viernes, 29 de marzo de 2013

Cuento de Pascua



                           A la memoria de Monika Junker


Es la posguerra en Holanda. La nieve todavía cubre algunas zonas del bosque. El frío de las contiendas envuelve  a  la gente. Pero la primavera está comenzando y es domingo de Pascua.
En el desayuno, la familia comparte el calor del té y unas tostadas de pan viejo. Los chicos se sacuden como mariposas: ya es hora de ir en busca de la Liebre. Los padres demoran la salida en el silencio más tormentoso.
Y llega el momento esperado. Los chiquitos se envuelven en gabanes y bufandas.  Rodean a su padre en una ronda inquieta y divertida, y salen de la casa.
El camino hasta el bosque es una procesión de risas y de cantos.
Los primeros árboles esperan impacientes. Debajo, las matas de arbustos tratan de sacudirse la modorra del invierno. Y todavía más abajo, en un agujerito abierto en la nieve, un capullo rojo se estira con esfuerzo.
El padre señala las alturas en silencio. Un pajarito se acerca con sus trinos. Las miradas de los chicos persiguen un instante el vuelo zigzagueante. Y de pronto, ¡qué maravilla! Al borde del camino, sobre unas hojas aplastadas, yace brillante un huevo marroncito y pecoso.
- ¡La liebre estuvo acá! ¡La liebre estuvo acá!- Gritan los chicos  y le entregan la ofrenda a su papá. Él mete el huevo en el bolsillo y todos continúan corriendo y buscando.
Entonces, el papá muestra con su dedo el camino de un caracol, que arrastra su casita y deja por detrás su baba inmunda. Los pequeños se inclinan hasta el suelo, observan los cuernitos, la cola áspera, los colores opacos del caparazón.
Y al levantarse, ¡encuentran otro hermoso huevo marrón y pecoso! Saltando lo toman en sus manos y lo entregan al padre con cuidado.
Andan otro trecho y uno de los niños grita:
- ¡Yo vi la Liebre! ¡Yo vi la Liebre! ¡Pasó por allá! ¡Vengan! ¡Yo vi la Liebre!
Todos corren detrás del visionario y buscan entre los troncos y las ramas cargadas de pereza. Ahí no hay nada.
Algo desilusionados por el desencuentro, regresan al camino y entonces descubren con inmensa alegría un tercer huevo reluciente y pecoso, que es guardado con cuidado en el bolsillo del padre.
Al final, emprenden cansados el regreso. Los cantos y las carreras se atenúan poco a poco. Pero la felicidad es enorme. ¡La Liebre les dejó tres maravillosos huevos! ¡Tres huevos! ¡Tres huevos en estas épocas grises de pobreza y desamparo! ¡Tres: uno para cada uno!
Llegan a la casa y le cuentan las andanzas a la madre. Desordenados, alegres y nerviosos se prenden de su delantal y superponen sus voces y sus risas y sus gritos.
La mamá mira a su esposo con intriga. Los ojos grandes, las cejas levantadas, la boca un poco abierta. ¿Tres huevos? ¿Cómo es posible? ¿Es un milagro?
Sin decir palabra, el hombre espera. Los chicos salen a jugar y él saca del bolsillo el huevo único, brillante, marroncito y pecoso.
Ya se le ocurrirá algo a la hora de la cena.


Marzo de 2002

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