Ani es una perra blanca y escuálida, con unas manchitas marrones en las orejas que la hacen ver de lo más simpática.
Corre, salta, ladra, jadea, mueve su cola diminuta y le hace fiestas a Lucía, su dueña, con la que sólo comparte dos cosas: la correa roja y las ganas de hacer y hacer.
- ¡Ani! ¡¡¡Ani!!! ¡¡¡Venga para acá!!! – le ordena enfática Lucía a los tres minutos exactos de haberla soltado en la plaza. Tres minutos alcanzan perfecto para que un perro común y corriente como Ani haga su pis y su caca. Y Ani aprovecha ese tiempo a más no poder. Corre, pilla, salta, ladra, caga, jadea, mueve la cola, olfatea y le hace unas fiestas interminables a su dueña, que se agacha con cierta dificultad y atrapa la punta de la correa.
- Ya va siendo hora de volver a casa, Ani. Vamos.- Y Ani, que en verdad quisiera quedarse un rato más, tironea un poco de la cuerda colorada y ladra sus grititos agudos.- No, Ani, ¡no! ¡A casa, dije!
Lucía hoy también está apurada, porque debe asistir a su clase de Ikebana y después se tiene que ir corriendo hasta el Centro de Artes Aplicadas, en el que está aprendiendo a fabricar unos portamacetas preciosos con tapas de gaseosa. Además, tiene que apurarse a comer algo rapidito. Más tarde no va a tener tiempo. Todos los martes a la noche cursa un seminario acerca de las implicancias socio-culturales de la ingesta de papas fritas en la comunidad wichi. Y ni loca se lo va a perder.
Cuando llegan a casa, Lucía saca de la heladera lo que será su almuerzo, su merienda y su cena. Todo junto. Coloca sobre una bandeja un gran bol de ensalada de tomates, dos hamburguesas dietéticas y un yoghurt firme con sabor a frutilla.
Desde abajo de la mesa, Ani la observa con ojos lánguidos. A un lado le cuelga la correa colorada y la colita apenas se descubre escondida entre las patas.
- No, Ani. A vos ya te di. Comé lo que tenés en tu plato.
La perra gira su cabeza con tranquilidad y observa las siete piedritas de alimento balanceado: una marrón, dos rojas y cuatro amarillas. Alza su nariz y huele el aroma tentador de la carne del plato de su ama.
- ¡¡¡Ani!!! ¡¡¡Cucha!!! – chilla Lucía y le señala un trapo roñoso que está todo arrugado en un rincón de la cocina. La mujer observa su comida, la sopesa, la huele, la disfruta.
- Leeento. Deeeebo comer leeento. Nada de atracones. Nada de ansiedad. Nada de…, - prueba un bocado. – A esto le falta sabor.
Le agrega sal, aceite, vinagre y una pizquita de orégano a la ensalada. Mezcla concienzudamente. La perra la mira desde su trapo.
- Dejáte de hinchar. Si ya tenés lo tuyo.- Ani lanza un suspiro y apoya su cabeza sobre las patas de adelante.- No seas comilona, ¿querés?
Lucía vuelca un chorro de mayonesa sobre la ensalada y decora las hamburguesas con sendas sonrisas de ketchup, grandes ojos de mostaza y primorosas narices de salsa golf.
- Ahora sí. – se dice y le da un bocado a la carne. Mastica un instante y hace una mueca de disgusto. – Le falta algo. Le falta algo.- Juguetea con su tenedor, arrastra un tomate y sigue mirando a su perra, que poco a poco se fue acercando y ya está de vuelta debajo de la mesa. – Ani, me tenés podrida.
Se levanta y vuelca siete piedritas más en el plato de la perra.
- Si querés ser una gorda chancha, allá vos. Ahí tenés.
Le echa un vistazo al reloj del comedor. Se le hizo un poco tarde. Corre a la mesa y en dos bocados, acaba todos sus alimentos.
- La pucha digo. Todavía tengo hambre. ¡Qué dieta de mierda!
Pero ya no le queda más tiempo, así que se cuelga la cartera del hombro y sale a las apuradas.
Llega a la clase de ikebana y se arroja sobre una silla. Las otras alumnas la reciben con grandes muestras de afecto. La profesora coloca sobre la mesa todos los elementos necesarios para desarrollar sus conocimientos: unas ramas secas, dos o tres flores, una vasija muy moderna y un plato con unas cuantas galletitas de agua.
Lucía observa las flores amarillas, las ramas, la vasija. Su vista se posa sobre las galletitas de agua y ya no se pueden retirar de allí.
La profesora habla, arma su ramo y pregunta si alguien tiene una duda. Lucía observa el plato con las galletitas. Las otras alumnas comen sin miramientos, conversan, plantean sus dificultades, siguen con atención los pasos a seguir para obtener un ikebana perfecto.
El arreglo ya está casi listo. Las ramas secas a un lado se complementan armónicamente con las tres flores amarillas colocadas casi en la base de la vasija. Y en el plato quedan sólo tres galletitas. Lucía no les quita los ojos de encima. Está visto que sus compañeras ya comieron suficiente. Nadie le presta atención al plato. Sólo Lucía. Su dieta no habla de galletitas de agua, sin embargo, ella mira de reojo a las demás mujeres y alarga su brazo. Toma una, sólo una. ¿Cuántas calorías tendrá una galletita miserable?
El ikebana luce sobre la mesa. El plato de galletitas está vacío. Las mujeres aplauden encantadas la destreza de la profesora. Lucía se limpia las migas y despide a sus compañeras con besos sonoros.
Corre hasta la calle. Llama un taxi. Tiene los minutos contados y debe llegar a tiempo pues no se quiere perder ninguna explicación acerca de cómo acabar el portamacetas. Entonces recuerda que no trae ninguna tapita de gaseosa. El taxi se detiene delante del primer kiosco.
Lucía pide diez Coca Colas light chiquitas. El empleado camina hacia la heladera. Lucía pasea su mirada por la colorida oferta de golosinas. “No me voy a tentar ahora”, piensa y sigue observando los caramelos Sugus, las gomitas de gelatina, los chocolates, los alfajores. “Igual a mí lo dulce no me gusta tanto”, se dice y sigue mirando. Va a pagar. Coloca el monedero sobre el pequeño mostrador y los ve. ¿Son sándwiches de jamón y queso? ¡Pebetes…! ¡Cuánto tiempo hace que no prueba un buen pebete! “¿Cuánto es?”, pregunta. “Diez y siete.” Lucía le extiende un billete de veinte pesos. “¿No tiene justo? ¿O dos pesos?” Lucía no tiene nada de cambio. “¿No quiere llevarse algo más? Una moneda de uno tengo. Llévese un sandwichito, ¿quiere? Salen dos pesos. Así le doy uno de vuelto y listo.”
Lucía sube otra vez al taxi. En las tres cuadras que quedan hasta el Centro de Artes Aplicadas se traga el sándwich de jamón y queso.
Antes de entrar se limpia las comisuras de los labios y se pone un poco de rouge. A este lugar asisten mujeres muy finas, todas flacas elegantes que siempre van bien arregladas. Pero ella es la única que ya está terminando el macetero. Y lo bien que le está quedando.
Las dos horas del taller se pasan rapidísimo. Lucía sale apurada y baja por el ascensor. Corre una cuadra y toma el treinta y tres. “Ochenta”, pide y camina hacia el fondo del vehículo. Todos los asientos están ocupados. Se detiene delante de un muchacho que seguro va a bajar en la facultad. El chico saca una cajita blanca de su mochila. Cuando la abre, a Lucía la inunda el aroma de la humita. ¡Mmmm! ¡Empanadas! ¿A quién le importan unas empanadas desabridas? Se da media vuelta y toca el timbre. Va a caminar las últimas cuadras.
El Ateneo cultural queda muy cerca de su casa. Lucía piensa un momento si no le convendría pasar un minuto para arreglarse un poco el pelo y para ir al baño. Pero no puede. Si se demora, va a llegar muy tarde.
Corre los últimos metros porque no quiere que le cierren la puerta en la nariz. En este Ateneo son muy puntuales. Se trata de gente súper respetuosa de los horarios de los demás. ¡Y los wichis vienen de tan lejos! ¿Cómo van a hacerlos esperar?
Llega justo. Detrás suyo echan dos vueltas de llave y un hombre muy atento le cobra la entrada y la ubica en la segunda fila. Sobre el escenario hay una mesa larga cubierta con un mantel blanco. Tres personas esperan para comenzar la charla. Dos hombres y una mujer. Se apagan las luces, chilla la acústica y cesan los murmullos. El hombre del medio golpea el micrófono con el dedo. Carraspea y dice buenas noches. “Antes de comenzar a explicar la diferencia entre la comida tradicional wichi y las papas fritas”, dice, “queremos que cada uno de Uds. compruebe por sí mismo los efectos de una y otra.” Y la mujer se pone de pie y empieza a repartir unas bandejitas que contienen por un lado un poco de guiso de quinoa, maíz y porotos, y unas cuatro o cinco papas fritas por el otro.
Lucía acepta la bandejita por no faltarle el respeto a la mujer wichi. “¿La quinoa engordará?”, se pregunta intrigada. Y prueba un bocadito. Y después uno más.
Cuando llega a su casa, Lucía está agotada pero llena de nuevas sensaciones pues el día fue pletórico de aprendizajes.
Ani hace rato que la está esperando. Mueve su colita y salta sobre su ama. Lucía le dedica unas caricias escuetas y la perra corretea a su alrededor. Va de su plato hasta Lucía y de Lucía al plato.
- ¿Y otra vez? Ani, Ani. Sos una glotona.
La perra sigue moviendo la cola y hace algunas piruetas.
- Bue, - dice la mujer- yo también tengo un poco de hambre. – Abre la heladera.- Y más vale… hoy no comí casi nada. Sólo almorcé.
Saca un churrasquito de lomo del cajón de la carne y lo pone a cocinar.
Ani se enloquece. Salta y salta delante de la cocina.
- Vení acá, - le grita Lucía y le lanza otras siete piedritas de alimento balanceado. Después se sirve la carne en un plato y enciende el televisor. Ya casi no le presta atención al animal, que terminó su comida en dos segundos y sigue esperando recibir algo más. Se sienta en un banquito, se coloca el plato sobre la falda. Ani se recuesta a sus pies.
- Perra rechoncha.- le murmura y se lleva el primer bocado a la boca. Ani olfatea y refriega su panza por la alfombra. En el televisor suena la voz de una ecónoma, que explica cómo cocinar un peceto a la mostaza en el microondas. Lucía refunfuña. – Perra desagradecida.- escupe con rencor- Yo trato de cuidar tu silueta y vos, nada.- Corta con esmero su churrasco y se lleva otra porción a los labios. Una gota de jugo se resbala lentamente hacia la rodilla de la mujer. Recorre la piel blanca, se desliza por la pierna de Lucía. Ani la ve, la olfatea de lejos. – Si vos supieras lo que es pasar hambre de verdad. Me gustaría verte a vos en mi lugar. Ahí sí que la estarías sufriendo.- Ani se le acerca. Apenas sí menea su colita. Se relame. Sigue con la vista el recorrido de la gota, que huele tan bien. Lloriquea. La partícula de jugo camina por la pierna de su ama y llega hasta su tobillo, dejando una línea rojiza dibujada sutilmente en la piel de Lucía. Ani lo ve todo. Ani lo huele todo. Ani tiene hambre. Ani está harta de que la llamen “perra rechoncha”. Ani está cansada de las piedritas de alimento balanceado. Ani quiere comer un churrasco de carne verdadera, igual que Lucía. - ¿A vos te gustaría estar gorda? ¿Eh? ¿Te gustaría?- Ani mueve un poco más su cola. A Ani no le molestaría estar gorda si eso le asegurara algo más para comer. Ani ansía un pedazo del lomo humeante de su dueña. – Agradecida tendrías que estar. Porque al fin y al cabo vos comés. Miráme a mí. Nada. Yo no puedo comer nada.- Ani toma carrera. – Un churrasco miserable. ¿Eso es comida? ¿Eh? - Ani pega un salto, - Contestáme. ¿Eso es comida?- Ani se abalanza sobre su dueña y en un instante le clava los dientes en el tobillo. Justo ahí donde se depositó la gota sanguinolenta de jugo. Porque a Ani nada le gustaría más que ser gorda como su dueña. Ser gorda y poder comerse un churrasquito de lomo igual que ella.
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