jueves, 14 de abril de 2011

xl

Pasado

(El pensar)

“La infancia es el lugar en el que habitas

el resto de tu vida.

”Rosa Montero

(“El corazón del Tártaro”)

“Es el pensamiento, ese loco desatado.”

Mempo Giardinelli

(“Visitas después de hora”)

I. Templanza

Yo sé que si doy un rodeo, si cruzo la calle y giro en la esquina, voy a evitar verme con el grupo de señores que se reúne frente a la remisería de la calle San Martín. Todos esos flacos, gordos, jóvenes y viejos descansan allí su aburrimiento, fumando en la calle, a la espera de algún viajecito que rellene sus bolsillos. En verdad, sé que ya ni me perciben. Después de tanto tiempo, puedo ver que ni me notan, pero igual prefiero evitarlos. De cualquier forma. Porque soy yo la que los ve y eso alcanza.

Me parece que el hombre considera que no hay peor cosa para una mujer que no ser observada. No sé cómo será con las demás. Pero creo que se trata de un razonamiento presuntuoso. A mí me importa muy poco que me vean. O en realidad, si voy a ser sincera, debería decir que prefiero eternamente que no me observen. No ser vista es, en mi caso, una aspiración por completo necesaria. Y como en un espejo, esa no mirada debería reflejarse y permitirme a mí el no ver, el andar por el mundo como un ciego, con su bastón blanco tanteando las imperfecciones del sendero.

Camino unos pasos más, mirando hacia abajo, empujando siempre la vista por las piedras desparejas del suelo, las rojas, las grises, las amarillas, aquellas que son acanaladas o las que reúnen cantos rodados. Perpetuamente, los zapatos con las puntas gastadas, las colillas chatas de los cigarrillos, la mugre de los perros.

Me entretengo un buen rato contando las baldosas. Ya casi me sé de memoria cuántas me faltan para llegar a mi casa. Una serie de baldosones lisos y resbalosos, un pozo embarrado de la compañía telefónica, una vereda con cemento en la que algún gracioso estampó su rúbrica luego de dejar sus pies y sus manos marcados, en una burda parodia holliwoodense, otras cerámicas de un gris azulado con acanaladuras. Salto sin gracia ni destreza un charco de agua sucia. Al mismo tiempo, otro infortunado acierta a pasar por el mismo pozo. Viene del lado contrario y está apurado. Se lo ve renegar por los desperfectos de la vereda. En el bolsillo de su camisa lleva bordada en punto cruz una M azul. Unas

manchitas blancas, como una lluvia de baba, recorren la letra de hilo. Se las va restregando con la uña, obviamente se las quiere quitar, pero se le resisten. El hombre tiene dos preocupaciones y le son demasiado. Las máculas del bolsillo y los pozos del suelo.

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