sábado, 16 de junio de 2012

¡Ups!




-¡Prudence y la reputísima madre que te remilparió!- le espetó Amador frunciendo la cara por completo.

Prudence, dicho así en francés, la pintaba tal cual era. Rubia y alta. Sus manos eran fuertes pero estaban finamente trabajadas, con las uñas de un rosadito suave y el perfume de la crema Hinds adherido en la piel.
Amador, en cambio, era  bajo y gordito, llevaba siempre encima su traje azul de licenciado en relaciones públicas y su corbata fucsia. El reloj de oro puro lo ayudaba a lucir distinguido. Pero nada igualaba al ir acompañado de Prudence.
Se habían conocido hacía varios años en una misa privada, en el Convento de las Hermanas Adoratrices. Los dos eran voluntarios de esa institución y se veían a menudo en los encuentros, las reuniones y hasta en los retiros espirituales.
No tardaron en ponerse de novios. Amador estaba muy entusiasmado. Nunca antes había tenido una novia tan linda. Y tan virtuosa.

Al año de estar juntos, Amador empezó a pedirle a Prudence, pruebas de su cariño. Pero ella le respondió muy rápidamente, que ya Sor Umbelina se lo había anticipado. Quedaba claro que algo así le podía llegar a suceder. Y la monja había sido categórica: su obligación era llevar intactas al matrimonio sus prendas virginales.
Al principio, esta respuesta cubrió los sueños de Amador con una guirnalda de ternura infinita. Ellos ya no eran chicos desde hacía mucho y el hombre creyó entonces, que había llegado el momento de casarse.
Pero Prudence desestimó ese deseo. Dijo que había demasiado que preparar y que una boda no era una cosa que sucediera todos los dias. Ella le iba a avisar cuando estuviera lista. Y él esperó así, tan tranquilo.

Sin embargo, a los ocho meses y medio, a Amador le empezaron a entrar unas ganas profundísimas de tener sexo con su novia. No sabía cómo abordarla. Así que comenzó a llevarla a confiterías oscuras y sugerentes, que estuvieran cerca de hoteles transitorios.
Prudence no notó nada extraño hasta que un día, como por casualidad, dos dedos de Amador tocaron su rodilla.
-iUps!- dijo el hombre, percibiendo al instante la cara de disgusto de su novia y guardó de inmediato la mano en el bolsillo. La expresión de Prudence fue tan definitiva, que la siguiente estocada tuvo lugar recién cuatro meses más tarde.
Se estaban despidiendo en el zaguán de la casa de la novia, cuando Amador, que aparentemente le ayudaba a acomodarse la bufanda, le apoyó la mano en una teta.
El contacto duró sólo un segundo, pero alcanzó para que Prudence rompiera a llorar con tanto escándalo, que todas las luces del barrio se fueron encendiendo como luminarias de árbol navideño.
Amador se limitó a decir un “¡Ups!” bajito y arrepentido y no volvió a intentar ninguna aproximación con parte alguna del cuerpo de su novia sin tener de antemano su consentimiento expreso. Pero si se dedicó con mayor fervor a acelerar los trámites para arribar a la noche de bodas, la cual llegó casi un año después del último intento fallido.

El casamiento se celebró con todos los lujos. Cientos de invitados arribaron a la iglesia con sus vestidos de gala. Los murmullos y las risas se terminaron cuando el coro comenzó a entonar “Un beso y una flor”, de Nino Bravo. Las puertas de la iglesia se abrieron de par en par y allí estaba Prudence, radiante con su vestido blanco y su ramito de rosas rococó.
Amador esperaba junto al cura. No le quitó los ojos de encima ni un momento y, cuando la novia llegó junto a él, le tomó la mano con ternura y le dio un suave beso en la mejilla.
-       Estás divina- le murmuró al oído.
Después pasó lo de siempre. El cura dio su sermón, hizo las preguntas de rutina,
se pusieron los anillos, se besaron y salieron felices y contentos, caminando rapidito y sin torpezarse.


Pasada la fiesta de bodas, se fueron a un hotel muy lujoso en el centro de la ciudad. Amador se desnudó apurado y se metió en la cama. Las sábanas de seda no lograron enfriar el calor de su cuerpo. Estaba tan ansioso por tener a su esposa entre las manos, que la piel se le había puesto roja por completo. Todo en él estaba tenso.
Entonces la súbita presencia de Prudence, con su ropa interior de encaje blanco, sus medias con portaligas y su desabillé transparente se le ofreció como una ilusión. Una nube de perfume precedió su llegada a la cama.
La mano de uñas pulidas giró la manijita del velador para que la luz se atenuara. Recostándose en las sábanas suaves, con una voz grave y sensual le susurró a su marido:
-Vamos despacito, ¿sí?
Amador siguió obediente el pedido de su esposa. Con la punta de sus dedos acarició los cabellos rubios, poco a poco. Su boca se arrimó lentamente a los labios maquillados. Por primera vez, su lengua conoció esa cara, descubrió el sabor de esa piel tan blanca, transitó ese cuello fragante. Amador corrió con los dientes el corpiño de encaje y le dio un mordisco al pezón carmesí, mientras su mano derecha descendía deseosa de sumergirse en la selva de ese pubis tibio, reconfortante, nuevecito.

- ¡Prudence y la reputísima madre que te remilparió!- le espetó Amador frunciendo su cara por completo.
Sentada en la cama, Prudence lo miraba con los ojos muy abiertos. El corpiño le tapaba uno solo de los pechos, el desabillé le colgaba de un hombro y entre sus piernas descansaba, como haciéndose el muertito, su miembro viril y virgen.