Cortázar estornuda.
Mete
el índice en su nariz, hurga, encuentra y tira un poco. Con dos dedos
extrae, cuidadosamente, una idea. Es apenas una chispa, una sospecha. Es
una idea pequeñita, verdosa, algo deforme.
El
escritor la observa en silencio y redacta: “Un hombre vendía gritos y
palabras”. Se detiene y piensa. Piensa. Piensa y piensa. Da vueltas la
idea verdosa entre los dedos.
Cortázar
la observa. “Un hombre vendía gritos y palabras”, repite y aplasta un
poco la bolita que es la idea. La amasa casi distraído. “Y le iba bien”,
se dice y lo escribe. “Un hombre vendía gritos y palabras, y le iba
bien”. La bolita de idea ya está tibia, Cortázar la toquetea suavemente,
la amasa. Con la otra mano, se rasca la cabeza, se acomoda los pelos de
la nuca, abre el primer botón de su camisa.
Vuelve a tomar la lapicera. La idea sigue entre los dedos, inquieta y rechonchita.
A Cortázar le pica la nariz. “No puede ser”, protesta. Y estornuda un estornudo fuerte, bien fuerte, poderoso.
El escritor se recupera despacito y mira el papel que tiene enfrente. “Un hombre vendía una tía en dificultades”, lee. “¡No! ¡Ahoga no!”, dice en su idioma de erres aplastadas. Se
golpea suave la frente con la palma de la mano y ahí la ve. Es otra
idea. Tan verdosa y tan deforme como la primera. Una idea inoportuna,
pero una idea al fin.
La toma con la punta de los dedos. No quiere calentarla. No todavía.
Camina
con pasos apurados hasta la cocina. En un tris, abre la heladera y saca
una fuente repleta de bolitas. Parece un plato de profiteroles de
espinaca.
Con
los dedos de la mano izquierda aparta un poco unas bolitas y le hace
lugar a la nueva idea. Mete el plato en la heladera y la cierra de un
portazo. Se suena los mocos en el baño, se lava las manos y vuelve a su
escritorio.
Toma
la lapicera. Cierra los ojos. Piensa: “Un hombre vendía gritos y
palabras, y le iba bien, aunque encontraba mucha gente que discutía los
precios y solicitaba des....
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