonda, terriblemente inflada, que no le cabía en ninguna parte y que le dificultaba cualquier tipo de movilidad propia, individual o acompañada.
La pobre ya no podía entrar al auto ni subir al colectivo, con lo cual aún cuando faltaba un mes para que llegara la fecha prevista para el parto, empezaron a notar que la única manera de arribar al hospital cuando llegara el momento, sería caminando. Para ese entonces, ella se sentía muy incómoda y mi padre no cabía más dentro de la cama, con lo cual las relaciones maritales habían comenzado a aguarse de a poco. Estaba escrito: cuando finalmente nací, mi padre y mi madre hacía semanas que no se podían ni ver. No se soportaban más. Pero no se separaron. No. No quedaba bien.
Entonces, continuaba el relato de mi madre, cuando estaba a punto de parir, de pronto, todo se
tiñó de un blanco azulado y ella sintió un vahído suave y mullido, que le entibiaba el cuerpo, como si la estuvieran acunando, y se le presentó un ángel y me colocó con dulzura sobre su pecho. Ella lo recordó siempre como un momento mágico y luminoso y olvidó pronto los dolores de las contracciones y la desesperación del pujar. Hablaba de su parto con gran convicción y con inmenso entusiasmo. Al hacerlo, levantaba mucho la voz, movía sus brazos enérgicamente y se sacudía en una especie de descoordinado escalofrío de emoción.
La familia escuchaba arrobada sus relatos. Siempre había sido así. Mi mamá tenía talento para contar historias. Y ésta era una de sus preferidas. De tanto en tanto, elevaba los ojos al cielo y se dejaba convencer de la veracidad de los sucesos casi sin tener duda alguna. Claro que cada cual se hacía su propia imagen del asunto. Algunos llegaron a asustarse y quisieron llevarme de inmediato a la iglesia, porque lejos de creer que se trataba de una cuestión mágica o de un acto casi religioso, me encuadraban más bien en el marco de una demoníaca hija de Satán y deseaban limpiar mi alma cuanto antes. Fueron éstos los parientes que compraron botellitas de agua bendita y rociaron con ella mi cuna en un casero intento de exorcismo, pero con tanta mala suerte, que algunas de las gotas (que más que de agua bendita resultaron ser de agua oxigenada) cayeron dentro de mis ojos, dejándome momentáneamente obnubilada.
Estas gentes no leyeron en mi ceguera transitoria otra cosa que una señal divina de desaprobación y simplemente se sentaron a esperar que cayera un rayo, se desmoronaran las columnas de la entrada del hospital o que la partera comenzara de pronto a escupir bilis y demás asquerosidades diabólicas.
Sin embargo, existía otra rama de la familia que era algo más luminosa, más puramente mística.
Se trataba de un mínimo grupo de tías abuelas y algunas de sus hijas solteronas, que, mientras acariciaban rítmicamente sus crucifijos, le pedían a mi padre que escribiera de inmediato al Vaticano para que me canonizaran en vida. Las opiniones estaban muy encontradas y las discusiones eran muchas. Pero lo cierto es que la cuestión de mi nacimiento dio lugar a un ramillete de habladurías. Muchos dijeron entonces que yo iba a morir muy joven. O, en su defecto, que mi vida iba a ser memorable. La única que no abrió la boca en todo ese tiempo fue Anita, mi abuela materna. Nadie supo nunca si su silencio era efecto de los sorprendentes relatos de su hija, si era causado por la emoción de tener frente suyo a su primera nieta o si era porque ella era la única que sabía que mi madre, con los nervios, se había bebido cinco vasitos del aquavit de mi padre.
Por lo pronto, yo no recuerdo tantas cosas de mi infancia. Sí sé que al principio me mantuvieron muy protegida. No me quedó del todo claro (las dudas siempre inundaron mi pasado) si me cuidaban con tanto esmero para que no me muriese en forma prematura o si me resguardaban como una joya valiosa que en algún momento podía llegar a dar sus buenos dividendos.
Lo que siempre permanece muy firme en mi memoria es la presencia de mi prima Laura. No puedo pensar en mi infancia sin acordarme de ella.
Cuando chicas, mi prima y yo éramos tan unidas que por las noches, para que no nos separaran, nos dormíamos muy juntas, abrazadas y ocultas entre las plantas tupidas del jardín de la casa de mi otra abuela, Bedstemor, la dinamarquesa. Todos llamábamos a esta casa, la Casa Grande.
En realidad era una vivienda pequeña, de madera, pero estaba situada en el medio de un jardín enorme, que pertenecía a la Iglesia Danesa. Y cuando nos acostábamos en el suelo, nos pasaban por arriba las gallinas, borrachas de tanto alboroto. Pero nosotras hacíamos fuerza y cerrábamos los ojos arrugándolos un poco y nos arrimábamos la una a la otra para no sentir lo que ocurría a nuestro
alrededor y para escaparle al miedo a la oscuridad. Allí, en esos momentos, comenzaba yo un murmullo diminuto, que sólo Laura lograba escuchar. Le contaba historias que quién sabe de dónde me llegaban. Cuentos de hadas y de duendes y de enanos que nos tranquilizaban a las dos hasta que apareciera el hombrecito de la bolsa de arena, y nos echara en los ojos el polvo mágico para dormir.
Simular que estábamos dormidas, o a veces también dormirnos de verdad, eran ideas infalibles. Nuestros padres se compadecían de nosotras, tan tiernitas y tan acurrucadas, y nos aupaban hasta el cuarto de la abuela Bedstemor, donde ya estaba preparada la camita con las sábanas bordadas de niño.
A la mañana, muy temprano, el abuelo Erik hacía sonar su cencerro -herencia de su pasado tambero-, anunciando la hora del desayuno. Nosotras nos poníamos en pie de un salto y nos vestíamos con la ropa al revés y los zapatos cambiados. Todas las veces era la misma historia. La abuela nos conminaba a acomodarnos la ropa, el abuelo le decía que estábamos bien vestidas, ella le mostraba las costuras y las etiquetas, señalándolas con sus largos dedos flacos y él protestaba que eran visiones de vieja. La abuela decía que el vapor de la leche hervida le había empañado los lentes y caminaba rápido hasta llegar al baño. Ahí, se ponía a llorar a los gritos.
Falso intento de resguardar esa decencia engañosa que tenía prisionera a mi abuela. Nosotras, por lo pronto, no le prestábamos ninguna atención. Nos robábamos los pancitos tibios y corríamos al jardín a alimentar con ellos a las gallinas y a lamer las tapas de las botellas de cerveza, que se iban amontonando como tesoros olvidados en una esquina del galpón.
Recién mucho tiempo después, cuando ya éramos un poco más grandes, nos empezó a molestar esa forma tan brusca, tan escandinava de levantarnos, sin un mimo ni una palabra cariñosa. Igualmente, y siguiendo la tradición familiar, nunca dijimos nada al respecto. Las cosas eran como eran y jamás iban a cambiar.
Mi prima y yo teníamos casi la misma edad, igual altura, idéntico tamaño. Ella era muy muy rubia y yo, muy muy morena. Como el positivo y el negativo de una misma única fotografía. Y proyectábamos juntas un futuro glamoroso en el que ella luciría una larga y sedosa melena oscura y yo, una igualmente larga y sedosa cabellera de oro. Y es que, a pesar de todo, nos profesábamos una envidia suave, cariñosa, inofensiva. Fue esa envidia dulzona, empalagosa, sazonada con la dosis justa del afecto, la que nos unió de por vida.
En la Casa Grande, el hogar de mis abuelos daneses, se organizaban dos o tres veces al año enormes comilonas en las que se reunía toda la familia alrededor de una larguísima mesa tendida con manteles azules de linón. En estos ágapes descomunales se mezclaban de manera armoniosa y pródiga las carnes asadas a la argentina, los postres daneses de manzana y pan rallado y las desbordantes tortas austríacas.
Durante la comida, el bullicio despabilaba a las aves, que revoloteaban y piaban haciendo mucho más ruido que las voces y las risas de la familia. Las gallinas caminaban por entre las piernas de los comensales, picoteando las migajas que caían al suelo. Por un sencillo motivo de organización mobiliaria, se sentaba a los niños a un lado, en una mesa más baja; los delgados se ubicaban donde querían, pues podían utilizar las enclenques sillas de paja del siglo pasado. Y los rellenitos y los deliberadamente gordos, quedaban recluidos, obligados a sentarse a un costado, sobre el sólido banco fabricado especialmente para que sus voluminosas posaderas no perforaran las más que antiguas y costosas varitas de mimbre de las igualmente antiguas y costosas sillas de mis abuelos. Las reliquias familiares eran cuidadas con devoción sagrada. Mi tía Angelita –esposa del tío Sven-, siempre tan servicial y considerada, pasaba a cada rato por las mesas con la excusa de ofrecer a todos sus novedosas ensaladas. Se detenía un instante detrás de cada comensal y, mientras le lanzaba una
cucharada de verduras en el plato, le observaba el trasero con relativo disimulo y efectuaba en su cabeza dificilísimas ecuaciones de física cuántica, en las que promediaba el peso y el volumen con la variable gravitacional y las nóminas de resistencia del material contenedor. El resultado de tan elevadas operaciones matemáticas era prontamente visible y determinaba la permanencia del comensal en su sitio. Más de uno era gentilmente conminado a cambiarse de lugar y, como consecuencia de este exilio obligatorio, era invitado a ponerse a régimen cuanto antes.
Al promediar la tarde, los hombres timbeaban y reían a carcajadas como malevos entonados. Las mujeres disimulaban la exaltación beódica de sus maridos, recluídas en la cocina, lavando, secando y guardando los platos y los cubiertos. Y los chicos corríamos impune y descontroladamente por el inmenso jardín de robles gigantescos y de bellas plantas con flor.
Había rosas de todos los colores y de todos los tamaños. Cada vez que la abuela recibía el anuncio de un nuevo nieto, plantaba otro rosal. Y luego, cuando el bebé nacía, ambos, niño y rosa, recibían el mismo nombre. Mi rosal era uno de la variedad Robusta. Era de un carmesí oscuro que llegaba en el centro de sus pétalos casi hasta el negro. El de Laura era un Schneewittchen extremadamente blanco. Igual que su piel.
A Laura y a mí nos rodeaba un gran clan familiar, con un manojo de primos compinches, que se divertía en las fiestas robando Coca-Colas en el depósito del vecino almacenero y jugando interminables manchas escondidas. Nosotras nos convertíamos en las burbujas de esas gaseosas, siempre flotando de aquí para allá, en nuestro propio mundo, un poco ajenas a las travesuras de los otros, tal vez porque éramos las más pequeñas.
Al anochecer, antes de comenzar con la trampa del sueño, visitábamos furtivamente la cocina de la abuela. Nos subíamos del banquito a la mesa de mármol blanco y desde allí, tomábamos sin
permiso los frascos de conserva vacíos de la alacena prohibida y nos lanzábamos como aventureras intrépidas a cazar bichitos de luz. Era un trabajo meticuloso, porque debíamos estar muy atentas y quietecitas. Y cuando alguno de los bichos desprevenidos se acercaba hasta nosotras, raudas y presurosas lo rodeábamos con el frasco translúcido y le estampábamos urgentemente el nylon y la bandita elástica. Al final, con un escarbadientes agujereábamos el plástico para que le entrara al pobre prisionero algo de aire fresco.
Luego, nos quedábamos dormidas viendo cómo las diminutas lámparas de las colitas se iban apagando, poco a poco, en un silencioso concierto de colores fosforescentes.
Por la mañana, cuando nos despertaba el abuelo con su festivo campaneo, casi siempre los bichitos estaban muertos y entonces improvisábamos cortas ceremonias mortuorias. Envolvíamos los diminutos cadáveres en hojas de parra, cavábamos un pozo con las uñas y le clavábamos una pequeña cruz muy rudimentaria hecha con palitos de helado.
Quizás sea por culpa de nuestra caza inclemente que ya casi no existen más los bichitos de luz. Y tal vez sea ésa la razón por la que mi prima Laura vive ahora tan lejos, al otro lado del mar, rodeada de gentes que hablan con otras eses y otras zetas y se acusan de tú y se ríen de chistes que a nosotros no siempre nos hacen tanta gracia.