jueves, 20 de junio de 2013

Encuentros


I

Hay una carta encima de la cama. La mentira se escapa de las líneas del correo. Se chorrea como una baba negra, inmunda. Resbala sobre el lecho, cae al suelo, se arrastra, se desparrama, se esparce. Deja todo pringoso y hediondo. Ensucia los cuartos, los ennegrece, los afea.
De pronto, se levanta en una recta vertical. Se moldea, se modela. Engorda el busto, achica la cintura, tornea unas piernas de escultura griega.
Camina sinuosa. Abre la alacena, se prepara un café. Se calza los tacos y avanza con descaro, omnipotente.
La mentira ahora duerme en la casa.

II

Suena el timbre largamente, con violencia. El pesado cubo de enojo casi no pasa por la puerta. Es un enojo con mayúsculas.
Por fin, entra girando sobre sus caras cuadradas y en cada giro, cae rechoncho al suelo y levanta atronadores nubarrones de polvo oscuro.
La mentira mira al enojo con sorpresa. No hay motivo para armar tanto bochinche.
Discuten la mentira y el enojo. Se trenzan en una pelea infinita, ruidosa, grave. El cubo se planta con firmeza: de ahí no se va a mover.
Entonces, la mentira se derrite en alabanzas y lisonjas y se vuelve  cháchara, un cheche chirle, chocarrero y chupador. Se arrastra otra vez babosa y negra y resbala por encima del enojo y gotea con sus brazos lujuriosos y engulle de un bocado el cubo inmenso.

III

Apenas un golpe: toc. La indiferencia llega con su alambre tejido para ponerle coto a la mentira. La rodea, la cubre, la encarcela. Y así, finita y casi transparente, mira para otro lado.  En silencio. No hay nada que decir.
El duelo dura poco. La mentira se hace un agua oscura y se escurre por los cuadraditos de la malla metálica. Se escapa sin problema y se burla, se divierte. 
Se va la indiferencia como vino. En puntitas de pie, sin hacer ruido.

IV

Y llega ella. La verdad es la dueña de la casa. Mete la llave en la cerradura y da dos vueltas. El portón se abre sin chistar. La brisa entra en los cuartos, los ventila. Los airea. Sacude el polvo ennegrecido.
Al principio, la mentira habilidosa se esconde detrás de unos sillones. La delata un goterón de baba inmunda sobre el respaldo carmesí de la poltrona.
La verdad toma a la argucia por los pelos. La sacude sin piedad hasta marearla. Y la deja tiradita como el vómito que es. Un montoncito insignificante, hediondo y deformado.
Entonces busca el balde y las escobas. Y echa lavandina en el agua de cristal. Y baldea con ella los pisos y barre la mentira hasta la calle. Y ahí la deja. Hecha un bollito. Para que se la lleve algún incauto. O para que desaparezca solitaria como vino.


lunes, 20 de mayo de 2013

Plaza Francia


El sol penetra los árboles de encaje, dibuja promiscuas líneas de colores. La tarde está fresca. Unas hojitas tímidas juegan al caleidoscopio y llegan agotadas hasta el suelo.

En la vereda de enfrente,  las gentes se amontonan en los puestos de la feria. Otro mundo se escribe en esa plaza. Las personas habitan hasta el más mínimo detalle. Los permisos
  y los gracias brillan por su ausencia.
Los rojos y los verdes, los azules, los marrones, los negros, los violetas se molestan los unos a los otros: se entrecruzan, se chocan, se separan. Y el desorden se dispersa en las esquinas.

Por encima cae la lluvia de un buen jazz. Las corcheas, las redondas y las blancas se insinúan y se tocan. Se acarician. Se persiguen y se esconden y se encuentran.

Y las gentes de a montones las ignoran, como ignoran el romance del sol y de los árboles.

En la compra está el furor de ese domingo. ¡Que los objetos se terminan y se cae la tarde!

martes, 16 de abril de 2013

La idea





   Cortázar estornuda.
   Mete el índice en su nariz, hurga, encuentra y tira un poco. Con dos dedos extrae, cuidadosamente, una idea. Es apenas una chispa, una sospecha. Es una idea pequeñita, verdosa, algo deforme.
   El escritor la observa en silencio y redacta: “Un hombre vendía  gritos y palabras”. Se detiene y piensa. Piensa. Piensa y piensa. Da vueltas la idea verdosa entre los dedos.
   Cortázar la observa. “Un hombre vendía gritos y palabras”, repite y aplasta un poco la bolita que es la idea. La amasa casi distraído. “Y le iba bien”, se dice y lo escribe. “Un hombre vendía gritos y palabras, y le iba bien”. La bolita de idea ya está tibia, Cortázar la toquetea suavemente, la amasa. Con la otra mano, se rasca la cabeza, se acomoda los pelos de la nuca, abre el primer botón de su camisa.
   Vuelve a tomar la lapicera. La idea sigue entre los dedos, inquieta y rechonchita.
   A Cortázar le pica la nariz. “No puede ser”, protesta. Y estornuda un estornudo fuerte, bien fuerte, poderoso.
   El escritor se recupera despacito y mira el papel que tiene enfrente. “Un hombre vendía una tía en dificultades”, lee. “¡No! ¡Ahoga no!”, dice en su idioma de erres aplastadas. Se golpea suave la frente con la palma de la mano y ahí la ve. Es otra idea. Tan verdosa y tan deforme como la primera. Una idea inoportuna, pero una idea al fin.
   La toma con la punta de los dedos. No quiere calentarla. No todavía.
   Camina con pasos apurados hasta la cocina. En un tris, abre la heladera y saca una fuente repleta de bolitas. Parece un plato de profiteroles de espinaca.
   Con los dedos de la mano izquierda aparta un poco unas bolitas y le hace lugar a la nueva idea. Mete el plato en la heladera y la cierra de un portazo. Se suena los mocos en el baño, se lava las manos y vuelve a su escritorio.
   Toma la lapicera. Cierra los ojos. Piensa: “Un hombre vendía gritos y palabras, y le iba bien, aunque encontraba mucha gente que discutía los precios y solicitaba des....


viernes, 29 de marzo de 2013

Cuento de Pascua



                           A la memoria de Monika Junker


Es la posguerra en Holanda. La nieve todavía cubre algunas zonas del bosque. El frío de las contiendas envuelve  a  la gente. Pero la primavera está comenzando y es domingo de Pascua.
En el desayuno, la familia comparte el calor del té y unas tostadas de pan viejo. Los chicos se sacuden como mariposas: ya es hora de ir en busca de la Liebre. Los padres demoran la salida en el silencio más tormentoso.
Y llega el momento esperado. Los chiquitos se envuelven en gabanes y bufandas.  Rodean a su padre en una ronda inquieta y divertida, y salen de la casa.
El camino hasta el bosque es una procesión de risas y de cantos.
Los primeros árboles esperan impacientes. Debajo, las matas de arbustos tratan de sacudirse la modorra del invierno. Y todavía más abajo, en un agujerito abierto en la nieve, un capullo rojo se estira con esfuerzo.
El padre señala las alturas en silencio. Un pajarito se acerca con sus trinos. Las miradas de los chicos persiguen un instante el vuelo zigzagueante. Y de pronto, ¡qué maravilla! Al borde del camino, sobre unas hojas aplastadas, yace brillante un huevo marroncito y pecoso.
- ¡La liebre estuvo acá! ¡La liebre estuvo acá!- Gritan los chicos  y le entregan la ofrenda a su papá. Él mete el huevo en el bolsillo y todos continúan corriendo y buscando.
Entonces, el papá muestra con su dedo el camino de un caracol, que arrastra su casita y deja por detrás su baba inmunda. Los pequeños se inclinan hasta el suelo, observan los cuernitos, la cola áspera, los colores opacos del caparazón.
Y al levantarse, ¡encuentran otro hermoso huevo marrón y pecoso! Saltando lo toman en sus manos y lo entregan al padre con cuidado.
Andan otro trecho y uno de los niños grita:
- ¡Yo vi la Liebre! ¡Yo vi la Liebre! ¡Pasó por allá! ¡Vengan! ¡Yo vi la Liebre!
Todos corren detrás del visionario y buscan entre los troncos y las ramas cargadas de pereza. Ahí no hay nada.
Algo desilusionados por el desencuentro, regresan al camino y entonces descubren con inmensa alegría un tercer huevo reluciente y pecoso, que es guardado con cuidado en el bolsillo del padre.
Al final, emprenden cansados el regreso. Los cantos y las carreras se atenúan poco a poco. Pero la felicidad es enorme. ¡La Liebre les dejó tres maravillosos huevos! ¡Tres huevos! ¡Tres huevos en estas épocas grises de pobreza y desamparo! ¡Tres: uno para cada uno!
Llegan a la casa y le cuentan las andanzas a la madre. Desordenados, alegres y nerviosos se prenden de su delantal y superponen sus voces y sus risas y sus gritos.
La mamá mira a su esposo con intriga. Los ojos grandes, las cejas levantadas, la boca un poco abierta. ¿Tres huevos? ¿Cómo es posible? ¿Es un milagro?
Sin decir palabra, el hombre espera. Los chicos salen a jugar y él saca del bolsillo el huevo único, brillante, marroncito y pecoso.
Ya se le ocurrirá algo a la hora de la cena.


Marzo de 2002