El sol penetra los árboles de encaje, dibuja promiscuas líneas de colores. La tarde está fresca. Unas hojitas tímidas juegan al caleidoscopio y llegan agotadas hasta el suelo.
En la vereda de enfrente, las gentes se amontonan en los puestos de la feria. Otro mundo se escribe en esa plaza. Las personas habitan hasta el más mínimo detalle. Los permisos y los gracias brillan por su ausencia.
Los rojos y los verdes, los azules, los marrones, los negros, los violetas se molestan los unos a los otros: se entrecruzan, se chocan, se separan. Y el desorden se dispersa en las esquinas.
Por encima cae la lluvia de un buen jazz. Las corcheas, las redondas y las blancas se insinúan y se tocan. Se acarician. Se persiguen y se esconden y se encuentran.
Y las gentes de a montones las ignoran, como ignoran el romance del sol y de los árboles.
En la compra está el furor de ese domingo. ¡Que los objetos se terminan y se cae la tarde!
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