jueves, 8 de diciembre de 2011

El candidato



A Ordóñez le encantaba oírse hablar. Practicaba durante horas sus discursos frente al espejo, mientras se acomodaba la corbata, se pulía los dientes para lucir una sonrisa radiante y se aplastaba los rulos colorados con una gomina casera elaborada con la clara de un huevo y dos chorritos de aceite de oliva.

Sabía muy bien que cuando hablaba, su voz ejercía un efecto singular en los oyentes. No importaban tanto los contenidos como el tono, eso creía él, y salían de su boca palabras floridas, cálidas, voluptuosas. Era por eso que había contratado a  dos guardaespaldas fornidos, sólo para que reprimieran los excesos de sus auditores y no porque le gustaran  la violencia, las dictaduras, ni las imposiciones políticas, como argumentaban sus opositores. Él era absolutamente democrático. Y pacifista.

Por su parte, los vecinos del pueblo andaban muy pendientes de su campaña política. No estaban para nada interesados en sus discursos, pero tampoco  tenían ganas de andar aguantando  los machetazos, los sopapos y los zamarreos de los guardaespaldas cuando la situación se tornaba insostenible.

Y así, cada vez que los changarines aparecían en el centro de la plaza cargando tablones y tarimas,  los habitantes del pueblo sabían que había llegado el momento de quedarse recluidos adentro de sus casas.

A medida que el escenario crecía en la plaza, las calles iban quedando desiertas. En la misma medida. Proporcionalmente.  Al final, se cerraban todas las persianas y todas  las puertas. Los dueños de los negocios prolongaban sus siestas y el padre Francisco empezaba a tocar un rosario interminable de campanadas para contrarrestar, aunque fuera un poco, los efectos procaces de la voz de don Ordóñez.

No era ésa la única acción del cura en contra del político. También lo atacaba en los sermones del domingo, conminando a sus feligreses a desoír las "palabras engoladas y luciféricas" del candidato, taparse los oídos con lo que fuera y no permitir que los embates satánicos de sus discursos tuvieran lugar. La gente del pueblo era muy devota y obedecía estrictamente el mandato divino.

Cada semana, generalmente los miércoles,  Ordóñez llegaba a la plaza, solemne como intruso en un velorio y se trepaba a la tarima. Los guardaespaldas observaban el acto cívico detrás de sus anteojos negros y comprobaban que no hubiera nadie faltándole el respeto al candidato. Y siempre llegaban a la conclusión de que, estando la plaza desierta, el trabajo se hacía realmente aburrido.

Rosa y Celeste, las dos hermanas idénticas  y solteronas que vivían en frente de la plaza, espiaban desde temprano a través de las cortinas de encaje. Sus dedos delgados y repletos de anillos de fantasía sostenían nerviosos el visillo. Las hermanas pegaban sus narices largas al vidrio. Observaban atentamente cómo don Ordóñez se arreglaba la corbata fucsia, se clavaba los anteojos nacarados en la punta de la nariz, acomodaba sus papeles y, levantando el índice, se llenaba la barriga de aire para comenzar a declamar. En ese preciso instante, las dos cerraban fuertemente los ojos, se arreglaban con dos o tres toquecitos los peinados batidos y, en un acto de contrición monacal se tapaban los oídos y se retiraban, sin hablarse y sin  mirarse, a sus respectivos cuartos, en los que permanecían a puertas cerradas hasta que el discurso terminaba.

Aparentemente, al candidato sólo lo escuchaba la loca Mari, que dormía en la pérgola de la plaza. (Los guardaespaldas se tapaban los oídos con bollitos de algodón.) La loca estaba generalmente distraída acomodando sus infinitas capas de polleras, o escribiendo con lápiz rojo, quién sabe qué en su libretita Huemul.

Ordóñez empezaba hablando bajito, prolijo, ordenado.  Pero el furor del discurso lo exaltaba y lo enardecía. Sus rulos se terminaban librando de la pegajosa gomina, los botones del saco se desprendían solos y el candidato se veía irremediablemente obligado a elevar la voz. De la pérgola se escapaban entonces los primeros suspiros y resuellos cada vez más altos y prolongados.

Al final, el candidato gritaba con todas sus fuerzas, la Mari jadeaba y los guardaespaldas asentían con la cabeza, avalando la inutilidad del discurso. Hasta que los resuellos eran tan fuertes que Ordóñez giraba la testa hacia la pérgola. Los dos matones al unísono reafirmaban la orden juntando sus dedos índice y pulgar en un okey circunspecto y obediente y se dirigían hacia la Mari para sacudirla un poco mientras ella seguía pidiendo más y más, con los ojos vueltos hacia arriba.




Consolación Ñuñoa era una muchacha delgada, pálida y ojerosa que jamás había tenido ni siquiera por aproximación algo parecido a un novio. Había estudiado  en el colegio de la Inmaculada Virgen Santa bajo la estricta observación de las monjas y del ojo divino. A esa educación tan esmerada debía ahora su moral intachable, sus buenas costumbres, su talento en la confección de gobelinos y una extraña sensación de estreñimiento permanente que los médicos no lograban curar ni con los laxantes más poderosos.

Ese miércoles llegó de sorpresa al pueblo, dispuesta a pasar unas divertidas vacaciones junto a sus tías Rosa y Celeste.

Descendió del tren con sus dos valijas y miró a ambos lados del andén. No había nadie. Las campanas sonaban sin parar. Hacía calor, así que decidió refrescarse un poco antes de partir hacia la casa de sus tías. A pesar de que el baño era diminuto, metió ordenada las valijas en él, por temor a que se las robaran. Después, haciendo toda clase de piruetas para acomodar sus pies en las baldosas libres, trató de llegar inútilmente al lavamanos. Cayó sentada en el inodoro y se quedó un instante leyendo los mensajes raspados en la pintura verde de la puerta: "Ana ama a Juan", "Te quiero, Armando", "Felisa y Felipe" (dentro de un corazón atravesado por una flecha).

Recordó de inmediato los cartelitos escritos con pintura dorada en las puertas de los baños de la Inmaculada: "Dios te está mirando". Se santiguó, elevó los ojos al techo y salió del toilette tan rápido como pudo. Las obscenidades siempre la habían puesto nerviosa.

Un día, un compañero de la oficina le había pellizcado el glúteo izquierdo. Consolación había pegado un salto, había controlado que todos los botoncitos de su camisa continuaran bien abrochados y se había retirado corriendo con sus pasos cortos y silenciosos hacia la parroquia más cercana. Debía confesarse:  el pellizco le había gustado.

Consolación se retiró del andén arrastrando sus dos valijas. No tenía idea de que en la plaza la iba a esperar una experiencia inédita y caminó con la tranquilidad que le daba saber que en este pueblo chiquito y religioso no le podía pasar nada. Se dirigió lentamente hacia la plaza. Cruzó la calle principal del pueblo, tomó el sendero central de polvo de ladrillo y ahí  vio a los dos matones cacheteando a la Mari, que, insólitamente, pedía más y más.

-¡Qué barbaridad! ¡Pobre mujer!- se horrorizó mientras aceleraba un poquito el paso, no fuera cosa que ella ligara también algún manotazo. ¡Y esas campanas que no dejaban de sonar! ¡Ya la estaban aturdiendo! ¿Estarían velando a alguien?

Continuó andando el caminito rojo hasta llegar al centro de la plaza. Una vez que  estuvo frente a la tarima y escuchó con claridad la voz del candidato, sintió un cosquilleo extraño debajo de la pollera. Se detuvo un momento, agradablemente sorprendida. Era como si cientos de maripositas estuvieran alborotándole la falda en un sinfin alocado de caricias.

-Ahhh- suspiró, dejó caer una valija y se tapó de inmediato la boca con la mano libre. El rubor marcó enseguida sus mejillas pálidas de aburrimiento, en una saludable mezcla de candor y de vergüenza.

Don Raimundo le sonrió, feliz de tener por fin una oyente tan recatada y continuó desprevenido  con su discurso.

-Ahhhhhhh- volvió a gemir Consolación más sorprendida que escandalizada- aaaahhhhh, sí, sí......- La muchacha estaba cada vez más roja y se tapaba la boca con ambas manos, pero las palabras y los jadeos seguían escapándosele fuera de control.- Ssssssiiiiiiiiiií, maaaásssssssss.

El candidato observó por encima de sus anteojitos nacarados y vio que su núbil espectadora se sacudía en descontrolados estertores de satisfacción. Echó un rápido vistazo a su discurso. Sólo le faltaban tres oraciones para terminar y esa muchacha imprudente que no se retiraba. ¿Dónde estaban ahora los matones?

Miró hacia la pérgola y vio un nudo de brazos y de piernas que se sacudían con violencia. Evidentemente, uno de los guardaespaldas había perdido uno o los dos tapones.

Decidió suspender un instante su discurso y observó a su alrededor. No había nadie más. Allí sólo estaba la muchacha, que, extrañada por la repentina interrupción, lo miraba  de pronto con ojos ansiosos. "Ma sí" pensó y prosiguió con la disertación, en medio de los gritos desbocados de Consolación, que había largado todas sus pertenencias y, por lo visto, ya  no sabía con qué taparse la boca.



Al principio, el suceso pasó desapercibido. Nadie había visto nada de lo ocurrido en la plaza esa tarde y no iba a ser Consolación quien hablara del tema. Y mucho menos, las siempre impecables y decorosas tías solteronas, Rosa y Celeste.  Lo cierto es que a los pocos meses, el pueblo entero observó con sorpresa cómo las hermanas comenzaban a apoyar la candidatura de don Ordóñez, con el inesperado apoyo del padre Francisco.

Desde el púlpito, el cura no dejaba de aclarar una y otra vez, que un político electo era un político silencioso y enseguida señalaba hacia el banco sobre el cual Consolación Ñuñoa arrullaba a ese bebito pelirrojo que no dejaba de berrear.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Ani




Ani es una perra blanca y escuálida, con unas manchitas marrones en las orejas que la hacen ver de lo más simpática.
Corre, salta, ladra, jadea, mueve su cola diminuta y le hace fiestas a Lucía, su dueña, con la que sólo comparte dos cosas: la correa roja y las ganas de hacer y hacer.
- ¡Ani! ¡¡¡Ani!!! ¡¡¡Venga para acá!!! – le ordena enfática Lucía a los tres minutos exactos de haberla soltado en la plaza. Tres minutos alcanzan perfecto para que un perro común y corriente como Ani haga su pis y su caca. Y Ani aprovecha ese tiempo a más no poder. Corre, pilla, salta, ladra, caga, jadea, mueve la cola, olfatea  y le hace unas fiestas interminables  a su dueña, que se agacha con cierta dificultad y atrapa la punta de la correa.
- Ya va siendo hora de volver a casa, Ani. Vamos.- Y Ani, que en verdad quisiera quedarse un rato más, tironea un poco de la cuerda colorada y ladra sus grititos agudos.- No, Ani, ¡no! ¡A casa, dije!
Lucía hoy también está apurada, porque  debe asistir a su clase de Ikebana y después se tiene que ir corriendo hasta el Centro de Artes Aplicadas, en el que está aprendiendo a fabricar unos portamacetas preciosos con tapas de gaseosa. Además, tiene que apurarse a comer algo rapidito. Más tarde no va a tener tiempo. Todos los martes a la noche cursa un seminario acerca de las implicancias socio-culturales de la ingesta de papas fritas en la comunidad wichi. Y ni loca se lo va  a perder.
Cuando llegan a casa,  Lucía saca de la heladera lo que será su almuerzo, su merienda y su cena. Todo junto. Coloca sobre una bandeja  un gran bol de ensalada de tomates, dos hamburguesas dietéticas y un yoghurt firme con sabor a frutilla.
Desde abajo de la mesa, Ani la observa con ojos lánguidos. A un lado le cuelga la correa colorada y la colita apenas se descubre escondida entre las patas.

- No, Ani. A vos ya te di. Comé lo que tenés en tu plato.
La  perra gira su cabeza con tranquilidad y observa las siete piedritas de alimento balanceado: una marrón, dos rojas y cuatro amarillas. Alza su nariz y huele el aroma tentador de la carne del plato de su ama.
- ¡¡¡Ani!!! ¡¡¡Cucha!!! – chilla Lucía y le señala un trapo roñoso que está todo arrugado en un rincón de la cocina. La mujer observa su comida, la sopesa, la huele, la disfruta.
- Leeento. Deeeebo comer leeento. Nada de atracones. Nada de ansiedad. Nada de…, - prueba un bocado. – A esto le falta sabor.
Le agrega sal, aceite, vinagre y una pizquita de orégano a la ensalada. Mezcla concienzudamente. La perra la mira desde su trapo. 
- Dejáte de hinchar. Si ya tenés lo tuyo.- Ani lanza un suspiro y apoya su cabeza sobre las patas de adelante.- No seas comilona, ¿querés?
Lucía vuelca un chorro de mayonesa sobre la ensalada y decora las hamburguesas con sendas sonrisas de ketchup, grandes ojos de mostaza y primorosas narices de salsa golf.
- Ahora sí. – se dice y le da un bocado a la carne. Mastica un instante y hace una mueca de disgusto. – Le falta algo. Le falta algo.- Juguetea con su tenedor, arrastra un tomate y sigue mirando a su perra, que poco a poco se fue acercando y ya está de vuelta debajo de la mesa. – Ani, me tenés podrida.
Se levanta y vuelca siete piedritas más en el plato de la perra.
- Si querés ser una gorda chancha, allá vos. Ahí tenés.
Le echa un vistazo al reloj del comedor. Se le hizo un poco tarde. Corre a la mesa y en dos bocados, acaba todos sus alimentos.
- La pucha digo. Todavía tengo hambre. ¡Qué dieta de mierda!
Pero ya no le queda más tiempo, así que se cuelga la cartera del hombro y sale a las apuradas. 

Llega a la clase de ikebana y se arroja sobre una silla. Las otras alumnas la reciben con grandes muestras de afecto. La profesora coloca sobre la mesa todos los elementos necesarios para desarrollar sus conocimientos: unas ramas secas, dos o tres flores, una vasija muy moderna y un plato con unas cuantas galletitas de agua.
Lucía observa las flores amarillas, las ramas, la vasija. Su vista se posa sobre las galletitas de agua y ya no se pueden retirar de allí.
La profesora habla, arma su ramo y pregunta si alguien tiene una duda. Lucía observa el plato con las galletitas. Las otras alumnas comen sin miramientos, conversan, plantean sus dificultades, siguen con atención los pasos a seguir para obtener un ikebana perfecto.
El arreglo ya está casi listo. Las ramas secas a un lado se complementan armónicamente con las tres flores amarillas colocadas casi en la base de la vasija. Y en el plato quedan sólo tres galletitas. Lucía no les quita los ojos de encima. Está visto que sus compañeras ya comieron suficiente. Nadie le presta atención al plato. Sólo Lucía. Su dieta no habla de galletitas de agua, sin embargo, ella mira de reojo a las demás mujeres y alarga su brazo. Toma una, sólo una. ¿Cuántas calorías tendrá una galletita miserable?
El ikebana luce sobre la mesa. El plato de galletitas está vacío. Las mujeres aplauden encantadas la destreza de la profesora. Lucía se limpia las migas y despide a sus compañeras con besos sonoros.
Corre hasta la calle. Llama un taxi. Tiene los minutos contados y debe llegar a tiempo pues no se quiere perder ninguna explicación acerca de cómo acabar el portamacetas. Entonces recuerda que no trae ninguna tapita de gaseosa. El taxi se detiene delante del primer kiosco.
Lucía pide diez Coca Colas light chiquitas. El empleado camina hacia la heladera. Lucía pasea su mirada por la colorida oferta de golosinas. “No me voy a tentar ahora”, piensa y sigue observando los caramelos Sugus, las gomitas de gelatina, los chocolates, los alfajores. “Igual a mí lo dulce no me gusta tanto”, se dice y sigue mirando. Va a pagar. Coloca el monedero sobre el pequeño mostrador y los ve. ¿Son sándwiches de jamón y queso? ¡Pebetes…! ¡Cuánto tiempo hace que no prueba un  buen pebete!  “¿Cuánto es?”, pregunta. “Diez y siete.” Lucía le extiende un billete de veinte pesos. “¿No tiene justo? ¿O dos pesos?” Lucía no tiene nada de cambio. “¿No quiere llevarse algo más? Una moneda de uno tengo. Llévese un sandwichito, ¿quiere? Salen dos pesos. Así le doy uno  de vuelto y listo.”
Lucía sube otra vez al taxi. En las tres cuadras que quedan hasta el Centro de Artes Aplicadas se traga el sándwich de jamón y queso.
Antes de entrar se limpia las comisuras de los labios y se pone un poco de rouge. A este lugar asisten mujeres muy finas, todas flacas elegantes que siempre van bien arregladas. Pero ella es la única que ya está terminando el macetero. Y lo bien que le está quedando.
Las dos horas del taller se pasan rapidísimo. Lucía sale apurada y baja por el ascensor. Corre una cuadra y toma el treinta y tres. “Ochenta”, pide y camina hacia el fondo del vehículo. Todos los asientos están ocupados. Se detiene delante de un muchacho que seguro va a bajar en la facultad. El chico saca una cajita blanca de su mochila. Cuando la abre, a Lucía la inunda el aroma de la humita.  ¡Mmmm! ¡Empanadas! ¿A quién le importan unas empanadas desabridas? Se da media vuelta y toca el timbre. Va a caminar las últimas cuadras.
El Ateneo cultural queda muy cerca de su casa. Lucía piensa un momento si no le convendría pasar un minuto para arreglarse un poco el pelo y para ir al baño. Pero no puede. Si se demora, va a llegar muy tarde.
Corre los últimos metros porque no quiere que le cierren la puerta en la nariz. En este Ateneo son muy puntuales. Se trata de gente súper respetuosa de los horarios de los demás. ¡Y los wichis vienen de tan lejos! ¿Cómo van a hacerlos esperar?
Llega justo. Detrás suyo echan dos vueltas de llave y un hombre muy atento le cobra la entrada y la ubica en la segunda fila. Sobre el escenario hay una mesa larga cubierta con un mantel blanco. Tres personas esperan para comenzar la charla. Dos hombres y una mujer. Se apagan las luces, chilla la acústica y cesan los murmullos. El hombre del medio golpea el micrófono con el dedo. Carraspea y dice buenas noches. “Antes de comenzar a explicar la diferencia entre la comida tradicional wichi y las papas fritas”,  dice, “queremos que cada uno de Uds. compruebe por sí mismo los efectos de una y otra.” Y la mujer se pone de pie y empieza  a repartir unas bandejitas que contienen por un lado un poco de guiso de quinoa, maíz y porotos, y unas cuatro o cinco papas fritas por el otro.
Lucía acepta la bandejita por no faltarle el respeto a la mujer wichi.  “¿La quinoa engordará?”, se pregunta intrigada. Y prueba un bocadito. Y después uno más.

Cuando llega a su casa, Lucía está agotada pero llena de nuevas sensaciones pues el día fue pletórico de aprendizajes.
Ani hace rato que la está esperando. Mueve su colita y salta sobre su ama. Lucía le dedica unas caricias escuetas y la perra corretea a su alrededor. Va de su plato hasta Lucía y de Lucía al plato.
- ¿Y otra vez? Ani, Ani. Sos una glotona.
La perra sigue moviendo la cola y hace algunas piruetas.
- Bue, - dice la mujer- yo también tengo un poco de hambre. – Abre la heladera.- Y más vale… hoy no comí casi nada. Sólo almorcé.
Saca  un churrasquito de lomo del cajón de la carne y lo pone a cocinar.
Ani se enloquece. Salta y salta delante de la cocina.
- Vení acá, - le grita Lucía  y le lanza otras siete piedritas de alimento balanceado. Después se sirve la carne en un plato y enciende el televisor.  Ya casi no le presta atención al  animal, que terminó su comida en dos segundos y sigue esperando recibir algo más. Se sienta en un banquito, se coloca el plato sobre la falda. Ani se recuesta a sus pies.
- Perra rechoncha.- le murmura y se lleva el primer bocado a la boca. Ani olfatea y refriega su panza por la alfombra. En el televisor suena la voz de una ecónoma, que explica cómo cocinar un peceto a la mostaza en el microondas. Lucía refunfuña. – Perra desagradecida.- escupe con rencor- Yo trato de cuidar tu silueta y vos, nada.- Corta con esmero su churrasco y se lleva otra porción a los labios. Una gota de jugo se resbala lentamente hacia la rodilla de la mujer. Recorre la piel blanca, se desliza por la pierna de Lucía. Ani la ve, la olfatea de lejos. – Si vos supieras lo que es pasar hambre de verdad. Me gustaría verte a vos en mi lugar. Ahí sí que la estarías sufriendo.- Ani se le acerca. Apenas sí menea su colita. Se relame. Sigue con la vista el recorrido de la gota, que huele tan bien. Lloriquea. La partícula de jugo camina por la pierna de su ama y llega hasta su tobillo, dejando una línea rojiza dibujada sutilmente en la piel de Lucía. Ani lo ve todo. Ani lo huele todo. Ani tiene hambre. Ani está harta de que la llamen “perra rechoncha”. Ani está cansada de las piedritas de alimento balanceado. Ani quiere comer un churrasco de carne verdadera, igual que Lucía. - ¿A vos te gustaría estar gorda? ¿Eh? ¿Te gustaría?-  Ani  mueve un poco más su cola. A Ani no le molestaría estar gorda si eso le asegurara algo más para comer. Ani ansía un pedazo del lomo humeante de su dueña. – Agradecida tendrías que estar. Porque al fin y al cabo vos comés. Miráme a mí. Nada. Yo no puedo comer nada.- Ani toma carrera. – Un churrasco miserable. ¿Eso es comida? ¿Eh? - Ani pega un salto, - Contestáme. ¿Eso es comida?- Ani se abalanza sobre su dueña y en un instante le clava los dientes en el tobillo. Justo ahí donde se depositó la gota sanguinolenta de jugo. Porque a Ani nada le gustaría más que ser gorda como su dueña. Ser gorda y poder comerse un churrasquito de lomo igual que ella.




martes, 16 de agosto de 2011

Templanza




Yo sé que si doy un rodeo, cruzo la calle y giro en la esquina, voy a evitar verme con el grupo de señores que se reúne frente a la remisería de la calle San Martín. Todos esos flacos, gordos, jóvenes y viejos que descansan su aburrimiento fumando en la calle, a la espera de algún viajecito que rellene sus bolsillos. En verdad, sé que ya ni me perciben, ni me notan, pero igual prefiero evitarlos. De cualquier forma. Porque soy yo la que los ve y eso alcanza.

Me parece que el hombre considera que no hay peor cosa para una mujer que no ser observada. No sé cómo será con las demás. Pero  creo que se trata de un razonamiento presuntuoso. A mí me importa muy poco que me vean. O en realidad, si voy a ser sincera, debería decir que prefiero eternamente que no me observen. No ser vista es, en mi caso, una aspiración por completo necesaria. Y como en un espejo, esa no mirada debería reflejarse y permitirme a mí el no ver, el andar por el mundo como un ciego, con su bastón blanco tanteando las imperfecciones del sendero.

Camino unos pasos más, mirando hacia abajo, siempre hacia  las piedras desparejas del suelo, las rojas, las grises, las amarillas, aquellas que son acanaladas o las que reúnen cantos rodados. Perpetuamente, los zapatos con las puntas gastadas, las colillas de los cigarrillos, la mugre de los perros.

Me entretengo contando las baldosas. Ya casi me sé de memoria cuántas me faltan para llegar a mi casa. Una serie de baldosones lisos y resbalosos, un pozo embarrado de la compañía telefónica, una vereda con cemento en la que algún gracioso estampó su rúbrica luego de dejar sus pies y sus manos marcados, en una burda parodia holliwoodense, otras cerámicas de un gris azulado con acanaladuras.  Salto sin gracia ni destreza un charco de agua sucia. Al mismo tiempo, otro infortunado acierta a pasar por el mismo pozo. Viene del lado contrario y está apurado. Se lo ve renegar por los desperfectos de la vereda. En el bolsillo de su camisa lleva bordada una M azul. Unas manchitas blancas, como lluvia de baba  recorren la letra de hilo.  Se las va restregando con la uña, obviamente se las quiere quitar, pero se le resisten. El hombre tiene dos preocupaciones y le son demasiado: las máculas del bolsillo y los pozos del suelo.

Y yo que no tengo éxito. Mi pie va a dar en el barro . El hombre también ensaya un salto poco preciso, casi igual al mío pero enfrentado y algo más gracioso. De poco le sirve su despliegue de elegancia pues igual resbala en un único y majestuoso desplazamiento que lo obliga a caer en el exacto  centímetro cuadrado donde ya se encuentra desde antes mi propio pie. Con una sola mirada nos comprendemos y nos disculpamos mutuamente. Retiro mi pie de debajo del suyo y continúo mi camino sacudiéndolo de tanto en tanto, con el disgusto prendido de la suela del zapato. Él se marcha más rápido. No le preocupa el pegote de sus suelas. Todavía está ensañado con las manchas blancas del bolsillo.

Arrastro el calzado sobre el pasto húmedo de rocío para quitarme algo del lodo y apuro un poco el paso. A mi lado cruza un grupo de personas a los gritos.  Ni los miro, me incomodan mis torpezas tanto como las de los otros, pero, insisto,  sobre todo me siento mal fuera de mi casa, en la amplitud de la calle, donde todo es un posible ámbito de sociabilidad y cortesía.

Recorro el único camino que conozco para huir de ese laberinto sinuoso que es la calle. Al salir de mi casa me inunda un vértigo resbaladizo que sólo logro superar cuando encuentro el sendero de regreso.

Por fin llego al 1899 de la calle Borges, lo anuncia grande el cartel de madera tallada que cuelga a la entrada. Ése es mi número. Entro en mi edificio. Sin levantar la vista saludo con un movimiento de la mano al sitio donde sé que está el portero, reunido con un par de vecinos. Trato de pasar desapercibida, de apurar el paso y llamo con insistencia el ascensor. Doy suaves pero repetidos golpecitos en el botón gastado y sucio, tamborileo los dedos sobre la superficie cerámica de la pared, muy despacio, y espero ansiosa el sonido áspero y tranquilizante del mecanismo del elevador. Cuento los segundos y rezo porque en la cabina no haya nadie, que ningún vecino aparezca inesperadamente por el hueco de la escalera, que no haya persona alguna que corra desde la entrada para alcanzar el ascensor.

Y mi pierna  se mueve con impaciencia en una inútil descarga de ansiedad. Y el tiempo parece un remolino que me envuelve y me agobia.  Y me siento una pelusa arrastrada por el aire, por el aliento de cualquiera. Y creo que de un segundo a otro llegará otra mota de polvo y se me adherirá e incluirá mi estructura, transformándome, deformándome. Y siento que este momento ya lo he vivido. Cada vez que salí de mi casa.  Cuando entro finalmente en el ascensor, todavía se dibuja en mis labios esa sonrisa entre formal y desesperada. La borro con cansancio y ahí me veo en el espejo. Un vistazo corto e inevitable. Enseguida bajo los ojos. Me abomino. Ya está. Ya engordé un poco más.



domingo, 14 de agosto de 2011



Al final, al Tata don Hugo lo velaron a cajón cerrado. No era lo que el muerto hubiera querido pero no les quedó más remedio. Entre todos organizaron una colecta y compraron el ataúd más costoso que había en la funeraria del pueblo.

Fueron varios los que trataron de cerrarle, aunque sea esta vez, los ojos al Tata. Pero no hubo caso.

Con delicadeza, apoyando sólo las yemas de los dedos sobre los párpados arrugados, los bajaban suavemente y con mucho respeto, hasta que se quedaran arrimaditos. No duraban mucho cerrados. Como si fueran de elástico, al soltarlos se abrían  con rapidez y quedaban enrollados, mostrando esas bolas blancuzcas surcadas por ríos diminutos y colorados.

Lo máximo que lograron después de mucho intentar, fue dejarle arrimado uno solo de los párpados. La cara blanca se  le torció entonces en una mueca hacia arriba. Al empleado de la empresa funeraria le pareció de muy mal gusto dejarlo de esa manera.  Y, como de cualquier modo el guiño era de por sí un gesto inapropiado para un muerto, prefirieron que quedara como antes.

Todos conocían muy bien al Tata, así con los ojazos tan abiertos escapándosele de la cara. Pero mirarlo ahora y verle esas bolas blancas y venosas, les hacía sentir un miedo puntiagudo e hiriente. Era como si esos ojos les estuvieran saqueando el alma. Eran como jeringas absorbiéndoles los sueños.

Estuvimos de acuerdo en que lo mejor era velarlo a cajón cerrado. Todos recordábamos bien sus cuentos y nadie quería que la historia se repitiera.

Lo apoyamos en la vieja silla de mimbre que usó toda la vida desde que llegó a San Antonio de Areco para oficiar de nochero en el Residencial de doña Elvira.

El patio de la pensión estaba más limpio que nunca. Las baldosas reflejaban el mundo en su añil reluciente. Había un olor desagradable, mezcla de lavandina y flores podridas. El calor salpicaba los techos con su mano de fuego.  Los vecinos iban pasando. Tocaban levemente el cajón, a manera de despedida. Los que habían crecido en San Antonio de Areco no querían ni acercarse al ataúd. Se distraían hablando de la lluvia que no llegaba y recordaban pequeños episodios relacionados con la vida del Tata.

El Tata don Hugo había sido un hombre enorme y cabezón, que usaba barba y bigote más por desidia que por gusto. Dicen los que alguna vez lo vieron caminar, que era medio rengo y que tenía un andar torcido.

El explicaba cada vez, que si arrastraba un poco la pierna y se lo veía chingado, no era, como muchos pensaban, porque le había pasado una carreta sobre el pie, sino porque  había  crecido en Chañar Ladeado, donde el viento soplaba con tanta fuerza, que todo terminaba inclinado.

Hoy en día los chicos ya no se creían las historias del Tata. Los cuentos del viejo les parecían una estupidez.

Al salir de la escuela, pasaban corriendo por la pensión y le gritaban: "Adiós, boludo".  Y don Hugo asomaba su cabezota por la puerta y los saludaba con la mano, sonriente y satisfecho, sin reconocer el epíteto, sino sólo su rima, porque como todos sabían, con los años, el nochero se había vuelto sordo y tenía los oídos tan cerrados como abiertos los ojos. Y así, resonaba en su recuerdo el saludo cordial de los pequeños: "Adiós,  o u o, adiós o u o, adiós, don Hugo...

Tiempo atrás, los niños le habían tenido mucho respeto a este sereno panzón y descuidado que desde su silla dominaba todo el patio.

En ese entonces, nadie podía creer que el Tata don Hugo jamás cerrara los ojos ni para pestañear. Todos pensaban que de noche, cuando no lo veían, se mandaba sus buenas siestas. Así que una vez, los chicos decidieron vigilarlo. Sin hacer ruido se fueron turnando en la guardia. Treparon la tapia del fondo y se escondieron detrás de la corona de novia. Uno tras otro fueron confirmando la hipótesis. Era verdad.  En toda la noche no había arrimado ni una sola vez los párpados.

En esa época, los pibes esperaban ansiosos los domingos. Iban con la familia entera a pasar las tardes al aire libre y al regresar, recibían el mayor premio de la semana. Mientras los adultos se bañaban, se arreglaban para la cena o escuchaban la radio, los chicos tenían permiso de correr hasta la pensión.

Se apuraban muchísimo y trataban de no faltar. A pesar de que siempre era la misma, no había nada como escuchar la historia de don Hugo.

Iban llegando uno a uno, se amontonaban alrededor del nochero y esperaban silenciosos y expectantes. Sólo se escuchaban los grillos.  El gato de la dueña de la pensión era lo único que se movía. Se restregaba, mimoso, contra las piernas quietas del Tata. Cuando era de noche, el viejo alzaba el gato y lo sentaba en su falda. Y entonces solamente se veían dos pares de ojos en la oscuridad, cuatro brillos iluminando ese auditorio nervioso.

Sabían que era el momento de afinar el oído porque el cuento iba a empezar. La voz del Tata salía gruesa y pausada. Era una voz distinta, terrosa y apagada. Era como un dolor que subía del suelo y lo trepaba. Le invadía las tripas y le explotaba en la boca, cuando contaba su historia.

El relato comenzaba con el Tata galopando sobre su mula, la Candelaria. Y entonces los oyentes lo veían más joven, más vital, paseando sobre su animal.

Era una visión absolutamente real: un campo de girasoles, una mula, un hombre disfrutando del viento y de la tibieza del sol. Después de andar algunas leguas, llegaba a un campo sembrado de menta. Nunca antes había visto tanta menta junta. La mirada se le hundía en la frescura  de ese verde interminable y mullido. Todo era verde. Y todos podían sentir entonces esa serenidad, el fresco aroma de la hierba. Hasta la saboreaban sobre la lengua.

El gato ronroneaba bajo las caricias del viejo. Los niños también descansaban en un adormecimiento, bajo el arrullo de sus palabras. Hasta ahí todo era placentero.

Y el Tata continuaba con su relato. De golpe, notaba que la Candelaria se había detenido. Miraba hacia adelante y no veía nada raro, así que empezaba a darle y darle con los tacos en la panza, cosa que siempre era efectiva cuando el caballo se le empacaba. Pero nada. No daba ni un paso más.

A pesar de que le dolía más a él que a ella, le daba un par de fustazos. Tampoco. Se bajaba y la tomaba de las riendas. Después de mucho tironear, la tozuda reiniciaba el camino.

La cosa era muy extraña. No había nadie por ahí. Ni un paisano, ni un pájaro, ni un animal, ni nada. Sólo kilómetros y kilómetros de menta. Y el bicho que andaba nervioso y a cada rato se volvía a empacar.

En el patio de la pensión todo era silencio. Hasta los grillos habían dejado de chillar. Doña Elvira se asomaba para confirmar que todo estuviera en orden. El Tata la saludaba con un grito que sacudía tanto como la historia y se acomodaba en la silla de mimbre. El gato se volvía a enrollar sobre sus rodillas. Los oyentes esperaban ansiosos. Sabían lo que seguía.

Después de curarle varios berrinches al animal, el Tata empezaba a sentirse acompañado. Miraba para el costado y ahicito nomás la veía, al ladito suyo, una dama blanquísima y muy flaca caminando en el aire. Las manos, como alitas, los cabellos claros como nunca los había visto antes y los pies descalzos que no se apoyaban en la tierra.

El Tata le hablaba pero ella no respondía. Lo acompañaba hasta que la plantación de menta se terminaba. Todo el tiempo lo miraba y él la miraba a ella, como enamorado. Tenía unos ojos transparentes y fríos que le lastimaban la piel. Esos ojos  lo traspasaban y le dolían. Era como si lo estuvieran vaciando lentamente. Como si le estuvieran quitando el interior en una tripa finita e interminable.

Nadie sabía  si el Tata le apretaba la cola al gato o si el animal  entendía lo que se estaba diciendo, pero lo cierto es que justo en esa parte, daba un maullido agudo y sonoro y saltaba espantado.

Con las manos en la cara los chicos escuchaban el final. Ese final que era como una confirmación, una certeza.

El Tata sabía que la dama blanca le estaba robando algo. La veía ovillar el largo hilo finito que le salía de adentro. Imperturbable, silenciosamente, hacía engordar el ovillo entre sus dedos delicados. Y el Tata se daba cuenta, pero estaba enredado en el hilo y no podía zafarse. Pronto ya no quedó nada. La dama enganchó la puntita del hilo en el ovillo y se marchó discreta, sin despedirse, llevándose la bola de hilo en las manos. Y el Tata la vio alejarse, la vio llevarse su hilo, la vio desaparecer con su sueño, con su letargo, con su sopor, con sus inacabables ansias de dormir, de descansar la vista, de cerrar los ojos. Y la vida se le transformó desde allí y para siempre en una interminable sucesión de días y de noches, en un devenir de sucesos y palabras, de hechos y de noticias, de nacimientos y de muertes y ya nada tuvo para él un verdadero significado, más que el saber que sólo había una realidad, un solo futuro. Una sola labor tenía sentido en su vida. Y todo estuvo claro para él. No hubo desde entonces otra alternativa.  Si no podía dormir, debía ser nochero.

















domingo, 24 de abril de 2011

III. Humildad

Suena el timbre. Con desgano me acerco a la puerta y espío por la mirilla. Veo un mameluco azul. Es el encargado. Trae la correspondencia. Tiene un par de sobres en cada mano. ¿Pero por qué no la tirará por debajo de la puerta en lugar de venir a charlarme? ¿Por qué se empeñará en conversar conmigo si yo ya le di muestras más que elocuentes de antipatía? Sabe a la perfección que lo estoy observando. Me sonríe mostrándome la pulcritud de sus dientes y se abanica los pelos de la frente con mi carta. Ya la veo. Pero igual me demoro. ¿Qué tengo que hacer? ¿Me desentiendo y espero hasta que se vaya? No. No me queda más remedio. Abro la puerta. El portero me extiende el sobre blanco ornado con rayitas amarillas y rojas. Mientras tomo la carta, el hombre pizpea hacia adentro, hurga entre mis muebles, huele mis esencias, desempolva los objetos de mi casa con la vista, respira mi aire, pisa mi parquet. Yo reconozco la letra de un vistazo y él también.

-De su prima,- agrega con una especie de burla simpática, dando un paso hacia adelante -la que vive en la tierra del Generalísimo. No la eché por debajo para que no se le arruinara. Yo sé que Ud. la estaba esperando.- Se llena los pulmones de mi ambiente y me lo devuelve con un solo resoplido.- Esto me recuerda algo. Es igual que mi tío Hugo. Él siempre estaba impaciente, esperando quién sabe qué y mirando con los ojos bien abiertos a ver si venía el cartero con la bolsa llena. Un fenómeno, el Tata don Hugo, se sabía un montón de historias, pero había una en particular que me encantaba. ¡Si la habré escuchado allá por sus pagos! ¡Qué épocas aquellas! Era una buena historia. Tengo un ratito, ¿no quiere que se la cuente?

Casi con espanto niego moviendo la cabeza, pienso que ya tengo suficientes relatos en mi interior, que no necesito ninguno más. Y con un gracias en verdad desagradable, escueto y seco, vuelvo a elevar la mirada, guardo más que rápido el sobre en un bolsillo de mi pantalón y, empujando al encargado sin ninguna delicadeza, cierro la puerta y le doy dos vueltas a la llave.

Aunque ya no me importa demasiado, sin saber muy bien por qué, vuelvo a mirar por la mirilla. El portero sigue parado delante de mi puerta. Despliega su cara de sorpresa, se inclina hacia adelante y espía por la cerradura. Pero no llega a ver demasiado porque enseguida tapo el hueco con la palma de mi mano. Quién sabe qué pensaría si llegara a ver lo que me sucederá después. ¿Lo entendería? ¿Se apartaría con horror? ¿O le resultaría algo digno de comentar en la mesa del bar Santa Paula, con los notables del edificio? No voy a saberlo y en verdad, no me interesa para nada.

Querida Cristina:

¿Cómo estás, primita? Yo ando un poco desesperada y aburrida, porque ya hace un par de días que estoy sola.

Mi galleguito y su mamá se fueron de viaje y me dejaron a cargo de los pisos y de los dos pichichos odiosos de mi suegra: Darling y Honney.

Y ahora estoy al borde del colapso, primero porque me enfurece que mi cuchicuchi se vaya con su mamita en vez de con su esposa, qué se le va a hacer. Ya conocés a mi suegra. Bastante te conté de ella, ¿no? Y resulta que ahora quería hablar a solas con su hijito. ¿Pero era necesario elegir un crucero de dos meses para charlar? ¿Cuántas cosas le tiene que decir la vieja bruja esa, eh? ¿Cuántos años de secretos tiene escondidos para que la conversación dure tanto tiempo? ¿Es que acaso se trata de una familia tan misteriosa, che?

Sin embargo, eso no es lo peor. Porque, ¡no sabés lo que me pasó! Primero me descuidé un poquito y Darling me meó la moquete azul del living, lo cual ya me puso súper furiosa. Sin pensarlo dos veces, les chanté las correas a los perros y los llevé a la rastra hasta la calle, para que terminaran de hacer lo suyo.

Salimos caminando lo más bien. Aproveché para sacar plata de un cajero, compré unas manzanas, y, a las pocas cuadras, me paré en una vidriera que tenía unas cortinitas de encaje que eran un primor. ¡Te hubieran encantado, con rositas rococó bordadas! Estuve un rato larguísimo mirándolas, sin saber si entrar o si no. Después de mucho me decidí, até los perros en el poste de la luz y me metí en el negocio.

Al final no compré nada, porque era todo carísimo, pero ¡no sabés!. Cuando salí, me faltaban los perros. Y yo me puse como loca. Sabía que si los perdía, mi suegra me mataba y el galleguito se me divorciaba. Aunque no sé cómo un tipo puede divorciarse de una muerta, pero en fin.

Empecé a gritar y a gesticular y a mover todo mi cuerpo como si me hubiera agarrado un ataque de epilepsia. Para qué te voy a mentir: la gente se apartaba, bastante asustada, porque yo parecía una loca histérica, pero tenía motivos fundados para ponerme así, ¿no? ¿Vos me entendés?

Los dueños del negocio salieron a ver qué pasaba y se dieron cuenta de que se les empezaba a amontonar la gente delante del local. Y como todo este asunto era muy confuso, deben de haber pensado que les iba a jugar en contra. Propaganda negativa, ¿viste? Entonces, primero me recomendaron que me tranquilizara, que hiciera cartelitos para pegar en los postes y en las vidrieras. Pero después, viendo que yo no me movía de ahí adelante y que la gente seguía cada vez más amontonada en una apretujada rosquilla de curiosos, me terminaron entregando un paquete con las cortinas de encaje que tanto me habían gustado. "Cortesía de la casa", dijeron y me empujaron amablemente hasta la otra cuadra.

¡No sabés qué lindas quedaron las cortinitas en mi cocina! Ojalá pudieras viajar a visitarme, así las verías con tus propios ojos. ¡Te extraño tanto! En fin, la cuestión es que tomé la recomendación del tendero y confeccioné unos carteles hermosos, con florcitas en los bordes y letra de molde: SE HAN PERDIDO DARLING Y HONNEY. VALOR AFECTIVO. HAY RECOMPENSA. Dibujé los perritos lo mejor que pude, y empapelé la ciudad con la nota. Si hubiera estado mi suegra acá no hubiera tenido necesidad de dibujar, porque ella tiene miles de fotos de los pichichos en su departamento. Sobre la mesa, sobre la cómoda, colgadas en la pared… Tiene más fotos de los perros que de su propio hijo. Y ni que hablar de su nuera. Mía no tiene ni una. Yo creo que si se encontrara con alguna, me recortaría sin pensarlo dos veces para sacarme de su vida.

Pero bueno, te decía que si hubiera estado mi suegra o si ella me hubiera dejado llave la llave de su depto (no me la quiere dar porque dice que es demasiada responsabilidad para mí, ¿viste?), no hubiera tenido que ingeniármelas con el dibujo. Aunque, pensándolo bien, si mi suegra estuviera acá, no se hubieran perdido los perros y no hubieran hecho falta las fotos. ¿¡Qué sé yo!?

Al principio no pasó nada. Nadie los había visto y yo cada vez más nerviosa. Parecía que se habían evaporado literalmente. Pero a la semana sonó el teléfono. Yo rogaba que no fuera mi suegra (siempre me hace ponerle el tubo a los perros para escuchar cómo respiran, mientras ella les habla y les habla. ¡La de boludeces que les dirá a los bichos! ¡Imagináte!). Por suerte no era mi suegra, era una voz de hombre. "¿Sí?", pregunté yo. El tipo hizo un silencio, se quedó escuchando, pero al ratito se animó: "¿Hablo con la casa del Darlín y del Jonéy?"

¡No sabés qué alivio tenerlos otra vez en la casa! Aunque no me creas, estuve feliz de verlos. ¡Si hasta parecían angelitos, todos apachurrados! Los tendrías que haber visto. Estaban muy bonitos. Ahora ya los mataría de vuelta sin piedad, si no fuera por mi suegra y por el cuchicuchi.

Al final, ni bien me devolvieron los perros, tuve que recorrer otra vez toda la ciudad para sacar cada uno de los papelitos que había pegado. ¡No sea cosa que mi suegra se entere de que los perdí!

Bueno, querida, por favor, escribíme para contarme cómo andan tus asuntos. ¿La salud? ¿Todavía estás engordando? No me digas que aún tenés que seguir arrastrando tus preciosos ojos celestes por el suelo. ¡Es inhumano! ¡Así nunca vas a conseguir un marido, che!

Respondéme cuanto antes. No soporto no tener noticias tuyas. Te extraño mucho,

Laura

Dejo la carta abierta sobre la mesa del comedor. Tengo sed y la jarra de cristal tallado me lo recuerda. La observo. Me reflejo en ella, deformada y gruesa como un genio dentro de su botella. Tomo un vaso de la alacena y me sirvo. Pongo un compacto en el estéreo del living, como al pasar espío por la mirilla. Compruebo aliviada que el portero ya se retiró, ya no está ahí. Camino hasta mi habitación, despacio, sintiendo la presión de mis pasos en el suelo. Y me arrojo en la cama. No me detengo a quitarme los zapatos. Sólo me dejo caer sobre la tibieza del colchón. El elástico se queja y chilla y se acomoda. Después de beberme toda el agua, hago rodar el vaso húmedo y frío por la piel de mi abdomen, hacia un lado y hacia el otro, lo paseo por mis pechos, desciendo y rodeo el ombligo, llevo el vidrio a un costado y al otro de mi cuerpo. Contrastan la tibieza de mi espalda con la frialdad que el vaso le regala a mi vientre.

Trato de no pensar en nada. Me abandono a las sensaciones, a los sentidos. Una ronda de arpas, pianos, flautas y trombones se acerca melodiosa, seductora, y me toca despacito. Me va recorriendo de a poco, me acaricia. Ocupa los lugares que ya dejó libre la frescura de mi vaso y se instala. De pronto, percibo mi cuerpo como ajeno, como una inmensa sobra desproporcionada. Me siento un envase descartable, el envoltorio de una golosina, un cuaderno completamente escrito. Mi cuerpo ya no me pertenece. Abro los brazos y las piernas formando una estrella y así me quedo. Muy quieta. Silenciosa. Escuchando nada más.

Entonces, por el vano de la puerta de calle se cuela una sombra oscura, insignificante, miserable. Es como una hilacha negra que trepa desde abajo, por el agujero del ascensor. Se arrastra lenta sobre el parquet, desacomoda las alfombras indígenas. Se estira y se amontona una y otra vez hasta arribar al cuarto.

Al llegar allí, repta un poco más y sube a la cama. Se cuela por las cobijas. Encuentra un mínimo resquicio en el hueco de la almohada. Ahí descansa un instante y cuando está recuperada, cubre suavemente mi cuerpo. Acompaña delicada el abrazo de la melodía. Empieza por el dedo gordo del pie y me va recorriendo de a poco. Las piernas, el vientre, los pechos, los brazos, la cara. Como una caricia provocativa va llegando a cada célula de mi piel, la penetra y la habita.

Cuando me levanto, me siento más pesada, más gorda, mil veces más redonda y rolliza. En el baño me lavo la cara. Evito una vez más mirarme al espejo. No lo soporto porque sé que en la imagen no sólo voy a verme a mí misma, distinta, menos glamorosa de lo que me quisiera recordar. También van a estar allí los otros, los que se me adhieren con sus historias y sus cuentos. Los que quieren ser liberados de una vez por todas y aún no lo logran.

Todo se tiñe de golpe con el índigo de la oscuridad. Me seco con la toalla una y otra vez. Me raspo con las uñas y dejo mi piel enrojecida, como si así pudiera quitarme de encima el peso enorme de saber tantos relatos.

sábado, 23 de abril de 2011

II. Pureza


Contaba mi madre que, cuando quedó embarazada, el médico le hizo muy mal los cálculos y pronosticó el alumbramiento para dos meses antes de la fecha en la que en verdad nací. Por esos tiempos no existían las ecografías ni los monitoreos, ni ninguno de estos métodos sofisticados y modernos que, mágicamente, entregan al paciente y a su doctor, medidas exactas, fechas precisas y datos absolutamente claros, contundentes y definitivos sobre el desarrollo de la gestación.

No quedó otro remedio. Mi familia debía esperar. Y cada cual soportaba la demora a su manera. Las abuelas establecían infinitas competencias tejiendo los más variados escarpines en hilo amarillo. Los zapatitos de tamaños más diversos- manufacturados en punto arroz, punto atrás, Santa Clara y crochet -, uno más bonito que el otro, ya llenaban cinco canastos primorosamente forrados en papel de seda. Mamá los perfumaba cada tarde con apenas dos gotas de colonia de bebé. Y gracias a esa acción sencilla, casi ceremoniosa y cargada de amor, se tranquilizaba un poco. Quién sabe. Se imaginaría los piecitos de su bebé con tanto calzado amontonado. ¿Vendrían los pies de su niño con

todos los dedos bien puestos? Las mamás siempre les cuentan los dedos a sus hijos cuando nacen. Diez en las manos y diez en los pies. Y después de comprobar que las cantidades estén correctas, se quedan satisfechas. ¿Por qué será?

A su vez, las tías compraban a diario la batita de linón que auguraría el parto. Llegaban con su regalo por las tardes, ansiosas por ser ellas las que anunciaran a los demás parientes el momento exacto del alumbramiento.

Los hombres, mi papá, los tíos y los abuelos, se reunían en la vereda de mi casa para fumar esos abanos apestosos que incomodaban a las mujeres hasta las náuseas. No hablaban de mi futuro nacimiento ni de las posibles contracciones de mi mamá. Ellos sólo conversaban sobre los resultados del campeonato de fútbol. Nada más que eso, porque los temas políticos los enemistaban. Y ellos lo sabían muy bien.

Así, mi madre vio crecer a la par el ajuar de su bebé y el tamaño de su vientre, que llegó a tener medidas descomunales. Al final, la suya terminó siendo una panza inmensa, redonda, terriblemente inflada, que no le cabía en ninguna parte y que le dificultaba cualquier tipo de movilidad propia, individual o acompañada.

La pobre ya no podía entrar al auto ni subir al colectivo, con lo cual aún cuando faltaba un mes para que llegara la fecha prevista para el parto, empezaron a notar que la única manera de arribar al hospital cuando llegara el momento, sería caminando. Para ese entonces, ella se sentía muy incómoda y mi padre no cabía más dentro de la cama, con lo cual las relaciones maritales habían comenzado a aguarse de a poco. Estaba escrito: cuando finalmente nací, mi padre y mi madre hacía semanas que no se podían ni ver. No se soportaban más. Pero no se separaron. No. No quedaba bien.

Entonces, continuaba el relato de mi madre, cuando estaba a punto de parir, de pronto, todo se

tiñó de un blanco azulado y ella sintió un vahído suave y mullido, que le entibiaba el cuerpo, como si la estuvieran acunando, y se le presentó un ángel y me colocó con dulzura sobre su pecho. Ella lo recordó siempre como un momento mágico y luminoso y olvidó pronto los dolores de las contracciones y la desesperación del pujar. Hablaba de su parto con gran convicción y con inmenso entusiasmo. Al hacerlo, levantaba mucho la voz, movía sus brazos enérgicamente y se sacudía en una especie de descoordinado escalofrío de emoción.

La familia escuchaba arrobada sus relatos. Siempre había sido así. Mi mamá tenía talento para contar historias. Y ésta era una de sus preferidas. De tanto en tanto, elevaba los ojos al cielo y se dejaba convencer de la veracidad de los sucesos casi sin tener duda alguna. Claro que cada cual se hacía su propia imagen del asunto. Algunos llegaron a asustarse y quisieron llevarme de inmediato a la iglesia, porque lejos de creer que se trataba de una cuestión mágica o de un acto casi religioso, me encuadraban más bien en el marco de una demoníaca hija de Satán y deseaban limpiar mi alma cuanto antes. Fueron éstos los parientes que compraron botellitas de agua bendita y rociaron con ella mi cuna en un casero intento de exorcismo, pero con tanta mala suerte, que algunas de las gotas (que más que de agua bendita resultaron ser de agua oxigenada) cayeron dentro de mis ojos, dejándome momentáneamente obnubilada.

Estas gentes no leyeron en mi ceguera transitoria otra cosa que una señal divina de desaprobación y simplemente se sentaron a esperar que cayera un rayo, se desmoronaran las columnas de la entrada del hospital o que la partera comenzara de pronto a escupir bilis y demás asquerosidades diabólicas.

Sin embargo, existía otra rama de la familia que era algo más luminosa, más puramente mística.

Se trataba de un mínimo grupo de tías abuelas y algunas de sus hijas solteronas, que, mientras acariciaban rítmicamente sus crucifijos, le pedían a mi padre que escribiera de inmediato al Vaticano para que me canonizaran en vida. Las opiniones estaban muy encontradas y las discusiones eran muchas. Pero lo cierto es que la cuestión de mi nacimiento dio lugar a un ramillete de habladurías. Muchos dijeron entonces que yo iba a morir muy joven. O, en su defecto, que mi vida iba a ser memorable. La única que no abrió la boca en todo ese tiempo fue Anita, mi abuela materna. Nadie supo nunca si su silencio era efecto de los sorprendentes relatos de su hija, si era causado por la emoción de tener frente suyo a su primera nieta o si era porque ella era la única que sabía que mi madre, con los nervios, se había bebido cinco vasitos del aquavit de mi padre.

Por lo pronto, yo no recuerdo tantas cosas de mi infancia. Sí sé que al principio me mantuvieron muy protegida. No me quedó del todo claro (las dudas siempre inundaron mi pasado) si me cuidaban con tanto esmero para que no me muriese en forma prematura o si me resguardaban como una joya valiosa que en algún momento podía llegar a dar sus buenos dividendos.

Lo que siempre permanece muy firme en mi memoria es la presencia de mi prima Laura. No puedo pensar en mi infancia sin acordarme de ella.

Cuando chicas, mi prima y yo éramos tan unidas que por las noches, para que no nos separaran, nos dormíamos muy juntas, abrazadas y ocultas entre las plantas tupidas del jardín de la casa de mi otra abuela, Bedstemor, la dinamarquesa. Todos llamábamos a esta casa, la Casa Grande.

En realidad era una vivienda pequeña, de madera, pero estaba situada en el medio de un jardín enorme, que pertenecía a la Iglesia Danesa. Y cuando nos acostábamos en el suelo, nos pasaban por arriba las gallinas, borrachas de tanto alboroto. Pero nosotras hacíamos fuerza y cerrábamos los ojos arrugándolos un poco y nos arrimábamos la una a la otra para no sentir lo que ocurría a nuestro

alrededor y para escaparle al miedo a la oscuridad. Allí, en esos momentos, comenzaba yo un murmullo diminuto, que sólo Laura lograba escuchar. Le contaba historias que quién sabe de dónde me llegaban. Cuentos de hadas y de duendes y de enanos que nos tranquilizaban a las dos hasta que apareciera el hombrecito de la bolsa de arena, y nos echara en los ojos el polvo mágico para dormir.

Simular que estábamos dormidas, o a veces también dormirnos de verdad, eran ideas infalibles. Nuestros padres se compadecían de nosotras, tan tiernitas y tan acurrucadas, y nos aupaban hasta el cuarto de la abuela Bedstemor, donde ya estaba preparada la camita con las sábanas bordadas de niño.

A la mañana, muy temprano, el abuelo Erik hacía sonar su cencerro -herencia de su pasado tambero-, anunciando la hora del desayuno. Nosotras nos poníamos en pie de un salto y nos vestíamos con la ropa al revés y los zapatos cambiados. Todas las veces era la misma historia. La abuela nos conminaba a acomodarnos la ropa, el abuelo le decía que estábamos bien vestidas, ella le mostraba las costuras y las etiquetas, señalándolas con sus largos dedos flacos y él protestaba que eran visiones de vieja. La abuela decía que el vapor de la leche hervida le había empañado los lentes y caminaba rápido hasta llegar al baño. Ahí, se ponía a llorar a los gritos.

Falso intento de resguardar esa decencia engañosa que tenía prisionera a mi abuela. Nosotras, por lo pronto, no le prestábamos ninguna atención. Nos robábamos los pancitos tibios y corríamos al jardín a alimentar con ellos a las gallinas y a lamer las tapas de las botellas de cerveza, que se iban amontonando como tesoros olvidados en una esquina del galpón.

Recién mucho tiempo después, cuando ya éramos un poco más grandes, nos empezó a molestar esa forma tan brusca, tan escandinava de levantarnos, sin un mimo ni una palabra cariñosa. Igualmente, y siguiendo la tradición familiar, nunca dijimos nada al respecto. Las cosas eran como eran y jamás iban a cambiar.

Mi prima y yo teníamos casi la misma edad, igual altura, idéntico tamaño. Ella era muy muy rubia y yo, muy muy morena. Como el positivo y el negativo de una misma única fotografía. Y proyectábamos juntas un futuro glamoroso en el que ella luciría una larga y sedosa melena oscura y yo, una igualmente larga y sedosa cabellera de oro. Y es que, a pesar de todo, nos profesábamos una envidia suave, cariñosa, inofensiva. Fue esa envidia dulzona, empalagosa, sazonada con la dosis justa del afecto, la que nos unió de por vida.

En la Casa Grande, el hogar de mis abuelos daneses, se organizaban dos o tres veces al año enormes comilonas en las que se reunía toda la familia alrededor de una larguísima mesa tendida con manteles azules de linón. En estos ágapes descomunales se mezclaban de manera armoniosa y pródiga las carnes asadas a la argentina, los postres daneses de manzana y pan rallado y las desbordantes tortas austríacas.

Durante la comida, el bullicio despabilaba a las aves, que revoloteaban y piaban haciendo mucho más ruido que las voces y las risas de la familia. Las gallinas caminaban por entre las piernas de los comensales, picoteando las migajas que caían al suelo. Por un sencillo motivo de organización mobiliaria, se sentaba a los niños a un lado, en una mesa más baja; los delgados se ubicaban donde querían, pues podían utilizar las enclenques sillas de paja del siglo pasado. Y los rellenitos y los deliberadamente gordos, quedaban recluidos, obligados a sentarse a un costado, sobre el sólido banco fabricado especialmente para que sus voluminosas posaderas no perforaran las más que antiguas y costosas varitas de mimbre de las igualmente antiguas y costosas sillas de mis abuelos. Las reliquias familiares eran cuidadas con devoción sagrada. Mi tía Angelita –esposa del tío Sven-, siempre tan servicial y considerada, pasaba a cada rato por las mesas con la excusa de ofrecer a todos sus novedosas ensaladas. Se detenía un instante detrás de cada comensal y, mientras le lanzaba una

cucharada de verduras en el plato, le observaba el trasero con relativo disimulo y efectuaba en su cabeza dificilísimas ecuaciones de física cuántica, en las que promediaba el peso y el volumen con la variable gravitacional y las nóminas de resistencia del material contenedor. El resultado de tan elevadas operaciones matemáticas era prontamente visible y determinaba la permanencia del comensal en su sitio. Más de uno era gentilmente conminado a cambiarse de lugar y, como consecuencia de este exilio obligatorio, era invitado a ponerse a régimen cuanto antes.

Al promediar la tarde, los hombres timbeaban y reían a carcajadas como malevos entonados. Las mujeres disimulaban la exaltación beódica de sus maridos, recluídas en la cocina, lavando, secando y guardando los platos y los cubiertos. Y los chicos corríamos impune y descontroladamente por el inmenso jardín de robles gigantescos y de bellas plantas con flor.

Había rosas de todos los colores y de todos los tamaños. Cada vez que la abuela recibía el anuncio de un nuevo nieto, plantaba otro rosal. Y luego, cuando el bebé nacía, ambos, niño y rosa, recibían el mismo nombre. Mi rosal era uno de la variedad Robusta. Era de un carmesí oscuro que llegaba en el centro de sus pétalos casi hasta el negro. El de Laura era un Schneewittchen extremadamente blanco. Igual que su piel.

A Laura y a mí nos rodeaba un gran clan familiar, con un manojo de primos compinches, que se divertía en las fiestas robando Coca-Colas en el depósito del vecino almacenero y jugando interminables manchas escondidas. Nosotras nos convertíamos en las burbujas de esas gaseosas, siempre flotando de aquí para allá, en nuestro propio mundo, un poco ajenas a las travesuras de los otros, tal vez porque éramos las más pequeñas.

Al anochecer, antes de comenzar con la trampa del sueño, visitábamos furtivamente la cocina de la abuela. Nos subíamos del banquito a la mesa de mármol blanco y desde allí, tomábamos sin

permiso los frascos de conserva vacíos de la alacena prohibida y nos lanzábamos como aventureras intrépidas a cazar bichitos de luz. Era un trabajo meticuloso, porque debíamos estar muy atentas y quietecitas. Y cuando alguno de los bichos desprevenidos se acercaba hasta nosotras, raudas y presurosas lo rodeábamos con el frasco translúcido y le estampábamos urgentemente el nylon y la bandita elástica. Al final, con un escarbadientes agujereábamos el plástico para que le entrara al pobre prisionero algo de aire fresco.

Luego, nos quedábamos dormidas viendo cómo las diminutas lámparas de las colitas se iban apagando, poco a poco, en un silencioso concierto de colores fosforescentes.

Por la mañana, cuando nos despertaba el abuelo con su festivo campaneo, casi siempre los bichitos estaban muertos y entonces improvisábamos cortas ceremonias mortuorias. Envolvíamos los diminutos cadáveres en hojas de parra, cavábamos un pozo con las uñas y le clavábamos una pequeña cruz muy rudimentaria hecha con palitos de helado.

Quizás sea por culpa de nuestra caza inclemente que ya casi no existen más los bichitos de luz. Y tal vez sea ésa la razón por la que mi prima Laura vive ahora tan lejos, al otro lado del mar, rodeada de gentes que hablan con otras eses y otras zetas y se acusan de tú y se ríen de chistes que a nosotros no siempre nos hacen tanta gracia.