Contaba mi madre que, cuando quedó embarazada, el médico le hizo muy mal los cálculos y pronosticó el alumbramiento para dos meses antes de la fecha en la que en verdad nací. Por esos tiempos no existían las ecografías ni los monitoreos, ni ninguno de estos métodos sofisticados y modernos que, mágicamente, entregan al paciente y a su doctor, medidas exactas, fechas precisas y datos absolutamente claros, contundentes y definitivos sobre el desarrollo de la gestación.
No quedó otro remedio. Mi familia debía esperar. Y cada cual soportaba la demora a su manera. Las abuelas establecían infinitas competencias tejiendo los más variados escarpines en hilo amarillo. Los zapatitos de tamaños más diversos- manufacturados en punto arroz, punto atrás, Santa Clara y crochet -, uno más bonito que el otro, ya llenaban cinco canastos primorosamente forrados en papel de seda. Mamá los perfumaba cada tarde con apenas dos gotas de colonia de bebé. Y gracias a esa acción sencilla, casi ceremoniosa y cargada de amor, se tranquilizaba un poco. Quién sabe. Se imaginaría los piecitos de su bebé con tanto calzado amontonado. ¿Vendrían los pies de su niño con
todos los dedos bien puestos? Las mamás siempre les cuentan los dedos a sus hijos cuando nacen. Diez en las manos y diez en los pies. Y después de comprobar que las cantidades estén correctas, se quedan satisfechas. ¿Por qué será?
A su vez, las tías compraban a diario la batita de linón que auguraría el parto. Llegaban con su regalo por las tardes, ansiosas por ser ellas las que anunciaran a los demás parientes el momento exacto del alumbramiento.
Los hombres, mi papá, los tíos y los abuelos, se reunían en la vereda de mi casa para fumar esos abanos apestosos que incomodaban a las mujeres hasta las náuseas. No hablaban de mi futuro nacimiento ni de las posibles contracciones de mi mamá. Ellos sólo conversaban sobre los resultados del campeonato de fútbol. Nada más que eso, porque los temas políticos los enemistaban. Y ellos lo sabían muy bien.
Así, mi madre vio crecer a la par el ajuar de su bebé y el tamaño de su vientre, que llegó a tener medidas descomunales. Al final, la suya terminó siendo una panza inmensa, redonda, terriblemente inflada, que no le cabía en ninguna parte y que le dificultaba cualquier tipo de movilidad propia, individual o acompañada.
La pobre ya no podía entrar al auto ni subir al colectivo, con lo cual aún cuando faltaba un mes para que llegara la fecha prevista para el parto, empezaron a notar que la única manera de arribar al hospital cuando llegara el momento, sería caminando. Para ese entonces, ella se sentía muy incómoda y mi padre no cabía más dentro de la cama, con lo cual las relaciones maritales habían comenzado a aguarse de a poco. Estaba escrito: cuando finalmente nací, mi padre y mi madre hacía semanas que no se podían ni ver. No se soportaban más. Pero no se separaron. No. No quedaba bien.
Entonces, continuaba el relato de mi madre, cuando estaba a punto de parir, de pronto, todo se
tiñó de un blanco azulado y ella sintió un vahído suave y mullido, que le entibiaba el cuerpo, como si la estuvieran acunando, y se le presentó un ángel y me colocó con dulzura sobre su pecho. Ella lo recordó siempre como un momento mágico y luminoso y olvidó pronto los dolores de las contracciones y la desesperación del pujar. Hablaba de su parto con gran convicción y con inmenso entusiasmo. Al hacerlo, levantaba mucho la voz, movía sus brazos enérgicamente y se sacudía en una especie de descoordinado escalofrío de emoción.
La familia escuchaba arrobada sus relatos. Siempre había sido así. Mi mamá tenía talento para contar historias. Y ésta era una de sus preferidas. De tanto en tanto, elevaba los ojos al cielo y se dejaba convencer de la veracidad de los sucesos casi sin tener duda alguna. Claro que cada cual se hacía su propia imagen del asunto. Algunos llegaron a asustarse y quisieron llevarme de inmediato a la iglesia, porque lejos de creer que se trataba de una cuestión mágica o de un acto casi religioso, me encuadraban más bien en el marco de una demoníaca hija de Satán y deseaban limpiar mi alma cuanto antes. Fueron éstos los parientes que compraron botellitas de agua bendita y rociaron con ella mi cuna en un casero intento de exorcismo, pero con tanta mala suerte, que algunas de las gotas (que más que de agua bendita resultaron ser de agua oxigenada) cayeron dentro de mis ojos, dejándome momentáneamente obnubilada.
Estas gentes no leyeron en mi ceguera transitoria otra cosa que una señal divina de desaprobación y simplemente se sentaron a esperar que cayera un rayo, se desmoronaran las columnas de la entrada del hospital o que la partera comenzara de pronto a escupir bilis y demás asquerosidades diabólicas.
Sin embargo, existía otra rama de la familia que era algo más luminosa, más puramente mística.
Se trataba de un mínimo grupo de tías abuelas y algunas de sus hijas solteronas, que, mientras acariciaban rítmicamente sus crucifijos, le pedían a mi padre que escribiera de inmediato al Vaticano para que me canonizaran en vida. Las opiniones estaban muy encontradas y las discusiones eran muchas. Pero lo cierto es que la cuestión de mi nacimiento dio lugar a un ramillete de habladurías. Muchos dijeron entonces que yo iba a morir muy joven. O, en su defecto, que mi vida iba a ser memorable. La única que no abrió la boca en todo ese tiempo fue Anita, mi abuela materna. Nadie supo nunca si su silencio era efecto de los sorprendentes relatos de su hija, si era causado por la emoción de tener frente suyo a su primera nieta o si era porque ella era la única que sabía que mi madre, con los nervios, se había bebido cinco vasitos del aquavit de mi padre.
Por lo pronto, yo no recuerdo tantas cosas de mi infancia. Sí sé que al principio me mantuvieron muy protegida. No me quedó del todo claro (las dudas siempre inundaron mi pasado) si me cuidaban con tanto esmero para que no me muriese en forma prematura o si me resguardaban como una joya valiosa que en algún momento podía llegar a dar sus buenos dividendos.
Lo que siempre permanece muy firme en mi memoria es la presencia de mi prima Laura. No puedo pensar en mi infancia sin acordarme de ella.
Cuando chicas, mi prima y yo éramos tan unidas que por las noches, para que no nos separaran, nos dormíamos muy juntas, abrazadas y ocultas entre las plantas tupidas del jardín de la casa de mi otra abuela, Bedstemor, la dinamarquesa. Todos llamábamos a esta casa, la Casa Grande.
En realidad era una vivienda pequeña, de madera, pero estaba situada en el medio de un jardín enorme, que pertenecía a la Iglesia Danesa. Y cuando nos acostábamos en el suelo, nos pasaban por arriba las gallinas, borrachas de tanto alboroto. Pero nosotras hacíamos fuerza y cerrábamos los ojos arrugándolos un poco y nos arrimábamos la una a la otra para no sentir lo que ocurría a nuestro
alrededor y para escaparle al miedo a la oscuridad. Allí, en esos momentos, comenzaba yo un murmullo diminuto, que sólo Laura lograba escuchar. Le contaba historias que quién sabe de dónde me llegaban. Cuentos de hadas y de duendes y de enanos que nos tranquilizaban a las dos hasta que apareciera el hombrecito de la bolsa de arena, y nos echara en los ojos el polvo mágico para dormir.
Simular que estábamos dormidas, o a veces también dormirnos de verdad, eran ideas infalibles. Nuestros padres se compadecían de nosotras, tan tiernitas y tan acurrucadas, y nos aupaban hasta el cuarto de la abuela Bedstemor, donde ya estaba preparada la camita con las sábanas bordadas de niño.
A la mañana, muy temprano, el abuelo Erik hacía sonar su cencerro -herencia de su pasado tambero-, anunciando la hora del desayuno. Nosotras nos poníamos en pie de un salto y nos vestíamos con la ropa al revés y los zapatos cambiados. Todas las veces era la misma historia. La abuela nos conminaba a acomodarnos la ropa, el abuelo le decía que estábamos bien vestidas, ella le mostraba las costuras y las etiquetas, señalándolas con sus largos dedos flacos y él protestaba que eran visiones de vieja. La abuela decía que el vapor de la leche hervida le había empañado los lentes y caminaba rápido hasta llegar al baño. Ahí, se ponía a llorar a los gritos.
Falso intento de resguardar esa decencia engañosa que tenía prisionera a mi abuela. Nosotras, por lo pronto, no le prestábamos ninguna atención. Nos robábamos los pancitos tibios y corríamos al jardín a alimentar con ellos a las gallinas y a lamer las tapas de las botellas de cerveza, que se iban amontonando como tesoros olvidados en una esquina del galpón.
Recién mucho tiempo después, cuando ya éramos un poco más grandes, nos empezó a molestar esa forma tan brusca, tan escandinava de levantarnos, sin un mimo ni una palabra cariñosa. Igualmente, y siguiendo la tradición familiar, nunca dijimos nada al respecto. Las cosas eran como eran y jamás iban a cambiar.
Mi prima y yo teníamos casi la misma edad, igual altura, idéntico tamaño. Ella era muy muy rubia y yo, muy muy morena. Como el positivo y el negativo de una misma única fotografía. Y proyectábamos juntas un futuro glamoroso en el que ella luciría una larga y sedosa melena oscura y yo, una igualmente larga y sedosa cabellera de oro. Y es que, a pesar de todo, nos profesábamos una envidia suave, cariñosa, inofensiva. Fue esa envidia dulzona, empalagosa, sazonada con la dosis justa del afecto, la que nos unió de por vida.
En la Casa Grande, el hogar de mis abuelos daneses, se organizaban dos o tres veces al año enormes comilonas en las que se reunía toda la familia alrededor de una larguísima mesa tendida con manteles azules de linón. En estos ágapes descomunales se mezclaban de manera armoniosa y pródiga las carnes asadas a la argentina, los postres daneses de manzana y pan rallado y las desbordantes tortas austríacas.
Durante la comida, el bullicio despabilaba a las aves, que revoloteaban y piaban haciendo mucho más ruido que las voces y las risas de la familia. Las gallinas caminaban por entre las piernas de los comensales, picoteando las migajas que caían al suelo. Por un sencillo motivo de organización mobiliaria, se sentaba a los niños a un lado, en una mesa más baja; los delgados se ubicaban donde querían, pues podían utilizar las enclenques sillas de paja del siglo pasado. Y los rellenitos y los deliberadamente gordos, quedaban recluidos, obligados a sentarse a un costado, sobre el sólido banco fabricado especialmente para que sus voluminosas posaderas no perforaran las más que antiguas y costosas varitas de mimbre de las igualmente antiguas y costosas sillas de mis abuelos. Las reliquias familiares eran cuidadas con devoción sagrada. Mi tía Angelita –esposa del tío Sven-, siempre tan servicial y considerada, pasaba a cada rato por las mesas con la excusa de ofrecer a todos sus novedosas ensaladas. Se detenía un instante detrás de cada comensal y, mientras le lanzaba una
cucharada de verduras en el plato, le observaba el trasero con relativo disimulo y efectuaba en su cabeza dificilísimas ecuaciones de física cuántica, en las que promediaba el peso y el volumen con la variable gravitacional y las nóminas de resistencia del material contenedor. El resultado de tan elevadas operaciones matemáticas era prontamente visible y determinaba la permanencia del comensal en su sitio. Más de uno era gentilmente conminado a cambiarse de lugar y, como consecuencia de este exilio obligatorio, era invitado a ponerse a régimen cuanto antes.
Al promediar la tarde, los hombres timbeaban y reían a carcajadas como malevos entonados. Las mujeres disimulaban la exaltación beódica de sus maridos, recluídas en la cocina, lavando, secando y guardando los platos y los cubiertos. Y los chicos corríamos impune y descontroladamente por el inmenso jardín de robles gigantescos y de bellas plantas con flor.
Había rosas de todos los colores y de todos los tamaños. Cada vez que la abuela recibía el anuncio de un nuevo nieto, plantaba otro rosal. Y luego, cuando el bebé nacía, ambos, niño y rosa, recibían el mismo nombre. Mi rosal era uno de la variedad Robusta. Era de un carmesí oscuro que llegaba en el centro de sus pétalos casi hasta el negro. El de Laura era un Schneewittchen extremadamente blanco. Igual que su piel.
A Laura y a mí nos rodeaba un gran clan familiar, con un manojo de primos compinches, que se divertía en las fiestas robando Coca-Colas en el depósito del vecino almacenero y jugando interminables manchas escondidas. Nosotras nos convertíamos en las burbujas de esas gaseosas, siempre flotando de aquí para allá, en nuestro propio mundo, un poco ajenas a las travesuras de los otros, tal vez porque éramos las más pequeñas.
Al anochecer, antes de comenzar con la trampa del sueño, visitábamos furtivamente la cocina de la abuela. Nos subíamos del banquito a la mesa de mármol blanco y desde allí, tomábamos sin
permiso los frascos de conserva vacíos de la alacena prohibida y nos lanzábamos como aventureras intrépidas a cazar bichitos de luz. Era un trabajo meticuloso, porque debíamos estar muy atentas y quietecitas. Y cuando alguno de los bichos desprevenidos se acercaba hasta nosotras, raudas y presurosas lo rodeábamos con el frasco translúcido y le estampábamos urgentemente el nylon y la bandita elástica. Al final, con un escarbadientes agujereábamos el plástico para que le entrara al pobre prisionero algo de aire fresco.
Luego, nos quedábamos dormidas viendo cómo las diminutas lámparas de las colitas se iban apagando, poco a poco, en un silencioso concierto de colores fosforescentes.
Por la mañana, cuando nos despertaba el abuelo con su festivo campaneo, casi siempre los bichitos estaban muertos y entonces improvisábamos cortas ceremonias mortuorias. Envolvíamos los diminutos cadáveres en hojas de parra, cavábamos un pozo con las uñas y le clavábamos una pequeña cruz muy rudimentaria hecha con palitos de helado.
Quizás sea por culpa de nuestra caza inclemente que ya casi no existen más los bichitos de luz. Y tal vez sea ésa la razón por la que mi prima Laura vive ahora tan lejos, al otro lado del mar, rodeada de gentes que hablan con otras eses y otras zetas y se acusan de tú y se ríen de chistes que a nosotros no siempre nos hacen tanta gracia.
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