domingo, 17 de abril de 2011

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Y yo que tampoco tengo éxito. Mi pie va a dar en el barro . Mala suerte. O torpeza simplemente. El hombre también ensaya un salto poco preciso, casi igual al mío pero enfrentado y algo más gracioso. De poco le sirve su aparente despliegue de elegancia pues igual resbala en un único y majestuoso desplazamiento que lo obliga a caer en el exacto centímetro cuadrado donde ya se encuentra desde antes mi propio pie. Con una sola mirada nos comprendemos y nos disculpamos mutuamente. Retiro mi pie de debajo del suyo, nos despedimos con una simple inclinación de cabezas y continúo mi camino sacudiendo la pierna de tanto en tanto, con el disgusto prendido de la suela del zapato. Él se marcha más rápido que yo. No le preocupa el pegote de sus suelas. Todavía sigue ensañado con las manchas blancas del bolsillo.

Arrastro el pie sobre el pasto húmedo de rocío para quitarme algo del lodo y apuro un poco el paso. A mi lado cruza un grupo de personas a los gritos. Ni los miro, me incomodan mis torpezas tanto como las de los otros, pero, insisto, sobre todo me siento mal fuera de mi casa, en la amplitud de la calle, allí donde todo es un posible ámbito de sociabilidad y cortesía.

Recorro el único camino que conozco para huir de ese laberinto sinuoso que es la calle. Al salir de mi casa generalmente me inunda un vértigo resbaladizo que sólo logro superar cuando encuentro el sendero de regreso.

Por fin llego al 1899 de la calle Borges, lo anuncia grande el cartel de madera tallada que cuelga a la entrada. Ése es mi número. Entro en mi edificio. Sin levantar la vista saludo con un movimiento de la mano al sitio donde sé que está el portero, reunido con un par de vecinos. Trato de pasar desapercibida,

de apurar el paso y llamo con insistencia el ascensor. Doy suaves pero repetidos golpecitos en el botón gastado y sucio, tamborileo los dedos sobre la superficie cerámica de la pared, muy despacio, y espero ansiosa el sonido áspero y tranquilizante del mecanismo del elevador. Cuento los segundos y rezo

porque en la cabina no haya nadie, que ningún vecino aparezca inesperadamente por el hueco de la escalera, que no haya persona alguna que corra desde la entrada para alcanzar el ascensor.

Y mi pierna se mueve con impaciencia en una inútil descarga de ansiedad. Y el tiempo parece un remolino que me envuelve y me agobia. Y me siento una pelusa arrastrada por el aire, por el aliento de cualquiera. Y creo que de un segundo a otro llegará otra mota de polvo y se me adherirá e incluirá mi estructura, transformándome, deformándome más. Y siento que este momento ya lo he vivido. Sí. Cada vez que salí de mi casa. Cuando entro finalmente en el ascensor, todavía se dibuja en mis labios esa sonrisa entre formal y desesperada. La borro con cansancio y ahí me veo, reflejada en el espejo. Es un vistazo corto e inevitable, porque enseguida bajo los ojos. Me abomino. Ya está. Ya no hay vuelta atrás. Queda bien claro. He engordado un poco más.

¡Me quiero matar! ¿¡Por qué me habrán llamado así los viejo!? ¡Me cach'en dié! Mamerto Cagutti. ¡¡¡Mamerto Cagutti!!! ¡Si ni yo lo puedo creer! Y mi jermu menos. Es ella la que me insiste y me insiste. "Con ese nombre no podrías ser otra cosa", me dice siempre, "Mamerto Cagutti es todo un inútil". Si hasta le sale en puesía. Y es que ella es más fina que yo. De joven fue a la academia para aprender a poner los rulero. Y, ¿qué se le va a hacer? Los estudio son los estudio. Eso se nota.

Ella siempre le dijo al pibe: "No importa qué. Sea lo que sea, vos me estudiás. ¡A ver si todavía me salís como tu viejo! Con un Cagutti en la familia me alcanza y me sobra". Y el chico salió a la madre. Es peluquero diplomado. Juntos se pusieron un bolichito: "Caguèrie & Caguèrie". Les va fenómeno.

¡En fin! Cuando nos conocimos no le molestaba tanto lo del nombre a mi jermu. "Ay, Mame" de acá y "Mame" de allá. Hasta que la aguafiestas de la dueña de la peluquería en la que trabajaba le hizo notar que ese sobrenombre sonaba un poquito grosero. "A partir de hoy te voy a decir Tito", me mordisqueó en la oreja, "queda más pituco".

Y es así. Siempre me llama Tito, salvo cuando me mando una macana. Ahí se enoja y me grita con nombre y apellido completos. ¡Y agarráte! No hay cosa peor que mi jermu cabrona. Se me pone pegajosa como caramelo viejo y no me deja hacer nada solo. Y protesta y despotrica contra mis viejitos. Y siempre termina con lo mismo: "Mamerto Cagutti..."

Es verdá que no soy precisamente un Maradona. Me mando algunas jugaditas pero tengo que andar inspirado. Ella tampoco es, lo que se dice, la Susana Giménez, así que, que no se venga a hacer la atriz de cine. Porque por más que se estampe las mismas pinturas que la Su y se ponga el pelo rubio como el de ella, no creo que encuentre en el ambiente artístico otro macho como yo. "¡Por suerte", me grita furiosa cuando se lo digo, "dudo que exista en todo el mundo otro tipo como vos!" Y ahí va, y me deja durmiendo en el livin.

En algo tiene razón. Las cosas le salen mucho mejor que a mí. Sí, pero ella no entiende que yo me esfuerzo. Lo que pasa es que tengo mala suerte. ¡Eso es lo que pasa! ¿Qué se le va a hacer?

Yo sé que cuando muevo la pierna izquierda me resulta acsolutamente imposible mover el brazo derecho, y que al vesre es lo mismo.

Si fue por eso que cuando tuvimos al Chicho me prohibió cargarlo en el colectivo. "Pará, viejo, que te concentrás en la mano con la que te agarrás y me largás el nene." Y era un papelón viajar en bondi. Ella subía las bolsa, ella llevaba al Chicho, ella pagaba el boleto. ¡Un bochorno!

Pero todo se fue empeorando cada vez más con los años. Sin ir más lejos, hace un tiempo que me prohibió que hiciera cualquier cosa. Y todo por culpa de Don Roberto, el del mercadito. ¡Bah! Culpa, lo que se dice culpa no tuvo el pobre hombre. Si yo hasta lo entiendo. Psé. También, ¡como para no hacer lo que hizo!

Yo iba a comprar unas leches. Leche, ¡justo leche! Llegué tranquilo con mi bolsa y me fui direto a la sección lácteos. Yo iba pensando en la marca. ¿Era la Serenísima? ¿O era la Armonía? ¿Descremada o entera? ¿Será la de las letra azules? ¿En saché o en botella? Y no vi las arverjas. ¡Uy, Dió! ¡Qué desparramo las arverjas! Por suerte, don Roberto me conoce. "No te preocupés, Mamerto, yo me ocupo", me dijo sonriendo. Porque es muy simpático el hombre. ¿eh?

Al final agarré la Santa Brígida. Y si parece a propósito, che. Me di vuelta me di y lo vi al pobre apilando las latas, levanté el saché, lo revolié un poco sobre mi cabeza y cuando le iba a preguntar si estaba buena -¡para hacerme el simpático nomás!-, escuché que el tipo escupía un "¡Madre Santa!" y sentí un chorrito frío dibujándome una ele en la espalda.

Yo insistí en pagar la leche y hasta me ofrecí a limpiar. Pero Don Roberto no quiso. Me puso otro saché en la bolsa, me dijo "está fresquita" y siguió trabajando.

Me di vuelta para ir a la caja y me pareció que tenía algo adelante del pie. Yo soy muy sensitivo. "Una lata", pensé. Y mientras tomaba envión para levantarla, vi cómo mi pie se adelantaba y la bendita lata salía volando en dirección a los frascos de aceitunas. Don Roberto pegó un salto digno del loco Gatti. Y cayó de costado sin atrapar la lata, que se convirtió en un gol fenomenal.

Yo me aguanté el festejo, porque vi que su boca ya no mostraba el orito. Sus labios eran un paréntesi para abajo.

Le dije enseguida que me prepare la cuenta. Y me fui enfilando para la caja, un poco mirándolo a él, que ahora iba adelante mío como cuidando que no rompa nada más, y otro poco mirando el estropicio.

Ya casi estaba por pagar, cuando pasó lo que pasó. Yo creo que fue eso lo que no le gustó al dueño del mercadito. Yo iba buscando la guita en el bolsillo. Todavía estaba un poco aturdido, pensando que en realidá lo mío era el fóbal y no sé de dónde apareció la gorda. Y ésa también venía en otra. Y nos chocamos.

Más que un choque fue un rebote, un encuentro y una despedida sorprendentes, porque los dos salimos disparado para atrás. La gorda se metió adentro del changuito, que rodó para el fondo y destruyó la góndola de los whisky. Yo sólo volví a reventar la leche, del susto, ¿vio? Sin embargo, Don Roberto, que para entonces ya más que boca tenía un aujero, se la agarró conmigo.

Cuando vi que sacaba el revólver salí como pedo en fiesta de quince. Rápido y discretito. Ya en la calle escuché un par de disparo. Entonces, empecé a correr. Estaba un poco preocupado porque me había olvidado la bolsa en el mercado. Pero no volví. Soy algo torpe pero no boludo. Con la primera piedra me pegué un tropezón que casi me deja baldeando la vereda de Doña Rita. Atrás mío venía un gentío: Don Roberto y su pistola, la gorda refregándose el culo, la esposa de Don Roberto agarrándose la cabeza y, atrás, todos los clientes del mercadito. Apenas alcancé a verle la nariz a Doña Rita cuando se asomó para fijarse qué pasaba.

Mi jermu me miró estrañada cuando me vio llegar todo traspirado y sin la bolsa de las compras. Enseguida le vinieron con el cuento.

Yo pensé que me iba a armar un escándalo y que iba a empezar con lo del nombre y los desastres que hacés y que no servís para nada y todas esas barrabasadas que me larga en la cara cuando se enoja. Pero no. Vino lo más modocita al livin, donde yo me hacía el que no había pasado nada. Me hizo unas caricias en el pelo y se me sentó al lado. "Quedáte, quedáte quietito", me dijo con cariño y me agarró las manos. Yo pensé que se me había puesto mimosa y la dejé hacer. Ella sacó del bolsillo del delantal una soga y me ató los brazos y después las piernas. ¡La pucha! Como un chorizo me quedé.

Yo creí que a la noche me iba a desatar. Pero me equivoqué. Ya llevo un tiempo atado, escuchando lo del nombre. Y es desde entonces que estoy déle que déle masticar este asunto.

Ahora, digo yo" ¿¿¿por qué mierda me habrán puesto Mamerto los viejos??

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