viernes, 25 de septiembre de 2015

El eterno minuto de la muerte



                                                                                                           



                                                                                                           El eterno minuto de la muerte

Afuera hay un movimiento indefinido. Decenas y decenas pueblan la plaza, agitan las banderas, gritan, aplauden. Perón le habla al pueblo en este día del trabajador y una parte suya querría estar ahí.
—Vine apenas me avisó el Pollo —dice ella—. Ya estoy acá. —Y mira que la máscara de oxígeno esté bien colocada y que los paños sobre la frente no chorreen y que a su padre lo cubra bien la sábana—. Ya estoy acá.
Compañeros, arenga el general, hace veintiún años que en este mismo balcón, y con un día luminoso como el de hoy, hablé por última vez a los trabajadores argentinos. El padre no puede abrir los ojos, no puede hablar, no sabe bien qué está pasando. Pero la siente. Su hija vino después de tanto tiempo. Por fin, ella está ahí. ¿Pasaron tres años? ¿Cuatro? Los ruidos de la calle trepan por las paredes del sanatorio como babosas negras, como espectros oscuros. Se entrometen, se filtran por las hendijas de la ventana y lo pegotean todo. Se le escurren a ella en la cabeza y la distraen de la pena de estar ahí sola, al lado de su padre enfermo. Fue entonces cuando les recomendé que ajustasen sus organizaciones, porque llegaban días difíciles.  Afuera se oye un gran revuelo. Los dos lo escuchan. Y no me equivoqué, pese a esos estúpidos que gritan. Y en ella se pelean las ganas de estar en la plaza y la angustia de este cuarto, de este encierro triste, de esta pena de no poder conversar con su papá una vez más. Él está adormecido y la fiebre lo confunde. Ella le cambia el paño de la frente y sigue, como distraída, los cantos de la calle. ¡Qué pasa, qué pasa, general, está lleno de gorilas el gobierno popular!  Y él está pero no está, siente y no siente. Cree saber que su hija está con él y le crece el deseo de abrazarla, de darle las gracias, de decirle tantas cosas: que se equivocó, que siguen sin gustarle esos tipos con los que anda pero que se le hizo eterno el tiempo sin ella. Que el día que apareció en la casa con Fernando, él supo inmediatamente que ese hombre no era bueno, se dio cuenta enseguida de que la iba a llevar por un camino peligroso, que le iba a meter ideas raras en la cabeza, que iba a tratar de echarla a perder. Y ahora quisiera decirle que la preocupación no lo dejó tranquilo en todos esos años. Que la extrañó, que la quiere tanto. Y hoy resulta que algunos imberbes pretenden tener más mérito que los que durante veinte años lucharon. Afuera sigue el bullicio de la muchedumbre y, como escondida entre la gente, está la voz del general. Y entonces ella toca apenas con dos dedos la mano de su padre y la siente fría. Y piensa que estuvo tan equivocada. No debería haberlo dejado solo.  ¡Qué egoísta! ¿En qué estaba pensando? ¿Cuáles habían sido sus ideales? ¿Esta lucha que ahora ya no sabe si es la suya? ¿Por eso se había ido, por la lucha? Por eso y por Fernando. ¡Tanto tiempo sin saber nada de su padre! ¿Cómo había podido? ¿Cómo pudo? ¡Qué pasa, qué pasa, general, está lleno de gorilas el gobierno popular!  Y ahora todo parece ridículamente inútil y él está ahí, con ese cáncer maldito recorriéndole el cuerpo y ella, sin saber qué hacer, porque lo quiere, vos sabés papá que yo te quiero, ¿no? Por eso, compañeros, quiero rendir homenaje a esas organizaciones que han visto caer a sus dirigentes asesinados. Ya no sé si te lo dije alguna vez, papá. Te quiero mucho. Y fui tan estúpida. ¡Qué pasa, qué pasa, qué pasa, general, está lleno de gorilas el gobierno popular! ¡Montoneros, montoneros, montoneros!  El padre siente los dedos de su hija y quisiera tocarla. Quisiera devolverle la caricia. Quisiera tenerla otra vez entre los brazos, como cuando ella era una chiquita y él, un hombrón fuerte y bigotudo, y bailaban juntos al compás de Fred Astair. Si solo pudieran bailar una vez más. Y ahora resulta que, después de veinte años, hay algunos que todavía no están conformes. Él piensa que lo ocurrido es una espina en su memoria. Ojalá no se hubiera ofuscado tanto aquel día. Ojalá no se hubiera puesto tan firme. Ojalá hubiera sido más comprensivo, más compañero, menos cabrón. Ojalá hubiera podido guiarla con mayor sabiduría. Ojalá le hubiera dicho que la quería.  Decir te quiero no es sinónimo de blandura, ahora se da cuenta. ¡Conformes, conformes, conformes, general, conformes los gorilas, el pueblo va a luchar! Abrazarla en un baile y decirle que la quiere. No es un acto banal. Si la tiene ahí sentada, con la preocupación del bullicio de ahí afuera pinchándole las sienes y con esas manos chiquitas tocándole los dedos. Cheek to cheek. Ojalá pudiera bailar Cheek to cheek una vez más. Por eso, compañeros, si los malvados no cejan, hemos de hacer.  La respiración del padre se agita y ella se preocupa. Le gustaría poder aliviarle los dolores y la incomodidad y la tristeza de estos años que pasaron en su ausencia. Y le encantaría decirle que ya está, que ya pasó, que no importa que él la echara de la casa, que le gritara montonera de mierda. Ahora le encantaría volver el tiempo atrás, regresar a los días en los que eran solo ellos dos en el mundo. ¡Conformes, conformes, general, conformes los gorilas, el pueblo va a luchar! ¡Aserrín, aserrán, es el pueblo el que se va!  Y le toma la mano y la siente tan helada. Y ve que se está azulando poco a poco el brazo de su padre. Y lo acaricia con dulzura y percibe el frío que crece. Y las lágrimas le ruedan silenciosas. Y ve en el cuerpo enfermo la lucha entre la vida y la muerte. Ve la pelea entre la fiebre de las ansias y la frialdad de los últimos momentos. Y traga pena y piensa te quiero papá, vos lo sabés. Compañeros, lleven a toda la clase trabajadora argentina el agradecimiento del gobierno. Y ya no importa nada del afuera. ¿Ya no importa nada?  Cheek to cheek, él se va a levantar de la cama y va a alzar a su hija por el aire y va a girar y le va a decir te quiero mucho. Como nunca antes le salió. Te quiero mucho, hijita mía. Tequieromuchohijitamía. Y heaven, i´m in heaven. ¡Conformes, conformes, conformes, general, conformes los gorilas, el pueblo va a luchar!  I´m in heaven and my heart beats so that I can hardly speak. ¡Aserrín, aserrán, es el pueblo el que se va! I´m in heaven and my heart beats so that I can hardly speak. Compañeros, puedo asegurarles que los días venideros serán para la reconstrucción nacional y la liberación del pueblo argentino. Ya no importa, no. Ella le toma la mano con firmeza. No te mueras, papá. No te mueras todavía.  ¡Conformes, conformes, conformes, general, conformes los gorilas, el pueblo va a luchar! ¡Aserrín, aserrán, es el pueblo el que se va! Y girar y girar y bailar y bailar. Y abrazarla y decirle que la quiere. I´m in heaven and my heart beats so that. Será para la reconstrucción del país y en esa tarea está empeñado el gobierno. Y el pasado que no importa. Y ella que le sostiene la mano, la aprieta, la calienta. Estoy con vos, papá. ¡Conformes, conformes, conformes, general, conformes los gorilas, el pueblo va a luchar! ¡Aserrín, aserrán, es el pueblo el que se va!  Y ese ruido inmundo que la toca desde afuera y le zumba en los oídos como un mosquito pendenciero. Y el frío, que va ganando la batalla, que crece en el cuerpo recostado del hombre enfermo de cáncer. Y, entonces, el aire se atora en los pulmones lastimados. Y la hija le aprieta la mano con tanta fuerza que le duelen los dedos. Papá, estoy acá. Sabés que te acompaño. Será también para la liberación del colonialismo y de estos infiltrados que trabajan de adentro, revolotea el insecto. Y el hombre se sacude. Si pudiera decirle que la extrañó. Si pudiera abrazarla y bailar con ella. Piensa que tararea Cheek to cheek. I´m in heaven. I´m in heaven. Si solo pudiera decirle que la quiere. Con una vez estaría bien. Por lo menos, una vez. ¡Aserrín, aserrán, es el pueblo el que se va! I´m in heaven. Y él no puede respirar. El aire está detenido en su garganta. Se ahoga. ¡Aserrín, aserrán, es el pueblo el que se va! Estoy acá. Te sostengo la mano. ¿Me sentís? Estoy acá. Queremos un pueblo sano, satisfecho, sin odios, sin divisiones inútiles. Heaven, heaven, heaven. I´m in heaven. En su mente baila y baila y baila. Y abraza a su hija y le susurra que la quiere. And my heart beats so that I can hardly speak. Sabe que está soñando y tose dormido. Tose. Tose y se ahoga. ¡Aserrín, aserrán, es el pueblo el que se va! ¡Aserrín, aserrán, es el pueblo el que se va! Tose. Tose un ahogo seco. Heaven, heaven. ¡Aserrín, aserrán, es el pueblo el que se va! Tose y abre los ojos muy grandes. Son ojos transparentes. Son ojos ciegos. ¿Son los ojos de la muerte? Para finalizar, compañeros, les deseo la mayor fortuna y espero poder verlos de nuevo en esta plaza el diecisiete de octubre. Y el hombre tose una última vez. Y se le incrusta el anhelo en la garganta. Y el aire es una bola inmunda que se detiene en su pecho. Heaven heaven heaven. Y la boca permanece seca, abierta en un ahogo, en ese grito profundo y mudo que es la imposibilidad de decir finalmente lo que tiene atragantado.










lunes, 31 de agosto de 2015

Crema de menta




Juro que nadie podia imaginar que las cosas iban a terminar como acabaron.
         Yo iba con retraso. Había salido tarde, el colectivo tardó una eternidad y se me rompió un taco. Me apuré muchísimo en las últimas cuadras. Parecía que cuanto más corría, más rápido andaban los segundos en la carrera del reloj. Llegué con el sudor resbalándome por la frente, por la nariz, por el cuello. Habíamos quedado en encontrarnos en la esquina de Forest y Avenida de los Incas. Yo no la había visto nunca personalmente, así que traté de reconocerla por las fotos que encontré en la computadora de él. Ahí estaba.
         De inmediato nos estrechamos las manos. En realidad, apenas nos tocamos con los dedos. Estábamos un poco incómodas. Muy incómodas. Me ubiqué en una silla frente a ella. Levanté las cejas para llamar a un camarero que andaba por ahí. La mujer estaba coqueteando con un helado de naranja. Pedí una crema de menta. No sé por qué, si a mí no me gusta la menta.
         La observé en silencio. Su piel era de una tonalidad rojiza. Era imposible apartar la mirada de sus ojos. No eran ni el color ni la forma lo que llamaba la atención. Lo sorprendente en esos ojos era el odio. La mujer estaba repleta de ira. Me aborrecía, no cabía ninguna duda.
         Yo no sabía qué decir. Pensaba que este encuentro era una simple formalidad. No quería estar ahí, eso era seguro. Solo tenía que esperar a que ella moviera las piezas de su juego y después ya podría mandarme a mudar. Era cuestión de tiempo, nada más. Unos segundos, varios minutos. Y listo.
         El helado de naranja se derretía lentamente. Ella jugaba con la cucharita y me miraba con esos ojos. Yo trataba de pensar que todo esto era un sueño, una pesadilla que no se terminaba nunca.
         —¿Qué era lo que me tenías que decir? —le pregunté impaciente. El silencio colgó un rato larguísimo de esa cuerda invisible que tenía sujetos nuestros destinos. Ella sonrió apenas y tomó su cartera y estuvo revolviéndola incansablemente. Primero pensé que no encontraba alguna cosa. Pero no, el problema era que no terminaba de decidirse. Sus ojos se clavaban en mis mejillas como alfileres de plata. Y su boca temblaba en una sonrisa leve.
         Yo le hice un gesto al camarero y busqué mi billetera.
         Entonces, la mujer por fin estuvo lista y, sin sacar la mano de su bolso, me disparó.
         La sorpresa me impactó más fuerte que la bala y mi tiempo se terminó de golpe. 

Quedaron sobre la mesa el helado de naranja y la crema de menta.