lunes, 31 de agosto de 2015

Crema de menta




Juro que nadie podia imaginar que las cosas iban a terminar como acabaron.
         Yo iba con retraso. Había salido tarde, el colectivo tardó una eternidad y se me rompió un taco. Me apuré muchísimo en las últimas cuadras. Parecía que cuanto más corría, más rápido andaban los segundos en la carrera del reloj. Llegué con el sudor resbalándome por la frente, por la nariz, por el cuello. Habíamos quedado en encontrarnos en la esquina de Forest y Avenida de los Incas. Yo no la había visto nunca personalmente, así que traté de reconocerla por las fotos que encontré en la computadora de él. Ahí estaba.
         De inmediato nos estrechamos las manos. En realidad, apenas nos tocamos con los dedos. Estábamos un poco incómodas. Muy incómodas. Me ubiqué en una silla frente a ella. Levanté las cejas para llamar a un camarero que andaba por ahí. La mujer estaba coqueteando con un helado de naranja. Pedí una crema de menta. No sé por qué, si a mí no me gusta la menta.
         La observé en silencio. Su piel era de una tonalidad rojiza. Era imposible apartar la mirada de sus ojos. No eran ni el color ni la forma lo que llamaba la atención. Lo sorprendente en esos ojos era el odio. La mujer estaba repleta de ira. Me aborrecía, no cabía ninguna duda.
         Yo no sabía qué decir. Pensaba que este encuentro era una simple formalidad. No quería estar ahí, eso era seguro. Solo tenía que esperar a que ella moviera las piezas de su juego y después ya podría mandarme a mudar. Era cuestión de tiempo, nada más. Unos segundos, varios minutos. Y listo.
         El helado de naranja se derretía lentamente. Ella jugaba con la cucharita y me miraba con esos ojos. Yo trataba de pensar que todo esto era un sueño, una pesadilla que no se terminaba nunca.
         —¿Qué era lo que me tenías que decir? —le pregunté impaciente. El silencio colgó un rato larguísimo de esa cuerda invisible que tenía sujetos nuestros destinos. Ella sonrió apenas y tomó su cartera y estuvo revolviéndola incansablemente. Primero pensé que no encontraba alguna cosa. Pero no, el problema era que no terminaba de decidirse. Sus ojos se clavaban en mis mejillas como alfileres de plata. Y su boca temblaba en una sonrisa leve.
         Yo le hice un gesto al camarero y busqué mi billetera.
         Entonces, la mujer por fin estuvo lista y, sin sacar la mano de su bolso, me disparó.
         La sorpresa me impactó más fuerte que la bala y mi tiempo se terminó de golpe. 

Quedaron sobre la mesa el helado de naranja y la crema de menta.

No hay comentarios: