I
Hay una carta encima de
la cama. La mentira se escapa de las líneas del correo. Se chorrea como una
baba negra, inmunda. Resbala sobre el lecho, cae al suelo, se arrastra, se
desparrama, se esparce. Deja todo pringoso y hediondo. Ensucia los cuartos, los
ennegrece, los afea.
De pronto, se levanta en una recta vertical. Se moldea, se modela.
Engorda el busto, achica la cintura, tornea unas piernas de escultura griega.
Camina sinuosa. Abre la alacena, se prepara un café. Se calza los
tacos y avanza con descaro, omnipotente.
La mentira ahora duerme en la casa.
II
Suena el timbre largamente, con violencia. El pesado cubo de enojo
casi no pasa por la puerta. Es un enojo con mayúsculas.
Por fin, entra girando sobre sus caras cuadradas y en cada giro, cae
rechoncho al suelo y levanta atronadores nubarrones de polvo oscuro.
La mentira mira al enojo con sorpresa. No hay motivo para armar
tanto bochinche.
Discuten la mentira y el enojo. Se trenzan en una pelea infinita,
ruidosa, grave. El cubo se planta con firmeza: de ahí no se va a mover.
Entonces, la mentira se derrite en alabanzas y lisonjas y se
vuelve cháchara, un cheche chirle,
chocarrero y chupador. Se arrastra otra vez babosa y negra y resbala por encima
del enojo y gotea con sus brazos lujuriosos y engulle de un bocado el cubo
inmenso.
III
Apenas un golpe: toc. La indiferencia llega con su alambre tejido
para ponerle coto a la mentira. La rodea, la cubre, la encarcela. Y así, finita
y casi transparente, mira para otro lado.
En silencio. No hay nada que decir.
El duelo dura poco. La mentira se hace un agua oscura y se escurre
por los cuadraditos de la malla metálica. Se escapa sin problema y se burla, se
divierte.
Se va la indiferencia como vino. En puntitas de pie, sin hacer
ruido.
IV
Y llega ella. La
verdad es la dueña de la casa. Mete la llave en la cerradura y da dos vueltas.
El portón se abre sin chistar. La brisa entra en los cuartos, los ventila. Los
airea. Sacude el polvo ennegrecido.
Al principio, la
mentira habilidosa se esconde detrás de unos sillones. La delata un goterón de
baba inmunda sobre el respaldo carmesí de la poltrona.
La verdad toma a
la argucia por los pelos. La sacude sin piedad hasta marearla. Y la deja
tiradita como el vómito que es. Un montoncito insignificante, hediondo y
deformado.
Entonces busca el
balde y las escobas. Y echa lavandina en el agua de cristal. Y baldea con ella
los pisos y barre la mentira hasta la calle. Y ahí la deja. Hecha un bollito.
Para que se la lleve algún incauto. O para que desaparezca solitaria como vino.
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