martes, 16 de abril de 2013

La idea





   Cortázar estornuda.
   Mete el índice en su nariz, hurga, encuentra y tira un poco. Con dos dedos extrae, cuidadosamente, una idea. Es apenas una chispa, una sospecha. Es una idea pequeñita, verdosa, algo deforme.
   El escritor la observa en silencio y redacta: “Un hombre vendía  gritos y palabras”. Se detiene y piensa. Piensa. Piensa y piensa. Da vueltas la idea verdosa entre los dedos.
   Cortázar la observa. “Un hombre vendía gritos y palabras”, repite y aplasta un poco la bolita que es la idea. La amasa casi distraído. “Y le iba bien”, se dice y lo escribe. “Un hombre vendía gritos y palabras, y le iba bien”. La bolita de idea ya está tibia, Cortázar la toquetea suavemente, la amasa. Con la otra mano, se rasca la cabeza, se acomoda los pelos de la nuca, abre el primer botón de su camisa.
   Vuelve a tomar la lapicera. La idea sigue entre los dedos, inquieta y rechonchita.
   A Cortázar le pica la nariz. “No puede ser”, protesta. Y estornuda un estornudo fuerte, bien fuerte, poderoso.
   El escritor se recupera despacito y mira el papel que tiene enfrente. “Un hombre vendía una tía en dificultades”, lee. “¡No! ¡Ahoga no!”, dice en su idioma de erres aplastadas. Se golpea suave la frente con la palma de la mano y ahí la ve. Es otra idea. Tan verdosa y tan deforme como la primera. Una idea inoportuna, pero una idea al fin.
   La toma con la punta de los dedos. No quiere calentarla. No todavía.
   Camina con pasos apurados hasta la cocina. En un tris, abre la heladera y saca una fuente repleta de bolitas. Parece un plato de profiteroles de espinaca.
   Con los dedos de la mano izquierda aparta un poco unas bolitas y le hace lugar a la nueva idea. Mete el plato en la heladera y la cierra de un portazo. Se suena los mocos en el baño, se lava las manos y vuelve a su escritorio.
   Toma la lapicera. Cierra los ojos. Piensa: “Un hombre vendía gritos y palabras, y le iba bien, aunque encontraba mucha gente que discutía los precios y solicitaba des....


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