Suena el timbre. Con desgano me acerco a la puerta y espío por la mirilla. Veo un mameluco azul. Es el encargado. Trae la correspondencia. Tiene un par de sobres en cada mano. ¿Pero por qué no la tirará por debajo de la puerta en lugar de venir a charlarme? ¿Por qué se empeñará en conversar conmigo si yo ya le di muestras más que elocuentes de antipatía? Sabe a la perfección que lo estoy observando. Me sonríe mostrándome la pulcritud de sus dientes y se abanica los pelos de la frente con mi carta. Ya la veo. Pero igual me demoro. ¿Qué tengo que hacer? ¿Me desentiendo y espero hasta que se vaya? No. No me queda más remedio. Abro la puerta. El portero me extiende el sobre blanco ornado con rayitas amarillas y rojas. Mientras tomo la carta, el hombre pizpea hacia adentro, hurga entre mis muebles, huele mis esencias, desempolva los objetos de mi casa con la vista, respira mi aire, pisa mi parquet. Yo reconozco la letra de un vistazo y él también.
-De su prima,- agrega con una especie de burla simpática, dando un paso hacia adelante -la que vive en la tierra del Generalísimo. No la eché por debajo para que no se le arruinara. Yo sé que Ud. la estaba esperando.- Se llena los pulmones de mi ambiente y me lo devuelve con un solo resoplido.- Esto me recuerda algo. Es igual que mi tío Hugo. Él siempre estaba impaciente, esperando quién sabe qué y mirando con los ojos bien abiertos a ver si venía el cartero con la bolsa llena. Un fenómeno, el Tata don Hugo, se sabía un montón de historias, pero había una en particular que me encantaba. ¡Si la habré escuchado allá por sus pagos! ¡Qué épocas aquellas! Era una buena historia. Tengo un ratito, ¿no quiere que se la cuente?
Casi con espanto niego moviendo la cabeza, pienso que ya tengo suficientes relatos en mi interior, que no necesito ninguno más. Y con un gracias en verdad desagradable, escueto y seco, vuelvo a elevar la mirada, guardo más que rápido el sobre en un bolsillo de mi pantalón y, empujando al encargado sin ninguna delicadeza, cierro la puerta y le doy dos vueltas a la llave.
Aunque ya no me importa demasiado, sin saber muy bien por qué, vuelvo a mirar por la mirilla. El portero sigue parado delante de mi puerta. Despliega su cara de sorpresa, se inclina hacia adelante y espía por la cerradura. Pero no llega a ver demasiado porque enseguida tapo el hueco con la palma de mi mano. Quién sabe qué pensaría si llegara a ver lo que me sucederá después. ¿Lo entendería? ¿Se apartaría con horror? ¿O le resultaría algo digno de comentar en la mesa del bar Santa Paula, con los notables del edificio? No voy a saberlo y en verdad, no me interesa para nada.
Querida Cristina:
¿Cómo estás, primita? Yo ando un poco desesperada y aburrida, porque ya hace un par de días que estoy sola.
Mi galleguito y su mamá se fueron de viaje y me dejaron a cargo de los pisos y de los dos pichichos odiosos de mi suegra: Darling y Honney.
Y ahora estoy al borde del colapso, primero porque me enfurece que mi cuchicuchi se vaya con su mamita en vez de con su esposa, qué se le va a hacer. Ya conocés a mi suegra. Bastante te conté de ella, ¿no? Y resulta que ahora quería hablar a solas con su hijito. ¿Pero era necesario elegir un crucero de dos meses para charlar? ¿Cuántas cosas le tiene que decir la vieja bruja esa, eh? ¿Cuántos años de secretos tiene escondidos para que la conversación dure tanto tiempo? ¿Es que acaso se trata de una familia tan misteriosa, che?
Sin embargo, eso no es lo peor. Porque, ¡no sabés lo que me pasó! Primero me descuidé un poquito y Darling me meó la moquete azul del living, lo cual ya me puso súper furiosa. Sin pensarlo dos veces, les chanté las correas a los perros y los llevé a la rastra hasta la calle, para que terminaran de hacer lo suyo.
Salimos caminando lo más bien. Aproveché para sacar plata de un cajero, compré unas manzanas, y, a las pocas cuadras, me paré en una vidriera que tenía unas cortinitas de encaje que eran un primor. ¡Te hubieran encantado, con rositas rococó bordadas! Estuve un rato larguísimo mirándolas, sin saber si entrar o si no. Después de mucho me decidí, até los perros en el poste de la luz y me metí en el negocio.
Al final no compré nada, porque era todo carísimo, pero ¡no sabés!. Cuando salí, me faltaban los perros. Y yo me puse como loca. Sabía que si los perdía, mi suegra me mataba y el galleguito se me divorciaba. Aunque no sé cómo un tipo puede divorciarse de una muerta, pero en fin.
Empecé a gritar y a gesticular y a mover todo mi cuerpo como si me hubiera agarrado un ataque de epilepsia. Para qué te voy a mentir: la gente se apartaba, bastante asustada, porque yo parecía una loca histérica, pero tenía motivos fundados para ponerme así, ¿no? ¿Vos me entendés?
Los dueños del negocio salieron a ver qué pasaba y se dieron cuenta de que se les empezaba a amontonar la gente delante del local. Y como todo este asunto era muy confuso, deben de haber pensado que les iba a jugar en contra. Propaganda negativa, ¿viste? Entonces, primero me recomendaron que me tranquilizara, que hiciera cartelitos para pegar en los postes y en las vidrieras. Pero después, viendo que yo no me movía de ahí adelante y que la gente seguía cada vez más amontonada en una apretujada rosquilla de curiosos, me terminaron entregando un paquete con las cortinas de encaje que tanto me habían gustado. "Cortesía de la casa", dijeron y me empujaron amablemente hasta la otra cuadra.
¡No sabés qué lindas quedaron las cortinitas en mi cocina! Ojalá pudieras viajar a visitarme, así las verías con tus propios ojos. ¡Te extraño tanto! En fin, la cuestión es que tomé la recomendación del tendero y confeccioné unos carteles hermosos, con florcitas en los bordes y letra de molde: SE HAN PERDIDO DARLING Y HONNEY. VALOR AFECTIVO. HAY RECOMPENSA. Dibujé los perritos lo mejor que pude, y empapelé la ciudad con la nota. Si hubiera estado mi suegra acá no hubiera tenido necesidad de dibujar, porque ella tiene miles de fotos de los pichichos en su departamento. Sobre la mesa, sobre la cómoda, colgadas en la pared… Tiene más fotos de los perros que de su propio hijo. Y ni que hablar de su nuera. Mía no tiene ni una. Yo creo que si se encontrara con alguna, me recortaría sin pensarlo dos veces para sacarme de su vida.
Pero bueno, te decía que si hubiera estado mi suegra o si ella me hubiera dejado llave la llave de su depto (no me la quiere dar porque dice que es demasiada responsabilidad para mí, ¿viste?), no hubiera tenido que ingeniármelas con el dibujo. Aunque, pensándolo bien, si mi suegra estuviera acá, no se hubieran perdido los perros y no hubieran hecho falta las fotos. ¿¡Qué sé yo!?
Al principio no pasó nada. Nadie los había visto y yo cada vez más nerviosa. Parecía que se habían evaporado literalmente. Pero a la semana sonó el teléfono. Yo rogaba que no fuera mi suegra (siempre me hace ponerle el tubo a los perros para escuchar cómo respiran, mientras ella les habla y les habla. ¡La de boludeces que les dirá a los bichos! ¡Imagináte!). Por suerte no era mi suegra, era una voz de hombre. "¿Sí?", pregunté yo. El tipo hizo un silencio, se quedó escuchando, pero al ratito se animó: "¿Hablo con la casa del Darlín y del Jonéy?"
¡No sabés qué alivio tenerlos otra vez en la casa! Aunque no me creas, estuve feliz de verlos. ¡Si hasta parecían angelitos, todos apachurrados! Los tendrías que haber visto. Estaban muy bonitos. Ahora ya los mataría de vuelta sin piedad, si no fuera por mi suegra y por el cuchicuchi.
Al final, ni bien me devolvieron los perros, tuve que recorrer otra vez toda la ciudad para sacar cada uno de los papelitos que había pegado. ¡No sea cosa que mi suegra se entere de que los perdí!
Bueno, querida, por favor, escribíme para contarme cómo andan tus asuntos. ¿La salud? ¿Todavía estás engordando? No me digas que aún tenés que seguir arrastrando tus preciosos ojos celestes por el suelo. ¡Es inhumano! ¡Así nunca vas a conseguir un marido, che!
Respondéme cuanto antes. No soporto no tener noticias tuyas. Te extraño mucho,
Laura
Dejo la carta abierta sobre la mesa del comedor. Tengo sed y la jarra de cristal tallado me lo recuerda. La observo. Me reflejo en ella, deformada y gruesa como un genio dentro de su botella. Tomo un vaso de la alacena y me sirvo. Pongo un compacto en el estéreo del living, como al pasar espío por la mirilla. Compruebo aliviada que el portero ya se retiró, ya no está ahí. Camino hasta mi habitación, despacio, sintiendo la presión de mis pasos en el suelo. Y me arrojo en la cama. No me detengo a quitarme los zapatos. Sólo me dejo caer sobre la tibieza del colchón. El elástico se queja y chilla y se acomoda. Después de beberme toda el agua, hago rodar el vaso húmedo y frío por la piel de mi abdomen, hacia un lado y hacia el otro, lo paseo por mis pechos, desciendo y rodeo el ombligo, llevo el vidrio a un costado y al otro de mi cuerpo. Contrastan la tibieza de mi espalda con la frialdad que el vaso le regala a mi vientre.
Trato de no pensar en nada. Me abandono a las sensaciones, a los sentidos. Una ronda de arpas, pianos, flautas y trombones se acerca melodiosa, seductora, y me toca despacito. Me va recorriendo de a poco, me acaricia. Ocupa los lugares que ya dejó libre la frescura de mi vaso y se instala. De pronto, percibo mi cuerpo como ajeno, como una inmensa sobra desproporcionada. Me siento un envase descartable, el envoltorio de una golosina, un cuaderno completamente escrito. Mi cuerpo ya no me pertenece. Abro los brazos y las piernas formando una estrella y así me quedo. Muy quieta. Silenciosa. Escuchando nada más.
Entonces, por el vano de la puerta de calle se cuela una sombra oscura, insignificante, miserable. Es como una hilacha negra que trepa desde abajo, por el agujero del ascensor. Se arrastra lenta sobre el parquet, desacomoda las alfombras indígenas. Se estira y se amontona una y otra vez hasta arribar al cuarto.
Al llegar allí, repta un poco más y sube a la cama. Se cuela por las cobijas. Encuentra un mínimo resquicio en el hueco de la almohada. Ahí descansa un instante y cuando está recuperada, cubre suavemente mi cuerpo. Acompaña delicada el abrazo de la melodía. Empieza por el dedo gordo del pie y me va recorriendo de a poco. Las piernas, el vientre, los pechos, los brazos, la cara. Como una caricia provocativa va llegando a cada célula de mi piel, la penetra y la habita.
Cuando me levanto, me siento más pesada, más gorda, mil veces más redonda y rolliza. En el baño me lavo la cara. Evito una vez más mirarme al espejo. No lo soporto porque sé que en la imagen no sólo voy a verme a mí misma, distinta, menos glamorosa de lo que me quisiera recordar. También van a estar allí los otros, los que se me adhieren con sus historias y sus cuentos. Los que quieren ser liberados de una vez por todas y aún no lo logran.
Todo se tiñe de golpe con el índigo de la oscuridad. Me seco con la toalla una y otra vez. Me raspo con las uñas y dejo mi piel enrojecida, como si así pudiera quitarme de encima el peso enorme de saber tantos relatos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario