sábado, 1 de enero de 2011

Las cerámicas

Plic, plic, plac. Amalia Vega es flaca. Muy flaca. Sus brazos son flacos, su cara es flaca. Su cuerpo es flaco. Los pechos le cuelgan como dos lágrimas apagadas. Y el pelo negro le cae para atrás en una trenza larga, única.
Si no te tomás la sopa, va a venir el hombre de la bolsa y te va a llevar.
Amalia se hamaca en la mecedora del living. Observa. Mira. Sólo mira y al final se queda muy quieta. Recuerda la época en que la llenaban de recomendaciones. Amalita esto, Amalita aquello, Amalita lo de más allá. Y Amalita obedecía. Obedecía y hacía silencio, porque lo principal, lo más importante, era callarse, no hacer ruido, pasar en puntitas de pie por el largo pasillo de la vida.
En aquel tiempo, Laura, la vecinita de enfrente, venía a jugar con ella. Plic, plac. Pero ya al rato la cosa se ponía aburrida porque la chica sólo se entretenía persiguiendo hormigas con el dedo. Se enroscaba en el piso del patio y hurgaba entre las plantas del cantero. De nada servían la muñeca nueva, ni la soga, ni el elástico. A Laura sólo le interesaban los bichos que se paseaban en una larga procesión. La chica estaba atenta, concentrada. Y su dedo esperaba el momento justo. Antes de llegar al hormiguero, la vecinita aplastaba uno tras otro los insectos y se los llevaba a la boca con deleite. Plac.
Amalita, dormíte de una vez que si no viene el cuco y te come.
Amalia Vega es miedosa. De nacimiento. Plic. Y su madre nunca hizo nada para evitarlo. Nada de nada. Al contrario. Se encargó de regar, año tras año, esa semilla de temor que Amalia lleva dentro.
Con muchísimo esmero convirtió el grano en una enredadera imponente que Amalia ya no puede podar. No. Ya no. Ahora no. Porque la madre murió y se llevó las tijeras.

Amalia tiene miedo. Una vez más Amalia tiene miedo. Piensa. Se acuerda. Qué habrá sido de la vida de Laura. Amalia se esfuerza por ocupar el tiempo pensando. Piensa, medita, recuerda. Soñar no, porque no está bien soñar. Soñar es para los tontos. Soñar es para los raros. Plic, plac. Para los rebeldes. Los papás de Laurita soñaban mucho y así les fue. ¿Vos querés terminar como los papás de Laurita? ¿Eh? ¡Dejá de soñar, no seás boba, ¿querés?! ¿O acaso vas a esperar a que te chupen como a ellos? ¿Eh? Decíme, ¿vos querés que te chupen como a los papás de Laurita?
Porque de un día para el otro, los papás de Laurita ya no estuvieron más. Y es que algo habrán hecho, ¿no? ¿Y acaso vos querés terminar igual? ¡Hacéme el favor!

Plic, plic, plac. Hay alguien espiando, piensa Amalia. Piensa en los papás de Laurita. Algo habrán hecho. Pero, ¿qué? Amalia piensa. Sólo hace eso y todo se le queda ahí arriba, en la cabeza. Amontonado. De tanto pensar y pensar y pensar. Plic, Amalia detiene la mecedora para escuchar mejor. Nada. No salgas a la calle que están las gitanas que roban chicos. Amalia se levanta y cierra la puerta de entrada con todos los cerrojos. Ahí están las gitanas y su mamá y Laurita y los papás que algo habrán hecho. Pero ella nada. Ella sólo piensa. Soñar no. Plac. Porque soñar no es bueno. No está bien. Y tampoco es bueno hamacarse mucho tiempo. Porque los recuerdos vienen y van y crece el miedo. Mamá lo decía una y otra vez en la plaza, cuando ya era tiempo de volver a casa. Porque recordar es un poco como soñar. Plic, plac. Y entonces Amalia enciende todas las luces. Porque después de todo, ¿qué habrá sido de Laurita sin sus papás? ¿Seguirá persiguiendo hormigas? Plic. Amalia camina hasta la habitación del fondo. Ahí se está mejor. Ahí es más seguro. Plac. Ahí es más lindo. En ese cuarto está guardado todo lo que le sirve para espantar el pánico: la arcilla, las estecas, el horno. Pero qué hará Laurita ahora. Qué. Plic. El médico le dijo que el mejor remedio contra el temor es hacer algo que a uno le guste. Y a ella siempre le gustó la cerámica.

Plic, plic, plac. Otra vez. Otra vez. Otra vez. ¿Quién anda? Recorre de un vistazo las piezas de arcilla. Ahí está su primera horneada. Diez estatuitas.
Sonríe con orgullo.

No. Bellas Artes no estudiás. La escuela queda muy lejos y con los terroristas que andan sueltos... Además, ¿para qué? ¿Para hacerte famosa y que después te rapten por algunos pesos? Estás loca.
Su madre no estaría orgullosa de sus cerámicas, ¿o sí? Plic.
Al fin y al cabo, ella casi ni sale de su casa. Y eso está bien. Lo necesario. Sólo sale lo necesario. Para ir al médico. A hacer los mandados. Nada. Sólo eso. Porque afuera están los que te chupan, piensa Amalia. Porque a los papás de Laurita los chuparon afuera de su casa. O eso cree ella. O eso creen todos. O eso creen todos que piensan los otros.

Plac. Y entonces, mejor quedarse adentro, sin tanto gitano. Sin tanto hombre de la bolsa. Sin todos esos que algo habrán hecho. Plic. Si en casa se está bien. Si ella sólo piensa y modela figuritas. Nada más. No sueña ni nada.
Plic, plic, plac. Alguien hay ahí. Sí, hay alguien. ¿Cómo se le pudieron meter en la casa? Está todo cerrado. Amalia Vega no entiende y se esconde en la habitación del fondo. Le da dos vueltas a la llave y la oculta en el horno. Plic, plac. Los papás de Laurita, ¿se habrán encerrado para que no los chuparan? Y ahora, ¿qué será de la vida de Laurita? ¿Qué será de ella?
Plic, plic, plac. No puede ser. ¿Quién está ahí? ¿Quién está? ¿Hay alguien? No puede ser. ¡No puede ser! Dicen que te esperan en tu casa. Se esconden y te esperan. Así les pasó a los papás de Laurita. No era que los chupaban afuera. No. Plic. Te esperan en tu casa. Escondidos. Donde menos te imaginás. Y en el momento menos pensado, ¡zap! Es así. Lo decían en la televisión. Plac. Después te llevan y te torturan hasta que confesás. Pero, qué puede confesar Amalia? No, ellos no son. Si Amalia ni sueña. Sólo piensa. Y eso no está tan mal. Su mamá dijo que pensar se podía. Eso no es malo. No.
Esos no son. Plic. Ni los gitanos, ni los hombres de la bolsa. No. Ni los cucos, está claro. Porque los cucos son niñerías. Los cucos ya no existen. Plic. Y los que te torturan tampoco son. Seguro que no. Porque, ¿para qué la van a querer a Amalia? ¿Eh? Si Amalia sólo pienso un poco. Y muy de tanto en tanto. Cada vez menos. ¿Eh? ¿Quiénes son entonces? Plac.
Amalia toma una por una las cerámicas con los guantes de amianto y construye con ellas un círculo en el piso. Plic, plic, plac. Trata de pensar en otra cosa. O de no pensar. Plic. Trata de olvidarse de sus miedos. Trata de olvidarse de Laurita, y de los papás que algo habrán hecho y de los gitanos y de los cucos y de todo. Plic, plic. En las estatuitas. Se obliga a pensar en las estatuitas. Y nada más. Plac. Porque las estatuitas son las únicas que la pueden salvar del miedo. Plic. Imposible. Plic, plic. ¿Pero quién es? ¿Quién está haciendo ese ruido? Plic. ¿Eh? ¿Eh? ¿Qué quieren de ella? Plac. Se sienta en el centro de la ronda. ¿Por qué la están espiando? Plic. ¿Quién está ahí? Plic, plic. Siente una opresión en el pecho. ¿Quién es? ¿Quién está? Plic, plic, plac. ¿QUIÉN ES? Aprieta los ojos con fuerza. ¿Por qué la persiguen a ella. Plic, plic, plac. Abre los ojos. Plic. Mira. Plac. Mira y un dolor le apuñala el hombro izquierdo. Plac. El pecho se le contrae todavía más. Plic, plic. Le falta el aire. Plic. Se ahoga. Plac. Cierra los ojos y se ahoga. Plic. Se ahoga. Plic. Se ahoga. Plac. Se ahoga para siempre. Plic. Plic, plic, plac.
Plic.
Plic.
Plac.
Plic.
Plic.
Y van a pasar varios días antes de que las cerámicas horneadas se acostumbren al frío de la casa y dejen de chillar. Plac.