Yo sé que si doy un rodeo, cruzo la calle y giro en la esquina, voy a evitar verme con el grupo de señores que se reúne frente a la remisería de la calle San Martín. Todos esos flacos, gordos, jóvenes y viejos que descansan su aburrimiento fumando en la calle, a la espera de algún viajecito que rellene sus bolsillos. En verdad, sé que ya ni me perciben, ni me notan, pero igual prefiero evitarlos. De cualquier forma. Porque soy yo la que los ve y eso alcanza.
Me parece que el hombre considera que no hay peor cosa para una mujer que no ser observada. No sé cómo será con las demás. Pero creo que se trata de un razonamiento presuntuoso. A mí me importa muy poco que me vean. O en realidad, si voy a ser sincera, debería decir que prefiero eternamente que no me observen. No ser vista es, en mi caso, una aspiración por completo necesaria. Y como en un espejo, esa no mirada debería reflejarse y permitirme a mí el no ver, el andar por el mundo como un ciego, con su bastón blanco tanteando las imperfecciones del sendero.
Camino unos pasos más, mirando hacia abajo, siempre hacia las piedras desparejas del suelo, las rojas, las grises, las amarillas, aquellas que son acanaladas o las que reúnen cantos rodados. Perpetuamente, los zapatos con las puntas gastadas, las colillas de los cigarrillos, la mugre de los perros.
Me entretengo contando las baldosas. Ya casi me sé de memoria cuántas me faltan para llegar a mi casa. Una serie de baldosones lisos y resbalosos, un pozo embarrado de la compañía telefónica, una vereda con cemento en la que algún gracioso estampó su rúbrica luego de dejar sus pies y sus manos marcados, en una burda parodia holliwoodense, otras cerámicas de un gris azulado con acanaladuras. Salto sin gracia ni destreza un charco de agua sucia. Al mismo tiempo, otro infortunado acierta a pasar por el mismo pozo. Viene del lado contrario y está apurado. Se lo ve renegar por los desperfectos de la vereda. En el bolsillo de su camisa lleva bordada una M azul. Unas manchitas blancas, como lluvia de baba recorren la letra de hilo. Se las va restregando con la uña, obviamente se las quiere quitar, pero se le resisten. El hombre tiene dos preocupaciones y le son demasiado: las máculas del bolsillo y los pozos del suelo.
Y yo que no tengo éxito. Mi pie va a dar en el barro . El hombre también ensaya un salto poco preciso, casi igual al mío pero enfrentado y algo más gracioso. De poco le sirve su despliegue de elegancia pues igual resbala en un único y majestuoso desplazamiento que lo obliga a caer en el exacto centímetro cuadrado donde ya se encuentra desde antes mi propio pie. Con una sola mirada nos comprendemos y nos disculpamos mutuamente. Retiro mi pie de debajo del suyo y continúo mi camino sacudiéndolo de tanto en tanto, con el disgusto prendido de la suela del zapato. Él se marcha más rápido. No le preocupa el pegote de sus suelas. Todavía está ensañado con las manchas blancas del bolsillo.
Arrastro el calzado sobre el pasto húmedo de rocío para quitarme algo del lodo y apuro un poco el paso. A mi lado cruza un grupo de personas a los gritos. Ni los miro, me incomodan mis torpezas tanto como las de los otros, pero, insisto, sobre todo me siento mal fuera de mi casa, en la amplitud de la calle, donde todo es un posible ámbito de sociabilidad y cortesía.
Recorro el único camino que conozco para huir de ese laberinto sinuoso que es la calle. Al salir de mi casa me inunda un vértigo resbaladizo que sólo logro superar cuando encuentro el sendero de regreso.
Por fin llego al 1899 de la calle Borges, lo anuncia grande el cartel de madera tallada que cuelga a la entrada. Ése es mi número. Entro en mi edificio. Sin levantar la vista saludo con un movimiento de la mano al sitio donde sé que está el portero, reunido con un par de vecinos. Trato de pasar desapercibida, de apurar el paso y llamo con insistencia el ascensor. Doy suaves pero repetidos golpecitos en el botón gastado y sucio, tamborileo los dedos sobre la superficie cerámica de la pared, muy despacio, y espero ansiosa el sonido áspero y tranquilizante del mecanismo del elevador. Cuento los segundos y rezo porque en la cabina no haya nadie, que ningún vecino aparezca inesperadamente por el hueco de la escalera, que no haya persona alguna que corra desde la entrada para alcanzar el ascensor.
Y mi pierna se mueve con impaciencia en una inútil descarga de ansiedad. Y el tiempo parece un remolino que me envuelve y me agobia. Y me siento una pelusa arrastrada por el aire, por el aliento de cualquiera. Y creo que de un segundo a otro llegará otra mota de polvo y se me adherirá e incluirá mi estructura, transformándome, deformándome. Y siento que este momento ya lo he vivido. Cada vez que salí de mi casa. Cuando entro finalmente en el ascensor, todavía se dibuja en mis labios esa sonrisa entre formal y desesperada. La borro con cansancio y ahí me veo en el espejo. Un vistazo corto e inevitable. Enseguida bajo los ojos. Me abomino. Ya está. Ya engordé un poco más.
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