-¡Prudence y la reputísima madre que te remilparió!-
le espetó Amador frunciendo la cara por completo.
Prudence, dicho así en francés, la pintaba tal cual
era. Rubia y alta. Sus manos eran fuertes pero estaban finamente trabajadas,
con las uñas de un rosadito suave y el perfume de la crema Hinds adherido en la
piel.
Amador, en cambio, era bajo y gordito, llevaba siempre encima su traje azul de
licenciado en relaciones públicas y su corbata fucsia. El reloj de oro puro lo
ayudaba a lucir distinguido. Pero nada igualaba al ir acompañado de Prudence.
Se habían conocido hacía varios años en una misa
privada, en el Convento de las Hermanas Adoratrices. Los dos eran voluntarios
de esa institución y se veían a menudo en los encuentros, las reuniones y hasta
en los retiros espirituales.
No tardaron en ponerse de novios. Amador estaba muy
entusiasmado. Nunca antes había tenido una novia tan linda. Y tan virtuosa.
Al año de estar juntos, Amador empezó a pedirle a Prudence,
pruebas de su cariño. Pero ella le respondió muy rápidamente, que ya Sor
Umbelina se lo había anticipado. Quedaba claro que algo así le podía llegar a
suceder. Y la monja había sido categórica: su obligación era llevar intactas al
matrimonio sus prendas virginales.
Al principio, esta respuesta cubrió los sueños de
Amador con una guirnalda de ternura infinita. Ellos ya no eran chicos desde
hacía mucho y el hombre creyó entonces, que había llegado el momento de
casarse.
Pero Prudence desestimó ese deseo. Dijo que había
demasiado que preparar y que una boda no era una cosa que sucediera todos los
dias. Ella le iba a avisar cuando estuviera lista. Y él esperó así, tan
tranquilo.
Sin embargo, a los ocho meses y medio, a Amador le
empezaron a entrar unas ganas profundísimas de tener sexo con su novia. No
sabía cómo abordarla. Así que comenzó a llevarla a confiterías oscuras y
sugerentes, que estuvieran cerca de hoteles transitorios.
Prudence no notó nada extraño hasta que un día, como
por casualidad, dos dedos de Amador tocaron su rodilla.
-iUps!- dijo el hombre, percibiendo al instante la
cara de disgusto de su novia y guardó de inmediato la mano en el bolsillo. La
expresión de Prudence fue tan definitiva, que la siguiente estocada tuvo lugar
recién cuatro meses más tarde.
Se estaban despidiendo en el zaguán de la casa de la
novia, cuando Amador, que aparentemente le ayudaba a acomodarse la bufanda, le
apoyó la mano en una teta.
El contacto duró sólo un segundo, pero alcanzó para
que Prudence rompiera a llorar con tanto escándalo, que todas las luces del
barrio se fueron encendiendo como luminarias de árbol navideño.
Amador se limitó a decir un “¡Ups!” bajito y
arrepentido y no volvió a intentar ninguna aproximación con parte alguna del
cuerpo de su novia sin tener de antemano su consentimiento expreso. Pero si se
dedicó con mayor fervor a acelerar los trámites para arribar a la noche de
bodas, la cual llegó casi un año después del último intento fallido.
El casamiento se celebró con todos los lujos. Cientos
de invitados arribaron a la iglesia con sus vestidos de gala. Los murmullos y
las risas se terminaron cuando el coro comenzó a entonar “Un beso y una flor”,
de Nino Bravo. Las puertas de la iglesia se abrieron de par en par y allí
estaba Prudence, radiante con su vestido blanco y su ramito de rosas rococó.
Amador esperaba junto al cura. No le quitó los ojos de
encima ni un momento y, cuando la novia llegó junto a él, le tomó la mano con
ternura y le dio un suave beso en la mejilla.
-
Estás
divina- le murmuró al oído.
Después pasó lo de siempre. El cura dio su sermón,
hizo las preguntas de rutina,
se pusieron los anillos, se besaron y salieron felices
y contentos, caminando rapidito y sin torpezarse.
Pasada la fiesta de bodas, se fueron a un hotel muy
lujoso en el centro de la ciudad. Amador se desnudó apurado y se metió en la
cama. Las sábanas de seda no lograron enfriar el calor de su cuerpo. Estaba tan
ansioso por tener a su esposa entre las manos, que la piel se le había puesto
roja por completo. Todo en él estaba tenso.
Entonces la súbita presencia de Prudence, con su ropa
interior de encaje blanco, sus medias con portaligas y su desabillé
transparente se le ofreció como una ilusión. Una nube de perfume precedió su
llegada a la cama.
La mano de uñas pulidas giró la manijita del velador
para que la luz se atenuara. Recostándose en las sábanas suaves, con una voz
grave y sensual le susurró a su marido:
-Vamos despacito, ¿sí?
Amador
siguió obediente el pedido de su esposa. Con la punta de sus dedos acarició los
cabellos rubios, poco a poco. Su boca se arrimó lentamente a los labios
maquillados. Por primera vez, su lengua conoció esa cara, descubrió el sabor de
esa piel tan blanca, transitó ese cuello fragante. Amador corrió con los
dientes el corpiño de encaje y le dio un mordisco al pezón carmesí, mientras su
mano derecha descendía deseosa de sumergirse en la selva de ese pubis tibio,
reconfortante, nuevecito.
- ¡Prudence y la reputísima madre que te remilparió!-
le espetó Amador frunciendo su cara por completo.
Sentada en la cama, Prudence lo miraba con los ojos
muy abiertos. El corpiño le tapaba uno solo de los pechos, el desabillé le
colgaba de un hombro y entre sus piernas descansaba, como haciéndose el
muertito, su miembro viril y virgen.